II. La formación

LA ESCUELA

Félix Aramendía acudió a la escuela de niños de Marcilla, que a mediados de siglo estaba dotada con 2.000 reales y donde concurrían 40 chicos. La maestra de la escuela de niñas, en cambio, que atendía a 30 alumnas, contaba con una asignación de 1.000 reales 11 . Esta diferencia, refleja la discriminación que sufrían las mujeres en aquella época y que tenía como consecuencia, como se indica más adelante, que la tasa de alfabetización de las mujeres fuera inferior a las de los hombres.

El sistema educativo español se regía entonces por la Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857, conocida como Ley Moyano, que sistematizaba las normas anteriores. La Constitución de 1812 había diseñado un sistema escolar definido y controlado por el Estado, sobre la base de la uniformidad y centralización, y con la idea de crear escuelas de primeras letras para todos. Sin embargo, la Ley Moyano hizo recaer la financiación sobre los ayuntamientos, que tenían grandes problemas hacendísticos agravados por la desamortización de Madoz, lo que produjo que ese propósito no se cumpliera, o se viera dificultado por la gran penuria de medios 2. La ley establecía una enseñanza elemental generalizada, obligatoria y gratuita para quien no pudiera pagarla a juicio del párroco y del alcalde. La doctrina y la moral cristianas quedaban a cargo de los párrocos 3. El reglamento de escuelas de Navarra 4, de 1831, establecía que la escolarización era obligatoria entre los 5 y los 12 años, aunque la Ley Moyano fijaba esa obligación entre los 6 y los 9.

La Ley Moyano dedica su Título V a los libros de texto 5, que debían estar aprobados por el Gobierno. Se fijaba que la doctrina cristiana se estudiaría por el catecismo que señalara el Prelado de la diócesis, y tanto la ortografía como la gramática de la Academia Española eran textos obligatorios. Las obras que trataban de religión y moral, y los libros de lectura de primera enseñanza tenían que pasar la censura eclesiástica. Los libros de lectura tenían que “formar el corazón de los niños, inspirándoles sanas máximas religiosas morales, otros que los familiaricen con los conocimientos científicos e industriales más sencillos y de más general aplicación a los usos de la vida; teniendo en cuenta las circunstancias particulares de cada localidad”.

Entre los libros y materiales didácticos más frecuentes en las escuelas de Navarra 6 en aquella época, y con los que Félix Aramendía aprendió sus primeras letras, se encontraba el Silabario de Naharro, reformado por la Junta Superior de Educación de Navarra y puesto en 56 carteles. En la clase media se utilizaba el Nuevo libro Segundo, de la Junta Superior de Educación de Navarra, y más tarde el Libro Tercero de las escuelas de primeras letras de Tomás Ortiz. Para la gramática y la ortografía se seguían los manuales de los maestros Gracia y Torrecilla, y el Prontuario de gramática castellana y los Prontuarios de ortografía castellana de la Academia. El catecismo que el párroco de Marcilla hizo memorizar a Félix, y con el que este tuvo su primer contacto con la doctrina cristiana, fue el del Padre Astete. Este catecismo se empleó en nuestro país, al menos hasta los años 60 del siglo XX.

En 1860, cuando Aramendía cumplió cuatro años, un 75 por ciento de la población española era analfabeta, porcentaje que se mantuvo casi hasta final de siglo, cuando alcanzaba el 64 por ciento. Los mayores índices de escolarización se encontraban en el País Vasco, Navarra, Cantabria, zonas de Castilla y León, Asturias y Madrid, que tenían tasas de analfabetismo que oscilaban entre el 35 y el 50 por ciento de la población 7. En 1887 en Pamplona solo el 58,8 por ciento de los varones entre 6 y 15 años y un 50,3 por ciento de las mujeres de esas edades, estaban alfabetizados 8. Esta cifra refleja que no se cumplían ni el Reglamento de las Escuelas de Navarra, ni la Ley Moyano. Félix, sin embargo, fue un muchacho afortunado, por haber nacido en un lugar con escuela y en un ambiente familiar que comprendía la importancia de acudir a ella. El padre de Félix, Eugenio, sabía leer y escribir, como sugiere su firma en un documento de 29 de septiembre de 1866, lo que sin duda influyó en la formación de su hijo.


EL BACHILLETATO

El examen de ingreso

El 29 de septiembre de 1866 Félix Aramendía rubricó el primer documento oficial en el que aparece su letra y su firma: la solicitud de examen de ingreso en la segunda enseñanza. En ese documento dice haber cumplido 10 años, cosa que sin embargo no hará hasta el mes de noviembre. La explicación aparece en una instancia de la misma fecha, que firma su padre, Eugenio Aramendía, en la que explica que su hijo Félix no pudo presentarse en tiempo oportuno para ser incluido en la matrícula ordinaria, por no haber cumplido la edad reglamentaria, y solicita la dispensa de esta circunstancia por el Director General de Instrucción Pública. Ese mismo día se examinó de ingreso. La tradición familiar cuenta que el párroco y el maestro de Marcilla, habían notado las buenas aptitudes de Félix para los estudios, aconsejando a la familia que los prosiguiera en Pamplona.

En el Instituto Plaza de la Cruz 9 se conservan el expediente académico de Félix Aramendía y algunos otros documentos, como su examen de ingreso, que permiten hacernos una idea de los estudios de la época. Félix tuvo que superar un examen de Doctrina Cristiana y Gramática Castellana en el que le preguntaron:

  • Qué es el dolor y de cuántas maneras es.
  • Los pecados capitales.
  • Qué es nombre.
  • Género de los nombres.
  • En el examen de aritmética resolvió la multiplicación de 18.745 por 36.

Además de las pruebas anteriores, escribió correctamente el siguiente dictado:

“Compuso varias obras que desgraciadamente se han perdido, y solo han llegado hasta nosotros sus Vidas de los Capitanes Ilustres.”

Llama la atención, que tanto la firma de la instancia en la que solicita ser admitido al examen, como la del examen, son prácticamente iguales a la firma con que termina su discurso para obtener el Grado de Doctor en la Universidad Central de Madrid, cuando contaba 21 años, así como la que aparece en documentos posteriores, cuando ya era Catedrático de Universidad. Tanto la firma como la rúbrica son sencillas y se observa una caligrafía muy clara y perfectamente legible. Todo ello nos hace pensar en que, a pesar de no haber cumplido los 10 años, Félix tenía ya una madurez y una personalidad bien definidas.

El Instituto de segunda enseñanza de Pamplona

Félix Aramendía estudió el bachillerato en el Instituto de Pamplona, que por aquellos años estaba situado en un edificio enfrente de la Catedral. Los orígenes se sitúan en el año 1840, cuando Fermín Arteta, que era el Jefe Político y presidente de la Comisión de Instrucción Pública, inició las gestiones para conseguir fondos para la creación de un centro de segunda enseñanza en Pamplona. Mientras tanto, en 1842 la Diputación y el Ayuntamiento de Pamplona crearon un Colegio de enseñanza secundaria, dependiente de la Universidad de Zaragoza que hacía el número 13 en la escala de antigüedad de los institutos de la nación. La sede del colegio era la antigua casa del canónigo, incautada durante la desamortización de Mendizábal en 1836-37. Su primer director fue el Dr. D Ramón Fort, abogado y profesor de Filosofía y Literatura. El primer presupuesto fue de 57.000 reales cuyas tres quintas partes pagaba la Diputación y el resto el Ayuntamiento de Pamplona 10.

En 1844 el centro comenzó a funcionar gestionado ya directamente por la Comisión y con ocho catedráticos de plantilla cuyas plazas habían sido cubiertas por oposición. Un año más tarde se aprobó el Plan General de Instrucción Pública, plan Pidal, que permitió que, por Real Orden de 17 de noviembre de 1845, se declarara Instituto Público General y Técnico Provincial. En aquella época no existía ninguna administración educativa específica, por ello, el control de los aspectos literarios y económicos estaba a cargo de la Junta Inspectora integrada por el Jefe Político como presidente, un Diputado provincial, un miembro del Ayuntamiento y dos vecinos de “notoria ilustración y arraigo”. El profesorado siguió en sus puestos hasta adaptarse a la nueva situación. Su primer director fue el presbítero Rafael Salvador 11.

Con la Ley Moyano los Institutos adquirieron la completa separación de la Universidad. Sus directores, que solían ser catedráticos, se relacionaban directamente con el gobierno y con los rectores. Otorgaban el título de Bachiller en Artes y manejaban los fondos de su presupuesto con sometimiento y control del gobierno 12.

Desde 1845 hasta 1890 el sostenimiento económico del Instituto, incluyendo los sueldos del profesorado, tenía como fuentes de ingresos las matrículas que pagaban los alumnos, así como las aportaciones de la Diputación y del Ayuntamiento de Pamplona. En 1870 el presupuesto del Instituto era de 49.772 ptas. y las aportaciones de los alumnos solo ascendían a unas 10.000 ptas., es decir, el 20 por ciento del total.

 
Como las instalaciones del Instituto de Pamplona dejaban mucho que desear y era preciso dotar al centro de un internado que acogiera a los estudiantes del resto de Navarra, en 1860 la Diputación, en unos momentos económicamente propicios, encargó y ejecutó un nuevo edificio que se levantó en el mismo solar anterior. La construcción fue obra del arquitecto Maximiano Hijón, quien más tarde redactaría también el proyecto del salón del trono del Palacio de la Diputación de Navarra. Contó con la colaboración del ingeniero Aniceto Lagarde, que luego sería director de obras públicas de Navarra, y del ayudante Saturnino Odín 13.

Los trabajos se prolongaron más de cuatro años, de 1861 a 1865, por la quebrada salud del arquitecto y por problemas de mano de obra. El coste fue de dos millones y medio de reales, 550.000 ptas. El edificio fue durante muchos años el orgullo de la ciudad y de Navarra, y sus planos viajaron a la exposición de Filadelfia de 1876. Cuando las instalaciones se quedaron pequeñas y fue necesario un nuevo edificio (1944) pasó a ser sede de la Escuela de Magisterio y de Comercio, luego, desde 1990 fue sede del Instituto Navarro de Administración Pública; y hoy acoge al Departamento de Cultura del Gobierno de Navarra 14.

Poco después de que el Instituto abriera sus aulas recibió la biblioteca del antiguo monasterio de Fitero, suprimido en 1835 a raíz de la desamortización de Mendizábal. A este importante depósito se sumarían los libros procedentes de otros conventos y monasterios desamortizados, tanto en Pamplona como en otras localidades de Navarra. Cuando este espacio se quedó pequeño, los fondos históricos se trasladaron a unos almacenes del entonces llamado Hospital de Barañain, hasta su traslado a la que después ha sido Biblioteca General de Navarra, en la Plaza de San Francisco, que custodia un valioso fondo histórico, en buena parte reunido como consecuencia de la Desamortización de bienes eclesiásticos.

El internado donde vivió Aramendía durante sus años de estudiante de bachillerato estaba situado a la altura del segundo patio, que comunicaba con el primero, y también con la plazuela de San José. En 1878 esa parte ya no era internado, y se dedicaba a clases de dibujo de la Escuela de artes y oficios, sostenida por la Diputación, donde asistían 150 niñas y más de 300 muchachos 15.

El bachillerato de Félix Aramendía

Los primeros años

Félix Aramendía comenzó el bachillerato en el flamante edificio del Instituto de Pamplona, el curso de 1866 – 1867. Las asignaturas de que constaba ese primer año eran Latín y Castellano, primer curso y Doctrina Cristiana e Historia Sagrada. En la primera obtuvo la calificación, en los exámenes ordinarios, de “Mediano” y en la segunda la nota de “Bueno”. En segundo curso (1867-1868) las materias que tuvo que superar fueron Latín y Castellano, segundo curso, y Doctrina Cristiana e Historia Sagrada. Las calificaciones que obtuvo en los exámenes ordinarios fueron las mismas que en el curso anterior: “Mediano” y “Bueno”.

El estudiante de Marcilla cumplió 11 años cuando cursaba segundo de bachillerato en una ciudad entre cuyas murallas vivían en aquellos años unos 1.800 niños de entre 6 y 12 años 16. Ese año comenzó la ocupación de las zonas extramurales, a raíz de la construcción del ferrocarril, pero esta ocupación se dificultaba continuamente por las ordenanzas militares.

Félix tuvo que aprender a defenderse porque, según Baroja, los chicos eran de una brutalidad y una violencia bárbaras. “Los de Madrid aunque bastante brutos, no tenían comparación con los de Pamplona. Estos eran de lo más salvaje que pueda imaginarse. Quizá ello no tenía nada de raro. La mayoría de mis compañeros eran hijos o descendientes de voluntarios de la guerra civil, que tenían como norma de la vida la barbarie y la crueldad. Constantemente estaban pegando, y sobre todo, pensando barbaridades y crueldades” 17 . Para disciplinar a estos chicos, el Instituto contaba, según el propio Baroja, con una corrección, que era un cuartucho con rejas a la manera de calabozo, en donde en invierno se tiritaba de frío 18. Según el higienista Lazcano, los bares y tabernas estaban ocupados por mozuelos de 15 a 18 años e incluso de 10 a 12, que pasaban horas bebiendo y fumando 19 . Tenemos que pensar que, a la vista de su expediente académico, y por vivir interno en el Instituto, donde estaría debidamente controlado, Aramendía no perteneció nunca a ese grupo de mozalbetes.

Los años de la revolución

Durante los veranos, Félix volvía a Marcilla a reencontrarse con los amigos, a jugar y también ayudar en las tareas del campo como lo hacían los chicos de su edad. Pero el verano de 1868 repasó el Latín con el párroco o el maestro de Marcilla y en septiembre solicitó examinarse de nuevo de esa asignatura, para poder obtener una mejor calificación, que tanto en primero como en segundo cursos habían sido “mediano”. No parece que se le concediera ese nuevo examen, porque la nota que aparece es la misma que ya tenía anotada en su expediente en el mes de junio. Félix tenía entonces 11 años, porque hasta noviembre no cumpliría los 12. Resulta difícil creer que un niño de 11 años solicite, mediante una instancia, un examen para subir la nota de Latín. Hay que pensar que su padre o su madre, o el párroco de Marcilla, o quizá el maestro, le instaron a repasar esa materia durante el verano para mejorar su nota. Es significativo, porque demuestra que Félix encontraba en casa un ambiente propicio al estudio y donde se valoraban sus cualidades, cosa que en aquella época y en un ambiente rural como el de su villa natal, debía de ser excepcional. Después de ese intento por mejorar su expediente, comenzó el tercer año del bachillerato, con las asignaturas de Geografía, Retórica y Poética, Aritmética y Álgebra.

Pero en 1868 había empezado la revolución llamada “Gloriosa” que inició el Sexenio Democrático en nuestro país. Los historiadores denominan así al período comprendido entre 1868 y 1874 20. Se trata de unos años en los que se sucedieron “una monarquía, dos formas distintas de República, dos constituciones, una guerra colonial, dos guerras civiles y una incesante contradanza de Juntas” 21. En el Sexenio se pueden distinguir varias etapas, la primera de las cuales, la Septembrista, comenzó con una fase de Juntas Revolucionarias, cuando se creía llegado el momento de cumplir dos grandes utopías de la época: la abolición de las quintas y la instauración de la República. Fue una revolución pacífica. En el gobierno provisional de octubre que formó Serrano, figuraban entre otros: Laureano Figuerola, Manuel Ruiz Zorrilla, Práxedes Mateo Sagasta y el general Prim. Se produce el cambio de dinastía, Isabel II tiene que abandonar España, pero se mantiene la monarquía y la democracia burguesa. Esta etapa se caracteriza por la apertura democrática, la descentralización dentro de un estado unitario, la abolición de la esclavitud y el entusiasmo popular.

En Navarra 22 el 30 de septiembre de 1868 se constituyó una Junta Suprema que presidió el General Domingo Moriones. La Junta levantó el estado de guerra, suprimió el consejo provincial y destituyó al Ayuntamiento de Pamplona. En su primer manifiesto se comprometió con la defensa de la propiedad privada y el orden público. El 2 de octubre se nombró una nueva Diputación, con cierto equilibrio entre moderados y progresistas, que hizo público un manifiesto en el que daba fe de su navarrismo y defensa de los Fueros. Los carlistas también emprendieron una campaña a favor de los Fueros mientras el clero navarro, encabezado por el obispo de Pamplona D Pedro Cirilo Ruiz, se manifestaba contrario a la Revolución.

En las elecciones municipales de diciembre votó el 23,21 por ciento del censo, que había pasado de 951 a 4.676 electores. La mayoría de los elegidos fueron liberales comprometidos con la causa revolucionaria. Sin embargo, en las elecciones a Cortes los carlistas obtuvieron cinco de los siete diputados en unas elecciones en las que participó el 71,21% del electorado. Las autoridades de Pamplona, molestas con este resultado promovieron varias depuraciones durante los primeros meses de 1869 y, con motivo de la proclamación de la Constitución, todos los empleados públicos tuvieron que jurar fidelidad. Los dos funcionarios que se negaron a hacerlo fueron separados de su puesto. Uno de los que fue depurado por este hecho, fue el profesor del Instituto que daba clase de religión a Félix Aramendía.

En julio de 1869 se produjo un intento de levantamiento carlista en Pamplona, cuyo responsable era el Brigadier Larumbe, que coincidía con el pronunciamiento de los afectos al nuevo pretendiente, D Juan de Borbón, en Cataluña, Valencia y Madrid. Un grupo de ciudadanos intentó apoderarse el 25 de julio de la ciudadela de Pamplona y arrastrar luego a la guarnición para lo que contaban con 30.000 duros, cantidad enorme en esa época. El levantamiento fue aplastado en sus comienzos gracias a la actuación del Gobernador Civil. Tres de los implicados en la conspiración fueron condenados a muerte pero se les conmutó la pena por el destierro en las islas Marianas. Al año siguiente se produjo otra intentona carlista, cuando el comandante de los carabineros de Navarra se comprometió con los carlistas a levantarse en armas a cambio de dinero, pero se descubrió la traición gracias al escribano de Vera. Varias partidas se levantaron en Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, pero fracasaron por su falta de coordinación.

Durante esos años también se produjo un hecho importante en la historia de nuestro país: el 10 de octubre de 1868 comenzó la insurrección cubana (grito de Yara), una larga guerra que durará 10 años y será paralela a la Revolución de 1868.

La Constitución de 1869 fue calificada por el Presidente de las Cortes Constituyentes como la primera democrática del país. Los 31 artículos del Título I, que son casi la tercera parte de la norma, contienen una declaración de los derechos individuales que se garantizan a los ciudadanos: expresión, propiedad privada, seguridad personal y sufragio universal. Algunos son nuevos en el constitucionalismo español, como la inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia, la libertad de trabajo para los extranjeros y los derechos de reunión y asociación 23. Durante estos años de revolución se aprobaron varias leyes y disposiciones que suponían una reforma y modernización del Estado 24.

El 19 de octubre de 1868 se estableció la peseta como base del sistema monetario y el 6 de diciembre de ese mismo año se modernizó la Justicia, estableciendo la unidad de fueros, suprimiendo los tribunales especiales y fijando límites a la jurisdicción eclesiástica y militar.

En 1870 se aprobó el Código Penal que adaptaba la tipificación de los delitos y la proporcionalidad de las penas al nuevo régimen de libertades. Ese mismo año se aprobó la Ley Orgánica del Poder Judicial, la Ley del Registro Civil, la de Matrimonio Civil y las Leyes Provincial y Municipal que consolidaban la fórmula democrática. El 23 de junio se aprobó la Ley electoral que regulaba el sufragio universal. También en 1870 se promulgó la ley de Administración y Contabilidad y se creó el Instituto Geográfico y Estadístico. En 1871 se adoptó en España el sistema métrico decimal.

La revolución en el Instituto de Pamplona

Con la llegada del Sexenio Revolucionario, Ruiz Zorrilla estableció la libertad de enseñanza que suponía libertad de cátedra, de creación de establecimientos docentes y de los alumnos en el modo de cursar los estudios. Con ello se pretendía crear las condiciones para una renovación científica y pedagógica en el país. En educación secundaria se puso en marcha un nuevo plan de estudios en el que los alumnos tenían libertad para elaborar su propio currículo verificándose el aprovechamiento, únicamente, por medio de un examen final 25.

En Navarra 26, los cambios comenzaron con el nombramiento de D. Natalio Cayuela, que era un ardiente defensor de las reformas, como director del Instituto. Cayuela era catedrático del Instituto y lo dirigió de 1868 a 1875. Amigo de los naturalistas Lacoizqueta y de Ruiz Casaviella, desempeñó el cargo de vocal de las Juntas Provinciales de Agricultura, Estadística e Instrucción Pública. Sus ideas avanzadas y su inquietud pedagógica le llevaron a promover distintas iniciativas en el terreno educativo.

A partir de 1869 en el Instituto de Pamplona se crearon cátedras de enseñanza gratuita para los artesanos, con el objeto de suministrarles algunas nociones útiles en sus oficios. Es decir, se buscaba complementar la formación práctica que recibían el obrero y el artesano en su trabajo, con una formación teórica de carácter más técnico y científico. En el programa de estos cursos destacaba la Agricultura y Arboricultura, también la Contabilidad Mercantil, que trataba de dar respuesta a la actividad comercial de la ciudad. El programa se completaba con Matemáticas y Álgebra, Física, Química, Dibujo Lineal y Geometría. Llama la atención la omisión de la instrucción religiosa y moral cristiana.

Las clases eran gratuitas debido al desinterés económico de los profesores. La Diputación aportaba 2.000 reales para premios, que se otorgaban dos veces al año, a mitad y a final de curso. A pesar del entusiasmo de los profesores y de los premios de la Diputación, las clases duraron sólo dos cursos, debido a la poca afición al estudio de la mayoría de los obreros matriculados y también a causa de la diversidad, tanto de los oficios a los que pertenecían, como de los conocimientos que poseían.

El final del bachillerato

Mientras todos estos acontecimientos sucedían, Aramendía continuaba con sus estudios de Bachillerato. A pesar del ambiente revolucionario y bélico en algunas ocasiones, de la voluntariedad en la asistencia a las clases y de los cambios que ocurrían en el Instituto, en el curso de 1869-1870, cuando cumplió 12 años, superó las materias de Historia Universal, Historia de España, Geometría y Trigonometría, y Psicología, Lógica y Ética.

Durante ese curso se organizaron las Academias, que eran debates dominicales entre los alumnos, donde se cuestionaban temas polémicos de las diferentes asignaturas. Félix redactó para una de esas Academias un “Argumento acerca de la libertad” con el que debatió con su condiscípulo Mauricio Poyales 27. El discurso de Aramendía, que pretende seguir una lógica a partir de la definición de libertad de Santo Tomás, estaba ceñido a lo que podría considerarse una doctrina reaccionaria, y concluye con la afirmación de que el hombre carece de libertad. Otros condiscípulos que intervinieron en las Academias fueron Arturo Campión, que debatió sobre los Reyes Católicos, y el terrateniente barón de Bigüezal, sobre la propiedad territorial 28.

Arturo Campión y Jaimebón 29 (Pamplona 1854, San Sebastián 1937) fue un conocido literato, orador, conferenciante, jurista, crítico literario y musical. Entre sus obras destaca la leyenda Gastón de Belzunce (1879) y una gramática de los cuatro dialectos de la lengua eúskara. Sus ideas políticas oscilaron desde el fuerismo al nacionalismo pasando por el integrismo. Junto con Iturralde y Suit pretendía la conservación e impulso de la lengua y cultura vascas, y la defensa y reintegración del régimen foral. En 1878 ambos se integraron en la Asociación Éuskara. Campión fue diputado integrista en 1893.

Félix Aramendía terminó el Bachillerato el curso 1870-1871. Las asignaturas que aprobó ese año fueron Historia Natural, Fisiología e Higiene, y Física y Química. Para poder examinarse del grado de Bachiller en junio además de aprobar todas las asignaturas tuvo que pagar 29 pesetas de derechos de examen, que satisfizo el 10 de junio de 1871 en la Secretaría del Instituto. Se examinó el 14 de junio ante el tribunal que presidía Miguel Francisco de Urquijo y del que formaban parte Javier de Rota, vocal, y Andrés Ascaso como secretario. La calificación que obtuvo fue la de aprobado.

Terminaba así su estancia en Pamplona y su vida en Navarra a la que ya sólo volvería durante sus vacaciones escolares, y por cortos períodos de tiempo en los que ejerció la profesión de médico en la Comunidad Foral.

LOS ESTUDIOS DE MEDICINA

En 1871 Félix Aramendía marchó a Madrid a cursar estudios de medicina. Cuando esto ocurría no había cumplido aún los 15 años y había vivido siempre en su casa o en el internado del Instituto de Pamplona. No se sabe donde se alojó durante los años de estudiante universitario, aunque hay que suponer que lo haría en una pensión. Tampoco se tienen noticias sobre cuál era su medio de vida. La carrera y la profesión de médico no era un oficio al que gustara dedicarse a la gente acomodada, dejando aparte a los familiares de médicos que hubieran logrado hacer fortuna, por méritos profesionales, matrimonio o ambas cosas. Los estudiantes de medicina procedían de la burguesía media de las ciudades y pueblos, porque los de clases más humildes tropezaban con el coste de estudiar en la capital, los que eran de los pueblos, y de mantenerse y pagar estudios los que residían en la ciudad con Facultad. Algunos, muy pocos, superaban esta dificultad trabajando en el hospital, ayudando como practicantes, o bien sirviendo a un señor más rico 30. No tenemos noticia de que Aramendía trabajara como criado, y sí algunos datos, como se verá después, de que fue alumno interno, que entonces contaban con una pequeña remuneración.

La facultad de medicina de Madrid

La enseñanza de la medicina a mediados del siglo XIX

En España, la enseñanza en las facultades de medicina seguía el plan de estudios del Ministro Calomarde, promulgado en 1824, y el Reglamento de Castelló de 1827 en los Colegios de Cirugía, hasta la reorganización de 1843, de la que fue responsable el medico legista Pedro Mata 31.

Pedro Mata y Fontanet había alcanzado cierto renombre por su campaña contra la Regente llevada a cabo desde la prensa política. Entre los nuevos profesores sin concurso que se nombraron como consecuencia de esta reforma, se encontraba el propio Mata, que era el decano de la Facultad de San Carlos cuando Aramendía comenzó la carrera.

La actividad científica propia de Mata no fue muy grande, pero influyó para que se introdujeran en España los nuevos conocimientos y creó los cauces institucionales que los canalizasen. Nació en Reus en 1811, hijo de un ilustre médico castrense. Estudió en su ciudad natal y en Tarragona, y luego Medicina en Barcelona, donde terminó sus estudios en 1836. Afiliado temporalmente al partido progresista, tuvo que emigrar a Francia en 1837 estableciéndose en París. Allí asistió a cursos, clínicas y laboratorios de prestigiosos catedráticos convirtiéndose en fiel discípulo de Orfila. Con la venida de Espartero en 1840 pudo establecerse en Barcelona, donde comenzó a dedicarse al periodismo. En 1843 se trasladó a Madrid donde redactó el nuevo plan de estudios, consiguió una cátedra de Medicina Legal y ocupó los cargos de Decano de la Facultad y Rector de la Universidad Central, académico, diputado a cortes, senador del reino y gobernador de Madrid. Publicó varios libros, como un Tratado de Medicina y Cirugía Legal, que mereció encendidos elogios de Orfila y se utilizó en la enseñanza durante varias décadas. El propio Aramendia estudió ese texto de Medicina Legal, como se pone de manifiesto en su discurso del doctorado cuando cita un caso registrado en ese libro 32 . La eficacia de Mata como introductor de la medicina de laboratorio, pedagogo y reformador universitario es innegable. Se consiguió una brillante facultad de medicina en San Carlos, dotándola de adecuadas instalaciones, eligiendo buen profesorado y vigilándola estrechamente. Sin embargo, esta centralización ocasionó la ruina de otras facultades y les impidió el paso de una patología clínica a una experimental 33.

La reorganización de Mata solo concedió la categoría de facultad de medicina a los Colegios de Cirugía de Madrid y Barcelona. Las facultades de Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza quedaron reducidas a “Colegios de prácticos en el arte de curar” destinados a la formación de titulados de segunda clase que únicamente podían practicar cirugía menor y atender partos. El nuevo plan de estudios, que comprendía cinco años para obtener el título de bachiller en medicina y otros dos para conseguir el grado de doctor, introdujo las materias de Medicina Legal e Higiene Pública y Privada, así como las de Física, Química, Zoología, Botánica y Mineralogía.

En 1845 el ministro Pidal dictó una nueva normativa que ampliaba las facultades con Cádiz, Santiago y Valencia dándoles la capacidad para formar médicos. Pidal también estableció el escalafón unificado de catedráticos de universidad, e impuso como vía de acceso la oposición celebrada en Madrid y bajo directo control gubernamental, con lo que desaparecieron las oposiciones y nombramientos locales. En 1857 la Ley Moyano, que mantuvo las cinco facultades de Madrid, Barcelona, Cádiz, Santiago y Valencia, fijó la estructura básica de la enseñanza universitaria española durante más de un siglo, por encima de cambios políticos y de una innumerable serie de reformas 34 .

La Facultad de Medicina de San Carlos

La Universidad Central de Madrid fue creada por el Reglamento General de Instrucción Pública de 1821 como la cúspide del sistema educativo. En 1836 la Universidad de Alcalá de Henares, cuya primera piedra la puso el Cardenal Cisneros el 28 de febrero de 1498 y fue inaugurada el 26 de julio de 1508, con el nombre de Colegio de San Ildefonso, se trasladó a Madrid, y en 1850 se denominó Universidad Central. La Universidad tuvo su sede al principio en el Seminario de Nobles y después en las Salesas Nuevas, hasta que en mayo de 1842 se instaló en el edificio conocido como El Noviciado, por haber servido de casa de estudios a los futuros jesuitas, en la calle de San Bernardo 35.

La Facultad de Medicina de Madrid se inauguró en 1797 con el título de Colegio de Cirugía – Médica de San Carlos, bajo la dirección de D Antonio Gimbernat. En 1843 cambió su nombre por el de Facultad de Ciencias Médicas, por estar unidas la Farmacia y la Medicina, pero dos años más tarde volvieron a separarse. En 1871 la Facultad de Medicina de la Universidad Central estaba ubicada en la calle Atocha 106.

A pesar de las sucesivas reformas y de ser solo dos las facultades que había en España, los medios de que se disponía para la enseñanza de la medicina parece que distaban de ser óptimos. Las revistas médicas de la época se quejaban de que pagando los alumnos cuatro duros de matrícula, lo que daba un contingente anual de tres a tres y medio o cuatro millones de reales, a los que se debían añadir los 2.500 reales al mes de concesión, no disponían ni de museos, ni de laboratorios de fisiología experimental, ni de análisis químicos, ni de cátedra práctica de operaciones, ni de disección, ni de clínicas. Además, durante aquellos años fueron frecuentes las algaradas estudiantiles y la avalancha de médicos y cirujanos de categorías inferiores en busca del título 36.

El anuario de la Facultad 37 (1876-77), correspondiente a los años en que Aramendía cursaba el doctorado, describe la Facultad de forma más optimista:

 “La enseñanza es tan extensa como lo exige el rápido adelanto de las Ciencias Médicas y la variedad de los instrumentos abraza. En los medios de instrucción práctica se comprenden ejercicios de Anatomía y operaciones, experimentos en animales vivos, colecciones de instrumentos y vendajes, de máquinas y aparatos de Física, Química, de objetos de Historia Natural y preparaciones farmacéuticas; magníficos gabinetes con piezas anatómicas, que representan la Anatomía normal, la Patológica, los partos, las enfermedades de la piel, ya en piezas naturales, ya en artificiales, hechas con cera y cartón piedra. Hay también establecidas clínicas con todos los medios materiales que exigen, aumentados considerablemente de poco tiempo a esta parte.

El edificio presenta una figura cuadrada de 205.600 pies cuadrados de área. Debajo del peristilo se hallan dos hermosas escaleras que conducen a los gabinetes anatómicos, clínicos, salas de juntas, etcétera. Tiene cuatro anfiteatros: el central capaz de 1.300 personas; sala de actos públicos, y dos salas de disección, con aguas abundantes”.  

La carrera de medicina

El primer curso

Durante el curso 1871-1872 Félix Aramendía cumplió 15 años y se matriculó de Ampliación de la Física experimental, Química General, Zoología, Botánica y Mineral con nociones de Geología, Anatomía descriptiva y general primer curso, y Ejercicios de disección, primer curso, con Osteología. Estas eran las asignaturas que contemplaba el plan de estudios aprobado por Decreto de 25 de Octubre de 1868 38. Las asignaturas de Ampliación de la Física experimental, Química General, Zoología, Botánica y Mineral con nociones de Geología, se estudiaban en la Facultad de Ciencias exactas y naturales. Baroja, estudiante de medicina 15 años más tarde describe así el lugar donde se estudiaban esas asignaturas.

“La clase de química general del preparatorio de medicina y de farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro, y ésta tenía su entrada por la escuela de Arquitectura. En esta sala se había celebrado el juicio contra el general D Diego de León, en 1841, durante la regencia de Espartero. Para llegar a esta clase se pasaba por un patio.

La clase tenía el techo pintado con grandes figuras, al estilo de Jordanes; en los ángulos de la escocia, que era muy ancha, los cuatro evangelistas, y en el centro, una porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el suelo, donde estaba la tarima y la mesa del profesor, hasta el fondo, se levantaba una gradería de madera muy empinada, que llegaba hasta cerca del techo, con una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto de un teatro” 39.

El Decreto de 5 de mayo de 1869, que estuvo en vigor hasta junio de 1874, había suprimido las preguntas a suertes en los jurados de los exámenes y las notas, quedando estas reducidas a las calificaciones de aprobado o suspenso. Aquí encontramos la explicación de porqué Aramendía, como todos sus condiscípulos, obtuvo el título de Bachiller sin otra nota que la de aprobado. Sin embargo, en el expediente de Aramendía junto al aprobado en todas las asignaturas del primer curso y de los siguientes de la carrera, hasta la derogación de este Decreto, aparecen las calificaciones de Notable en las asignaturas de Anatomía Descriptiva y en la de Disección.

El Decreto de junio de 1874 restableció las notas a partir de septiembre de ese año y concedía que los aprobados en junio pudieran presentarse a examen de nuevo sin pagar derechos, para subir nota 4040 . No sabemos si Aramendía se presentó o no a esos exámenes, ni si era posible mejorar la calificación de cursos anteriores, pero ello explicaría las notas en Anatomía y en Disección, pues en 1872 no era posible obtener notable.

Durante el primer curso Félix tuvo que acudir a la sala de disección. En aquella época, a diferencia de lo que ocurre hoy, abundaban los cadáveres para la enseñanza, y se utilizaban tanto para el aprendizaje de la Anatomía como de la técnica operatoria. Las batas que usaban los estudiantes para la disección las describe así Baroja:

 “Pedí en casa que me cosieran una blusa para la clase de Disección: una blusa negra con mangas de hule y vivos amarillos, que eran las que usábamos todos, cosa bastante sucia, porque las piltrafas de carne humana se pegaban y se secaban en ella” 41.

El catedrático de Anatomía de Félix Aramendía era D Julián Calleja, quien después sería su mentor y su gran amigo. Años más tarde, cuando Aramendía tuvo el primer hijo, le llamó Julián, en honor de su maestro.

Julián Calleja Sánchez nació en Madrid el año 1836. Estudió medicina en la Universidad Central, interesándose de forma especial por la anatomía bajo la influencia de Rafael Martínez Molina y sobre todo gracias al magisterio de Juan Fourquet, con el que llegó a tener una auténtica relación de discípulo. Doctorado en 1860, opositó a catedrático de anatomía dos años más tarde, consiguiendo la de Granada que no llegó a ocupar al ser trasladado inmediatamente a Valladolid. Permaneció en Valladolid hasta 1871 en que ganó la oposición de Madrid 42.

Las oposiciones para la cátedra de anatomía de Madrid 43 fueron muy reñidas, como solían serlo todas. El tribunal de la cátedra estaba formado por Pedro Mata, decano de la Facultad, como presidente, y Freire, Martínez Molina, Velasco, Teijeiro, Federico Rubio y Rafael Cervera como vocales. El Secretario era Francisco Navarro y Rodrigo.

Firmaron las oposiciones Castillo Piñeiro, Arpal, Fernández Rodríguez, Letamendi, Maestre de San Juan y Calleja. Se presentaron Piñeiro, Arpal, Maestre de San Juan y Calleja. La celebración de los ejercicios despertó gran expectación y más aún la votación de los miembros del tribunal. Teijeiro, Freire y Mata votaron a Maestre de San Juan. Los otros miembros del tribunal votaron a Calleja, excepto Rafael Cervera, que no presenció ningún ejercicio.

Calleja escribió un texto anatómico en cuatro volúmenes, que no era una mera traducción o arreglo de obras extranjeras, y que recogía las aportaciones de Fourquet. Depuró la terminología anatómica castellana e introdujo por primera vez en un tratado español amplios resúmenes de morfología comparada. La obra quedó inacabada, por empezar una etapa de cargos públicos, tanto políticos como académicos 44.

Así fue Decano de San Carlos 45 (1873-1879 y 1898-1913), Director General de Instrucción Pública (1885), Senador por la Universidad de Zaragoza (1881-1903) y Senador vitalicio, desde 1903 hasta su fallecimiento en 1913 46. Durante este periodo publicó cuatro ediciones de un compendio anatómico, redactado a partir de materiales extraídos de su tratado. También incluyó datos o colaboraciones de algunos morfólogos españoles, entre los que destaca Federico Olóriz, que en la segunda edición del compendio se encargó de redactar la anatomía comparada y la embriología 47.

En abril de 1872, cuando el joven estudiante de Marcilla preparaba los exámenes de fin de curso, estalló la tercera guerra carlista, convocada por Carlos VII. La insurrección triunfó en Vascongadas y Navarra, así como en las zonas montañosas de Levante. Fue una guerra larga y cruel, que se prolongó hasta 1876, año en el que Aramendía terminó la carrera de medicina 48.

El segundo curso

El curso 1872-1873 Félix Aramendía tuvo que superar las asignaturas de Anatomía descriptiva y general, segundo curso; Ejercicios de disección, segundo curso; Fisiología Humana e Higiene Privada.

El profesor de Fisiología humana era Teodoro Yáñez, de quien sus alumnos recuerdan “su genio airoso, desenvuelto y progresivo, familiarizaba con los estudiantes, hacía de la fisiología brillantes y amenos discursos”. Del profesor de Higiene, que era Patricio Salazar, los recuerdos de otro alumno, Cortezo, no eran precisamente buenos pues dice que se pasaba el curso explicando lo que debía entenderse por vida y si esta era un principio o un resultado 49, conceptos más propios de una asignatura teórica como la Patología General que de una práctica como la Higiene.

Durante estos años continuaba la modernización del Estado, con la aprobación de la Ley Orgánica de enjuiciamiento criminal en 1872, que organizaba los tribunales en el plano territorial y jurisdiccional a partir de una cúspide, en la que se situaba el Tribunal Supremo, y terminaba en los juzgados municipales, pasando por las Audiencias y tribunales de partido y juzgados de instrucción 50. Pero el acontecimiento seguramente más llamativo para el joven estudiante se produjo en febrero de 1873 cuando Amadeo de Saboya abdicó del trono y se proclamó la República. Empezaba así la Primera República española, que se define por la condición intelectual de sus defensores, el intento de constituir un estado federal, el desorden y la insurrección cantonal, la guerra carlista y la guerra de Cuba 51.

Tercer curso

En 1873, cuando la República vive sus primeros meses, Aramendía comienza el tercer curso de su carrera de medicina. Las asignaturas que debe estudiar son las de Patología General con su Clínica y Anatomía Patológica; Terapéutica, Materia médica y arte de recetar; Patología Quirúrgica, y Anatomía quirúrgica, Operaciones, apósitos y vendajes.  El número de matrículas de este año en las asignaturas de tercero rondaba los 650, pero en esta cifra se incluyen los alumnos libres y las convalidaciones de asignaturas y grados.

El profesor de Patología General 52 era José Montero Ríos que había venido de Sevilla por concurso de traslado. Fue titular de esa materia hasta el 27 de junio de 1878, en que pasó a clínica médica. Durante esos años, además de ser Decano de San Carlos, fue Rector de la Universidad de la Habana, cargo que desempeñó desde Madrid, del 15 de diciembre de 1872 al 2 de enero de 1875. La asignatura de Patología Quirúrgica tenía como profesor a Santiago González Encinas, la de Terapéutica a Francisco Javier de Castro y la de Anatomía Quirúrgica a Pedro González de Velasco.

Pedro González de Velasco (1815-1882) nació en una humilde familia de labradores. Como muchos jóvenes de la época en esa situación, inició la carrera eclesiástica, que abandonó en 1833. Sirvió en el ejército como cabo furriel y después trabajó como criado en diferentes casas aristocráticas. Estudió la carrera de cirujano de tercera clase que terminó en 1842, cuando consiguió plaza de practicante en el hospital militar. En 1843 comenzó los estudios en la Facultad de Medicina. Siendo estudiante organizó un “repaso de anatomía” de gran éxito que le proporcionó notables ingresos. Durante ese tiempo montó una pequeña sociedad para hacer vaciados y preparaciones anatómicas. Al terminar la carrera de medicina se convirtió en una celebridad quirúrgica, llegando a ser quizá el cirujano más afamado de España. Amasó una considerable fortuna que invirtió en crear una escuela libre de medicina y un museo anatómico, que fue inaugurado en abril de 1875 por Alfonso XII. Su vida cambió a partir de entonces, cuando perdió popularidad y disminuyó drásticamente su fortuna 53.

El 3 de junio de 1874, cuando Félix Aramendía terminaba su tercer curso, se publicó el Decreto 54 que restablecía las calificaciones en los exámenes desde septiembre, y permitía presentarse a los alumnos que tuvieran aprobadas las asignaturas en junio para subir la nota, sin necesidad de pagar derechos de examen. Sin embargo no debió aprovechar esa oportunidad, porque las calificaciones de ese curso que figuran en su expediente son todas de aprobado.

La tradición familiar cuenta que Felíx Aramendia vivía de forma muy modesta durante sus años de Facultad, lo que no resulta de extrañar, porque la vida de los estudiantes del XIX distaba de ser confortable. Baroja describe así la suya en una vivienda de clase media en Madrid:
“Ahora por lo que veo en muchas familias, los jóvenes tienen su cuarto de estudio. En mi tiempo no había eso. La instalación de la clase media era un poco mísera. Los chicos estudiaban en el comedor, ante la luz del quinqué de petróleo y a veces, de la candileja de aceite.
Las casas tenían entonces pocas comodidades, no había cuarto de baño, pocas estufas, y mucho menos calefacción central. Se leía y se escribía en el rigor del invierno, al calor del brasero.

La luz eléctrica ha influido mucho en la vida y, sobre todo, en las ideas de la gente. En uno de aquellos clásicos comedores de hace más de cincuenta años, con su papel un poco ajado, con alguna estampa o algún cromo en las paredes y su lámpara mortecina y triste, no se podían tener más que ideas descentradas y románticas” 55.

Si estas eran las condiciones de estudio en una familia de clase media, la de un muchacho de familia campesina, desplazado a Madrid, que vivía en una pensión, debían ser rayanas en la pobreza. El mismo Baroja describe en una de sus novelas cómo eran las pensiones de estudiantes de aquella época 56:

“En una los estudiantes eran casi todos navarros y burgaleses; en otra, vizcaínos y guipuzcoanos.

En las dos casas, igualmente sórdidas, se vivía muy mal, sin la menor comodidad, en cuartos interiores, sucios, con una patrona que le trataba a uno groseramente, y unas criadas lugareñas, andrajosas, torpes, chillonas, que se pasaban la vida cantando. En la casa de huéspedes de los navarros y burgaleses se jugaba constantemente y se pensaba siempre en hacer trastadas a los cadetes de caballería, a los que se odiaba con toda el alma…

En la segunda casa de huéspedes, en la que predominaban los vascongados, se hablaba de música, del orfeón que tenían los de la región, se jugaba al mus y se bebían copones, enormes vasos de vino blanco.”

La hija de Félix Aramendía, cuando reprendía a sus nietos por no estudiar lo suficiente, les ponía el ejemplo de su padre “que se había quemado las pestañas estudiando a la luz de una vela”. Los nietos, aun sin entender lo de quemarse las pestañas en sentido literal, siempre consideraron que la abuela Lola exageraba, pero esta descripción no debía de estar lejos de la realidad.

El 2 enero de 1874 el general Pavía dio un golpe de estado ante el temor de que una derrota parlamentaria sufrida por Castelar comprometiera la estabilidad del régimen. La negativa de este a participar en un “Gobierno Nacional” produjo que el gobierno fuera a parar a manos de Serrano, quien gobernó con poderes dictatoriales hasta la proclamación de Alfonso XII 57.

Cuarto curso

En 1874 Félix Aramendía comenzó el cuarto curso de la carrera de medicina. Las asignaturas de ese curso, por cuya matrícula tuvo que pagar 64 pesetas 58, fueron Patología Médica, que superó con sobresaliente; Obstetricia y Patología especial de la mujer y de los niños que superó con notable; Clínica médica, primer curso, en la que obtuvo sobresaliente y Clínica quirúrgica, primer curso, que también superó con sobresaliente. Para obtener esas calificaciones, debía pasar unos exámenes, de al menos diez minutos cada uno, ante un tribunal que le hacía preguntas sobre tres lecciones sacadas a suerte, según el Decreto del 14 de mayo firmado por el ministro Ororvio 59.

A partir de ese año es cuando se aprecia el brillo académico de Félix Aramendía. Sus resultados nunca bajarán del notable. No sabemos cuáles hubieran sido esas calificaciones en el bachillerato y en los primeros años de carrera, si la normativa vigente no hubiera suprimido las notas con excepción del aprobado y suspenso, pero lo que está claro es que el joven de 18 años era un excelente estudiante.

Durante las vacaciones de Navidad, el 29 de diciembre de 1874, el general Martínez Campos proclamó en las afueras de Sagunto, cerca de Valencia, a Alfonso XII como rey de España. Once días después el nuevo rey desembarcaba en Barcelona 60 . Empieza la Restauración, periodo de estabilidad política en el que vivió Aramendía el resto de su vida.

Alumno interno pensionado

El P. Fabo en su historia de Marcilla 61, refiere que Aramendía fue alumno interno pensionado. Todos los datos que este autor facilita sobre Aramendía han podido ser contrastados excepto este, porque el expediente académico de Félix Aramendía no ha podido ser localizado en el Archivo Histórico Nacional. La información sobre sus calificaciones ha podido ser obtenida del expediente administrativo como catedrático, en el Archivo General de la Administración de Alcalá, pero en ese expediente la información de su etapa como alumno de San Carlos se reduce a los certificados de las calificaciones académicas.

No hay razones para suponer que no sea correcta la información del P Fabo, porque, como ya se ha indicado, los demás datos que ofrece se han demostrado ciertos. Abona esta idea, el que el P. Fabo utiliza como fuente el testimonio de “un ilustre Abogado y Procurador de los Tribunales de Zaragoza”, que no puede ser otro que el hijo de Aramendía, Jerónimo, quien sin duda estaba bien informado sobre la vida de su padre. La seguridad de que el informante del P. Fabo es Jerónimo Aramendía la refrenda el hecho de que el historiador de Marcilla cita documentos que se encuentran en poder de la hija y nietas de Jerónimo Aramendía, y que no se encuentran en los archivos oficiales.

Los alumnos internos 62 existían ya en el Colegio de San Carlos antes de su transformación en Facultad de Medicina. Se les daba el nombre de internos porque vivían en San Carlos durante su formación universitaria, aunque en la época de Aramendía ya no residían en la Facultad.  Durante su permanencia en el hospital prestaban servicios y hacían guardias nocturnas cuando les correspondía. El interés de los estudiantes por ser internos se debía sobre todo a la fama del cuerpo de internos, al contacto frecuente con los maestros y a los conocimientos prácticos que adquirían.

Los alumnos internos podían ser pensionados y no pensionados, y para alcanzar esa condición, debían superar, ante un jurado de cinco catedráticos de la junta de clínicas nombrados por el Rector, una oposición que consistía en varios exámenes:

Un discurso compuesto en dos horas de incomunicación sobre un punto sorteado de los pertenecientes a las asignaturas de medicina y cirugía, que no podía durar menos de 20 minutos ni exceder de 30. Después se contestaba por espacio de cinco minutos a las objeciones que le formulaban dos de sus contrincantes.

Si el opositor era estudiante de tercer año debía practicar una operación anatómica, y si era de cursos superiores una quirúrgica.

Para terminar, se contestaba por espacio de veinticinco minutos a las preguntas que le hacían los jueces sobre las asignaturas que el opositor había estudiado en sus años de carrera.

En caso de igualdad se daba preferencia a los alumnos escasos de recursos y a los huérfanos.

Uno de los alumnos internos, nombrado por la junta de catedráticos de clínicas, llevaba, bajo la inspección del secretario, el libro de entrada y salida de enfermos, donde se anotaban las fechas de ingreso y de alta, y la causa de esta: mejoría o defunción del enfermo. En ese libro se anotaba también un resumen del curso de la enfermedad.

Los internos llamados aparatistas preparaban los apósitos para las operaciones, cortaban los vendajes para la aplicación de los tópicos, ponían cantáridas, hacían sangrías, aplicaban ventosas escarificadas, restañaban la sangre que brotaba de resultas de las cisuras abiertas por las sanguijuelas, y practicaban las operaciones que los catedráticos de sala disponían.

Los alumnos internos ayudantes auxiliaban a los aparatistas en la preparación de apósitos y en las curas, aplicaban sanguijuelas, ventosas secas, colirios, hielo y cuerpos caloríficos, ponían inyecciones, dirigían el uso de baños y fumigaciones, y pedían al encargado del almacén o de la botica, por medio de vale o receta firmados, los objetos de reposición del aparato de su cargo.

Como se puede observar el cuerpo de alumnos internos desempeñaba un importante papel en la vida de la Facultad, siendo un escalón intermedio entre los alumnos y los profesores. En los años en que estudiaba Baroja los ayudantes cobraban doce duros al mes, “lo que representaba la cantidad respetable de dos pesetas al día” 63 .

Quinto curso

El año 1875 Félix Aramendía cumplió 19 años y se matriculó del quinto curso de la carrera de Medicina, que entonces duraba cinco años. Las materias que tuvo que superar para poder presentarse al examen de Grado de Licenciado fueron: Clínica médica segundo curso, Clínica quirúrgica segundo curso, Clínica de Obstetricia, Higiene pública, y Medicina Legal y Toxicología. En todas ellas alcanzó la calificación de sobresaliente, excepto en Medicina Legal y toxicología en la que obtuvo un notable.

Los últimos años de la carrera eran los de enseñanza clínica, los profesores enseñaban tanto en la cabecera de los enfermos, como en la cátedra y sus clases estaban siempre muy concurridas 64. Las Clínicas eran objeto de críticas por sus deficiencias, por lo que se estudió la creación de un hospital independiente. Fruto de las conversaciones con la Diputación de Madrid se llegó a un acuerdo para la creación de un nuevo centro, que tendría 150 plazas para enfermos 65.

El examen de grado de licenciado

Al terminar el curso, el 14 de junio de 1876, Félix Aramendia, que tenía 19 años, pagó 37,50 pesetas para someterse al examen de Grado de Licenciado que, según el artículo 207 del Reglamento de Universidades constaba de los siguientes ejercicios 66 :

Un primer examen en el que “se obligará a los graduandos a determinar objetos de materia médica”.

El segundo ejercicio, que en total debía durar al menos hora y media, tenía dos partes. La primera consistía en una historia sobre una enfermedad y examen de un enfermo. Después de prepararse, incomunicado, durante una hora, el candidato a licenciado debía exponer las circunstancias individuales de la dolencia, estado actual de esta, diagnóstico, pronóstico y terapéutica. Enseguida los examinadores le hacían las preguntas y reflexiones que tenían por conveniente.

La segunda parte del segundo ejercicio era una operación sobre un cadáver, sorteada entre cuarenta. Concluida esta, los jueces hacían observaciones.

El tribunal que juzgó los conocimientos de Aramendía estaba formado por Julián Calleja, como presidente, Rafael Martínez como vocal y Florencio de Castro como Secretario. El examen se celebró el veinticuatro de junio y la calificación que obtuvo fue la de sobresaliente. Los tres miembros del tribunal eran profesores de Anatomía: Florencio de Castro era encargado de los ejercicios de disección y Rafael Martínez era catedrático de Anatomía, lo mismo que Julián Calleja.

Después del examen, ya médico, Félix Aramendía pagó la importante cantidad de setecientas setenta y siete pesetas y cincuenta céntimos por los derechos del sello y expedición del título de Licenciado en Medicina, que le fue expedido el 1 de agosto.

No termina aquí la estancia del jovencísimo médico en Madrid, ni en San Carlos. Ese mismo año de 1876 se matriculó de las asignaturas para alcanzar el grado de Doctor.

DOCTORADO

Félix Aramendía debía tener muy decidida la intención de dedicarse a la enseñanza de la medicina y seguir la carrera universitaria, porque nada más obtener el grado de licenciado se matriculó de los estudios de Doctorado. La matrícula de cada asignatura costaba 16 pesetas y 5 los derechos de examen 67. Para obtener el grado de doctor había que cursar y aprobar las asignaturas de Análisis químico aplicado a las ciencias médicas, Histología normal y patológica e Historia de la Medicina.

El profesor de Análisis químico era Manuel Ríos y Pedraja, responsable de la enseñanza de la química orgánica y uno de los introductores de la bioquímica en nuestro país. Era un brillante analista, farmacéutico de profesión, con escasa estima por los médicos. La historia de la Medicina estaba a cargo de Tomás Santero Moreno, destacada cabeza del vitalismo tradicionalista y cerrado a la nueva medicina experimental. Su curso era una exposición de filosofía neohipocratista. Aramendía discutiría más tarde sus ideas en su primer libro 68.

El catedrático de Histología era Aureliano Maestre de San Juan (1828-1890) a quien se considera la cabeza de la histología española anterior a Cajal. Fue catedrático de anatomía en Granada y entre 1863 y 1867 completó su formación con estancias en Francia, Alemania y Gran Bretaña. En 1871 se presentó a las oposiciones que ganó Calleja, pero dejó muy favorablemente impresionado al tribunal. Más tarde, en 1873, se creó la cátedra de Histología de San Carlos, y Maestre accedió a ella por concurso 69.

Las calificaciones que obtuvo Aramendía en las tres asignaturas fueron las de notable. No se regalaba esa calificación. De los 246 matriculados en la asignatura de Análisis químico obtuvieron sobresaliente 5, notable 19 y aprobado 76. En los exámenes de septiembre el Dr. Ríos sólo aprobó a 3 alumnos, el resto no se presentaron a examen. En la asignatura de Historia de la Medicina se matricularon 249 alumnos de los que 6 obtuvieron sobresaliente, 25 notable, 49 aprobaron, 29 suspendieron. En el mes de septiembre el Profesor Santero aprobó a 10 alumnos, y suspendió a 2. D Aureliano Maestre de San Juan, catedrático de Histología, que tenía 251 alumnos matriculados, calificó a 7 con sobresaliente, a 27 con notable y 49 con aprobado. En los exámenes extraordinarios aprobaron la Histología 5 y suspendió uno 70.

Además de examinarse de las asignaturas del doctorado, el artículo 215 del Reglamento de las Universidades establecía que para alcanzar el grado de doctor se debía escribir un discurso escogido por el candidato a doctor entre los comprendidos en una colección, cuya lectura no debía durar más de media hora ni menos de 25 minutos. El doctorando podía tomarse para hacer ese trabajo el tiempo que tuviera por conveniente. El tribunal estaba formado por cinco catedráticos, tres de los cuales debían ser numerarios. Después de la lectura tres de los jueces debían formular observaciones durante 15 minutos cada uno, que debían ser contestadas por el examinando 71.

El discurso de doctorado

La tesis doctoral de Aramendía se conserva en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid 72 . Se trata de un manuscrito de 112 páginas más la portada. Como es un texto para ser leído, está redactado teniendo en cuenta los imperativos de la oratoria de la época, como se pone de manifiesto al principio y al final del discurso. Llama la atención que en el segundo párrafo del trabajo se afirma la decidida voluntad de dedicarse a la enseñanza: “Yo que voy a experimentar uno de los cambios más grandes de mi vida, de alumno a profesor…”

La tesis lleva por título “La menstruación fisiológicamente considerada” y el índice es el siguiente:

1.  Sinonimia
2.  Definición
3.  Causas, mecanismo y sitio de la menstruación
4.  Origen de la sangre menstrual
5.  Desviación de las reglas
6.  Objeto de la menstruación
7.  Modificaciones que anuncian la pubertad y manera como se presenta
8.  Edad en que se presenta el flujo menstruo y agentes que adelantan ó atrasan su aparición
9.  Curso de la menstruación
10. Cantidad y naturaleza de la sangre perdida durante las reglas
11.Menopausia

En 1877 eran recientes las investigaciones de Waldeyer (1870), y no se habían publicado aún las de G. Paladino (1879), que permitieron el conocimiento de la formación del folículo primordial, la naturaleza del líquido folicular, la maduración y despegamiento del óvulo, la rotura del folículo, la formación del cuerpo lúteo, la regresión del mismo y la atresia folicular, todo ello base fundamental del conocimiento actual de la menstruación.

En aquella época había adquirido gran crédito la doctrina de Kiwisch respecto a la génesis nerviosa de la menstruación (1851), que sería debida a una excitación neural periódica que condicionaría alteraciones ováricas e hiperemia cíclica de los genitales. A. Pflügger se adhirió en 1865 a tal doctrina neural, que en 1896 todavía sería apoyada por Strassman. Las alteraciones cíclicas del endometrio serán descritas por Kundrat y Egelman en 1873 en el cadáver.
Al comenzar el siglo XX no se conocían otras alteraciones en el endometrio que las producidas en el momento de la menstruación. Los ginecólogos finiseculares sabían muy poco de las acciones endocrinas y además estaban equivocados respecto a la relación cronológica entre la ovulación y la menstruación, afirmando que el estallido folicular casi siempre tiene lugar simultánea o inmediatamente antes de la menstruación 73.

La tesis de Aramendía describe el fenómeno de la ovulación espontánea (vesícula de Graaf, acumulación de líquido, distensión de la pared, rotura) y afirma la estrecha relación entre ésta y la menstruación. Sin embargo, en las conclusiones, aunque mantiene que la causa reside en el ovario, no refiere que estos dos fenómenos sean simultáneos. Sí que afirma, en cambio, que en la época menstrual en la mujer se encuentra además cierta predisposición a la hemorragia. También afirma que la menopausia se debe a la falta de actividad ovárica.

En cuanto al mecanismo de la menstruación, Aramendía describe fenómenos congestivos al principio sólo en el ovario, pero que producen una excitación en todo el aparato genital, fenómenos eréctiles y hemorrágicos. Respecto al origen de la sangre menstrual, no le cabe duda que esta proviene del útero.

Podemos concluir, por lo tanto, que el doctorando Aramendía estaba al corriente de las recientes investigaciones, no caía en el error de la teoría neuronal y atribuía la menstruación a la actividad ovárica. De la lectura de su trabajo podría deducirse que consideraba fenómenos simultáneos la ovulación y la menstruación, que como se ha indicado, era la creencia general en la época, aunque Aramendía no lo afirma expresamente.

La lectura pública del discurso de doctorado tuvo lugar el 4 de julio de 1877, ante el tribunal presidido por Julián Calleja y del que formaban parte Carlos Quijano, Francisco de Cortejarena, Francisco Javier de Castro y Florencio de Castro como secretario.

Carlos Quijano era el Catedrático de Higiene privada. Francisco Javier de Castro era el Catedrático de Terapéutica, materia médica y arte de recetar. Francisco Cortejarena entonces era Profesor Auxiliar y Clínico, mientras que Florencio de Castro era el encargado de los Ejercicios de disección 74. La calificación que mereció el trabajo de Félix Aramendía fue la de sobresaliente.

Ese mismo día leyó su discurso de doctorado Santiago Ramón y Cajal, con quien Aramendía coincidió durante los exámenes de las asignaturas del doctorado y con quien también coincidiría más tarde en las oposiciones a la cátedra de Granada. El 14 de junio anterior había superado la misma prueba Salustiano Fernández de la Vega, que sería colega de Aramendía en la revista “La Clínica”, y que fue catedrático de Anatomía en  Granada, cátedra que también disputó Cajal, y Zaragoza. En esa promoción de doctores también figuran Joaquín Gimeno Fernández de Vizarra, que se examinó el 28 de junio, y Genaro Casas, cuyo último ejercicio fue el 6 de septiembre; profesores ambos de la Facultad de Medicina de Zaragoza y con quienes Aramendía también coincidiría más tarde 75.

Joaquín Gimeno y Fernández de Vizarra (Monzalbarba 1851, Zaragoza 1889). Estudió en las Universidades de Barcelona y Zaragoza. Además de obras científicas escribió un estudio sociológico de Zaragoza, titulado “¡Vamos muy despacio!” (1888), que tuvo gran repercusión en la época 76. Catedrático de Patología General en Zaragoza en 1879 7777 , fue fundador del periódico republicano “La Derecha” y amigo personal de Aramendía 78.

Genaro Casas Sesé contaba en aquella época con 60 años (según Zubiri nació en 1817) y era uno de los médicos clínicos con más prestigio en Zaragoza 79. En 1878 ganó la cátedra de Clínica Medica de la Facultad de Zaragoza 80 .

Félix Aramendía debía atravesar por graves penurias económicas, porque no disponía de las setecientas noventa y dos pesetas con cincuenta céntimos que costaban los derechos de expedición del título de Doctor. Un certificado de la Universidad Central, fechado el 11 de julio, con la firma de su Secretario, D José de Isasa y Valseca y del Rector, Vicente de la Fuente, hace constar que ha superado las pruebas para obtener el Grado de Doctor con sobresaliente, pero que no se le puede expedir el título por no haber pagado esos derechos. El 26 de julio, no sabemos si después de acudir a un prestamista con ese certificado, abonó los derechos y pudo solicitar la expedición del título.

No resulta extraño que tuviera problemas para pagar los derechos, cuyo importe puede considerarse desorbitado. El sueldo de un catedrático de universidad durante su primer año ascendía a tres mil pesetas, por lo que los derechos del título superaban el importe del salario de tres meses.

Con el doctorado termina la etapa de estudiante de Félix Aramendía y comienza la de madurez. Había cumplido 20 años, se había doctorado en medicina obteniendo las máximas calificaciones, tanto en la Licenciatura como en el Doctorado, y estaba decidido a continuar la carrera de profesor universitario, para lo que se desplazaría a Zaragoza, donde comenzó su ejercicio profesional como médico y profesor auxiliar.

 

1 Madoz P (1986) 176 -177
2 Jover JM, Gómez Ferrer G (2001) 238
3 Peset M y Peset JL 568-9
4 Ema (1999). 39-50
5 Ley 9 septiembre 1857 (ley Moyano) art. 86-93
6 Ema (1999) 170-171
7 Bahamonde y Martínez (1998) 484-486
8 Ema (1999) 73-101
9 Expediente Instituto Plaza de la Cruz
10   Martinena (1995) 10-17
11 Berruezo (1996) 125-140
12 Peset M y Peset JL (1974) 587-588
13   Martinena (1995) 10-17
14   Martinena (1995) 10-17; Herrero (1996) 53-60
15 Martinena (1995) 10-17
16 Ema (1999) 39-50
17 Baroja (1982) 129-135
18 Baroja (1982)147
19 Ema (1999) 336-357
20 Jover (2001) 188, Bahamonde y Martínez (1998) 554-560, Fusí (1997) 77
21 Jover (2001) 201
22 Herrero (2003) 285-299; Miranda (1993) 73-78
23 Bahamonde y Martínez (1998) 554-555
24 Bahamonde y Martínez (1998) 559-560, Fusi (1997) 61
25 Berruezo (1996) 125-140
26 Ema (1999) 327-329
27 Expediente Instituto Plaza de la Cruz
28 Berruezo (1996) 125-140
29 Soraluce en : Gran Enciclopedia Navarra (III) (1990) 71-72; Miranda (2002) 192- 193
30 López Piñero  (1964) 220
31 López Piñero  (1998). En: Danón  (Coordinador) 8-27
32 Aramendia (1876) 87
33 Peset M y Peset JL (1974) 643-649
34 López Piñero (1998). En: Danón  (Coordinador) 8-27;  Bahamonde y Martínez (1998) 518
35 Anuario y memoria de 1876 a1877 de la Universidad Central
36 García del Carrizo (1963) 261. La tesis doctoral de la Profesora García del Carrizo ha sido de gran utilidad para obtener toda la información relacionada con la Facultad de San Carlos. Quede constancia de mi gratitud por todas las facilidades con que he contado para acceder a su trabajo.
37 Anuario y memoria de 1876 a1877
38 García del Carrizo (1963) 211
39 Baroja (1982) 213-214
40 García del Carrizo (1963) 270-280
41 Baroja (1982) 234-235
42 López Piñero (1983) 159-160
43 García del Real E, citado por G. Carrizo (1963) 641-650
44 López Piñero  (1971 y 1983)
45 García del Carrizo (1963) 1.200
46 Expediente personal Senado
47 López Piñero  (1971 y 1983)
48 Jover (2001) 194
49 García del Carrizo (1963) 668- 669
50 Bahamonde y Martínez (1998) 559-560, Fusi (1997) 61
51 Jover (2001) 195
52 García del Carrizo (1963) 684-685
53 López Piñero (1983) 417-419
54 García del Carrizo (1963) 270-280
55 Baroja (1982) 211-212
56 Baroja (1985) 108-109
57 Jover (2001) 200
58 García Carrizo (1963) 280
59 García Carrizo (1963) 281-289
60 Jover (2001) 200
61 Fabo (1917) 273-283
62 García Carrizo (1963) 1079-1084; 1169-1187
63 Baroja (1982) 269
64 García Carrizo (1963) 290-297
65 García Carrizo (1963) 257-258
66 Oyuelos y Pérez (1895) 11-16
67 García Carrizo (1963) 290-297
68 Anuario 1876-1877 Facultad de Medicina; López Piñero (1985) 60-71; Aramendía (1885)
69 López Piñero (1985) 70-71
70 Facultad de Medicina. Memoria – Anuario 1876-1877
71 Oyuelos y Pérez (1895) 11-16
72 Aramendía (1877)
73 Usandizaga M. En Laín Entralgo (1976) (6) 353-354
74 Anuario 1876-1877 Facultad de Medicina
75 Universidad Central. Memorias anuario. Curso 1877-78. Archivo histórico de la Universidad Complutense
76 Enciclopedia Universal Ilustrada Europea y Americana (XXVI) 68
77 Ministerio de Educación (MEC). Centro de investigación y documentación educativa (CIDE)
78 La Derecha (21-4-1894)
79 Zubiri (1976)  167-168
80 MEC. CIDE