FÉLIX ARAMENDÍA (1856-1894) Y LA PATOLOGÍA Y CLÍNICA MÉDICAS Javier Carnicero Giménez de Azcárate
LAS INQUIETUDES SOCIALES

LA SENSIBILIDAD SOCIAL DE ARAMENDÍA

Al final del siglo XIX surge una generación de médicos inclinados a los estudios sociológicos e interesados por las condiciones de vida de las clases populares, próximos a sus miserias, con sensibilidad social, que se tecnificarán y especializarán1. Félix Aramendía pertenece con claridad a esa generación. Su tecnificación y especialización se ponen de manifiesto con la publicación de “Lecciones de Clínica Médica”; y su sensibilidad social con este texto2, extraído de una de sus conferencias en el Ateneo de Zaragoza:

“Todos los días penetro en una casucha de la calle de San Pablo; cruzo un corral lleno de estiércol; subo ocho o diez escalones y me encuentro en la vivienda de una dilatada familia; tan dilatada como es casi siempre la de los pobres. Consiste ese domicilio en un pajar, en cuyo suelo se guisa con escasa leña verde, que si no da calor, produce densas nubes de humo que ennegrecen las paredes e impurifican la atmósfera; el pavimento está formado por bóvedas descubiertas, desiguales y hundidas a trechos; los ángulos de esa habitación están ocupados por sacos de paja que por la noche se tienden en el suelo y sirven de cama a los siguientes individuos: a un matrimonio viejo (cuyo marido enfermo visito); a otro matrimonio joven, hijo de aquél; a dos hijas de quince y dieciocho años respectivamente; a un hijo de diez y seis, y a dos o tres nietecillos. Este cuadro de tristeza y de impudor, visto al natural, entristece el alma, pero aún existen otros peores.

En ellos ya no son hermanos y hermanas los que viven revueltos con sus padres, sino primos, primas, aprendices y hasta inquilinos, ocupan una misma habitación, hacinándose por la noche en lechos insuficientes de donde tienen que salir necesariamente el cuerpo quebrantado y la moral desecha”. La forma que encontró Aramendía para canalizar sus inquietudes sociales, como otros médicos de final de siglo fue la política, en la que llegó a ser Vicepresidente de la Diputación Provincial de Zaragoza; y el Ateneo, del que fue Vicepresidente y Presidente de la Sección de Ciencias Naturales. Su vocación de servicio público se había puesto de manifiesto antes, en 1881, cuando se había incorporado a la Academia de Medicina de Zaragoza, de la que fue Secretario entre los años 1882 y 1885.

En la Diputación Provincial, en la que fue Vicepresidente de la Sección de Beneficencia, tuvo oportunidad de ocuparse del bienestar de los acogidos en los hospicios, en el hospital y en el manicomio dependientes de la institución.

En el Ateneo participó activamente en los debates sobre la condición femenina y las mejoras sociales que se necesitaban para evitar males como los de la prostitución. Pero además Aramendía perteneció al grupo de médicos, catedráticos de Instituto y farmacéuticos –muy especialmente los primeros– que, según Jover3, difundieron durante aquellos años los conocimientos científicos a la sociedad española. Esa función la llevó a cabo desde la Sección de Ciencias Naturales del Ateneo.

EL ATENEO CIENTÍFICO, LITERARIO Y ARTÍSTICO DE ZARAGOZA

El Ateneo de Zaragoza, que ha sido estudiado por Soria Andreu4, fue un importante centro cultural de la ciudad en los años del final del siglo

XIX. En la capital aragonesa hubo un primer Ateneo Zaragozano, muy politizado, que sirvió para lanzar a la vida pública nacional a sus hombres más significativos, como Joaquín Gil Vergés, Marceliano Isábal y Desiderio de la Escosura. Desapareció al llegar la Primera República, a cuyo advenimiento y sostén se consagraron sus directivos. Restaurada la monarquía, los republicanos regresaron y acometieron la refundación del Ateneo. El segundo Ateneo, nacido en 1880 adoptó el nombre de Ateneo Científico, Literario y Artístico de Zaragoza.

Su antecedente inmediato fue el Círculo Literario del Casino Principal, que en 1878 organizó unas conferencias promovidas por Mario de la Sala, José Manuel Piernas y Faustino Sancho y Gil. El número de asistentes no era muy amplio, pero sí la repercusión en los periódicos locales que saludaban el nacimiento de esta actividad cultural.

Mario de la Sala Valdés era escritor, militar y miembro de la Academia de la Historia, correspondiente de la de Buenas Letras de Sevilla y autor de “Memorias de Zaragoza” (1885), “Zaragoza y sus edificios” (1903) y “Álbum de los Sitios de Zaragoza” (1905) entre otras obras.

José Manuel Piernas, catedrático de Economía Política y Estadística en Oviedo, Zaragoza y Madrid, era un krausista convencido y, más tarde, socio muy activo del Ateneo de Madrid5.

Faustino Sancho y Gil, hacendado de fortuna y Licenciado en Derecho, era miembro activo del partido Republicano, hombre muy religioso, aunque de talante liberal y escritor de numerosas obras.

El 27 de febrero de 1880 Mario de la Sala, Desiderio de la Escosura, Antonio García Gil, Faustino Sancho y Gil, Feliciano Ximénez de Zenarbe, José M. Piernas y Marceliano Isábal reunieron en el Casino Principal a todos los interesados en la creación del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Zaragoza. Desiderio de la Escosura encabezó la comisión encargada de la redacción del reglamento, que se aprobó el 7 de marzo. Se constituyó una junta interina constituida por Joaquín Martón, Mariano de Cavia y Joaquín Gimeno, hasta que el 14 de marzo 146 socios eligieron a la primera junta.

El primer presidente del Ateneo fue Joaquín Bergés. En aquella primera Junta Directiva se encontraba N. Montells, catedrático de la Facultad de Medicina, JM Piernas y Antonio García Gil. La sociedad tuvo su sede en el Centro Mercantil, Industrial y Agrícola de Zaragoza, en el Coso, hasta que en 1892 se trasladó a la calle Cinegio, debido a las obras del Centro Mercantil. Félix Aramendía fue miembro de la Junta directiva del Ateneo desde el curso 1882-1883 hasta el 1890-1891 cuando se trasladó a Madrid6.

La nueva sociedad estaba dividida en tres secciones: Literatura, Ciencias y Artes, número que se mantendrá durante muchos años, pero con las denominaciones de Ciencias Naturales, Ciencias Morales y Políticas, y Literatura. Félix Aramendía presidió la Sección de Ciencias Naturales durante los cursos 1884-85 y 1885-86.

ARAMENDÍA Y LA SECCIÓN DE CIENCIAS NATURALES

El Ateneo empezaba el curso con una conferencia de interés común para todas las secciones. En esa sesión el secretario de la sociedad leía la Memoria de los trabajos del curso anterior y adelantaba el programa de inauguraciones de las diferentes secciones, escalonadas en el tiempo.

Este esquema se repetía en cada una de las secciones. El discurso era a cargo de su presidente y muchas veces era la “memoria de discusión” de todo el curso. Terminada la velada, el trabajo se ponía a disposición de todos los socios, que muchas veces sin esperar más comenzaban la discusión. Las sesiones de debate, que solían durar el curso completo, estaban moderadas por el presidente o vicepresidente de la sección, quienes debían hacer un resumen al final. Los fines del Ateneo de Zaragoza eran difundir y comunicar libremente las ideas, dentro de un marco de tolerancia absoluta. Este fue uno de los principales logros del Ateneo, en el que convivían socios muy dispares.

“La vida comprende a todos los seres de la naturaleza y las funciones de aquél obedecen a un solo código”

Este fue el título de la conferencia inaugural del curso 1884-1885 que dictó Aramendía y cuyo contenido nos ha llegado a través del resumen que publicó La Clínica7. Algunas de las ideas que se expresan en esta disertación son las mismas que aparecen en el libro que publicó en 1884. La conferencia empezó refiriéndose a los dos extremos de la naturaleza, el infinito y el infinitesimal. El primero representado por el espacio y el segundo por los átomos. En el primero, el conferenciante asimiló a la vida los diferentes periodos habidos en la tierra y a la actividad que la agita: terremotos y volcanes. En el mundo de los átomos citó la ley de la gravitación universal, la atracción y la cohesión de los átomos y las moléculas.

Pasó a ocuparse de las plantas y de los animales, afirmando que cuando más de cerca se examina la vida orgánica, más difícil se hace la separación entre vegetales y animales. Cuando llegó al hombre explicó la organización de los distintos aparatos. Estableció que la vida intelectual no es ajena a la materia. También se refirió al alma humana.

Demostró con los estudios de Fisiología experimental, el estrecho enlace existente entre desarrollo de las facultades intelectuales y el de los centros nerviosos. Hizo presente que siguen sin resolverse problemas como el origen de la vida.

Concluyó la conferencia afirmando que existe un código común que gobierna la naturaleza y que el cultivo de las ciencias naturales aleja por igual de las exageraciones del vitalismo y de las injustas pretensiones del materialismo; y que “el oropel científico podrá ser antirreligioso, pero la ciencia verdadera nunca estará reñida con la religión, porque entre dos verdades no puede haber antagonismo”.

Otra conferencia dictada por Aramendía en el Ateneo fue la correspondiente a la epidemia de cólera, cuyo contenido ya ha sido expuesto antes. Además de en la Sección de Ciencias Naturales, el joven catedrático de la Facultad de Medicina, intervino activamente en algunos debates de carácter social.

ARAMENDÍA EN LOS DEBATES POLÍTICOS Y SOCIALES DEL ATENEO

En la sección de Ciencias Políticas y Morales del Ateneo se debatieron los grandes temas políticos de la época como la cuestión social, la reforma de la enseñanza y la condición femenina. Félix Aramendía participó de forma muy activa, e incluso apasionada, en los debates sobre la mujer en 1884.

El 25 de enero de 1884 Inocencio Mainar leyó la memoria de discusión titulada Apuntes sobre la mujer. El debate duró todo el curso y en él intervino la plana mayor de los socios. Respondieron en contra Sabio del Valle y Félix Cerrada. Objetaron a estos últimos Inocencio Mainar y Pérez Bueno, a quienes apoyó Félix Aramendía el día 18 de abril de 1884. La prensa guardó un hermético silencio sobre lo que allí se dijo. Aún se celebró una sesión el 29 de abril a la que asistieron alumnos universitarios y profesionales de carreras de ciencias. Entonces el Diario de Avisos desveló que el tema del debate era la prostitución. Los socios del ateneo estaban divididos entre partidarios y contrarios a la reglamentación. Félix Cerrada mantenía una postura intermedia, era contrario a la reglamentación aunque con controles sanitarios. Mainar se mostraba favorable y Sabio en contra. El debate se cerró con una sesión el 27 de mayo en la que intervinieron Sabio del Valle, Cerrada y Aramendía8.

Segundo Sabio del Valle9 era un pastor protestante y destacado abolicionista, residente en Zaragoza, ciudad a la que llegó en 1880 procedente de Suiza. Primero ayudó como predicador a Thomas Gulik secretario de la Alianza Evangélica Española que fijó su residencia en Zaragoza de 1879 a 1882. Más tarde abrió su propia capilla (Iglesia de la Salvación Gratuita) en la Calle Tejedores.

Difundió las ideas de Josephine Butler, casada con un pastor protestante de la Iglesia Anglicana, que en 1870 publicó en el Londinense Daily News un manifiesto (An Appeal to My Countrymen) firmando por 250 mujeres de la Ladie's National Association for the Repeal of the Contagious Diseases Acts, condenando la nueva legislación británica de los años 1866-1869 sobre las enfermedades venéreas y la prostitución. Era el nacimiento del abolicionismo como doctrina que encerraba los siguientes puntos: ilegalidad del reglamentarismo en un estado de derecho, profunda injusticia para la mujer, inmoralidad para el Estado, ineficacia sanitaria y moral del sistema y solución del problema venéreo tanto a través de una legislación que ataque las causas reales del mal, como mediante un esfuerzo de educación moral.

Esta doctrina fue difundida en España por varios pastores protestantes Firtz (españolizado en Federico) Fliedner (1845-1901) en Madrid, Alexandre Louis Empaytaz (1837-?) en Barcelona; y Segundo Sabio del Valle en Zaragoza. En esta ciudad las escuelas protestantes, ubicadas en la calle San Pablo numero 85, que en 1879 acogían a 73 alumnos, era la sede del movimiento abolicionista.

Sabio del Valle estaba afiliado a la Logia masónica, Caballeros de la Noche, de Zaragoza. Ganó un premio al mejor trabajo en prosa sobre prostitución y medios para combatirla en un certamen científico literario convocado por el Gran Oriente de España. El trabajo se publicó unos años después sin indicar la autoría. Fue socio activo del Ateneo de Zaragoza, del que fue vicepresidente en el curso 1883-84, en el que intervino en múltiples ocasiones desde 1881 a 1884 sobre temas tan diversos como grafología, determinismo o socialismo, y participó en los homenajes que la institución tributó a Zorrilla en 1883 y Víctor Hugo en 1885.

La intervención de Félix Aramendía

Félix Aramendía tuvo el coraje de publicar íntegramente su intervención en la revista “La Clínica”10. Comenzó con un resumen histórico de la prostitución en la antigüedad y en la Edad Media. Incluso hizo una referencia específica a D. Alfonso Yáñez Fajardo, jefe de la mesa del palacio, a quien los Reyes Católicos concedieron el privilegio de ser propietario y fundador de mancebías, con lo que obtuvo pingües riquezas. Puso en evidencia que la prostitución pertenece a todas las épocas.

El catedrático y ateneísta estableció en su intervención las siguientes causas de la prostitución:

Incorrecto desenvolvimiento moral del hombre.

Esclavitud de la mujer “que le priva de ser dueña de su cuerpo, teniendo que entregarlo, ya en el hogar doméstico, ya en el templo, ya en las mancebías, sometida siempre a la tiranía del hombre que la llevó a la prostitución hospitalaria por egoísmo, a la sagrada por miedo y a la legal por avaricia. El remedio que propone es que se respete y dignifique a la mujer.

Estado actual de la educación e institución de la mujer. Reclama mayor instrucción, pero no es partidario de “hacer a la mujer médico, abogado o ingeniero”; “me parecen ridículos esos títulos con faldas, pero nunca será sobrado ilustrado para cumplir la altísima misión que le está reservada, llamada a convertir el templo en hogar y el altar en cuna”. Presenta datos de un estudio francés que muestra la nula instrucción de las mujeres públicas de París y Londres.

Miseria. Causa de la prostitución junto con la esclavitud y la falta de instrucción. Describe una de las visitas a domicilio que hace como médico en la calle San Pablo, que ya ha sido relatada antes.

Félix Aramendía se irrita con la hipocresía de los moralistas y gentes que persiguen la prostitución, se rebela contra la caridad e inculpa a las clases altas. También se muestra, con firmeza, contrario a la prohibición y hace un repaso histórico a los diferentes castigos que se han practicado, todos ellos sin resultado.

Las conclusiones de su intervención son las siguientes, que se transcriben literalmente:

“1º La causa remota de la prostitución es el incompleto desenvolvimiento físico del hombre.

2º Las causas inmediatas son la esclavitud o escasa personalidad de la mujer; la deficiencia de su educación y la miseria, entre los principales auxiliares se cuenta la seducción.

3º La prostitución es hoy por hoy un mal irremediable; no puede desaparecer mientras persistan las causas que la determinan y por eso la razón y la historia demuestran que el sistema de persecución de las prostitutas además de cruel, es injusto y contraproducente.

4º La prostitución es el mayor coste que pesa sobre el género humano, y el abandonarla es hacerse cómplice de los estragos que determina en la salud y en la moral pública.

5º Los más caros intereses religiosos y sociales exigen y reclaman que la prostitución esté reglamentada.

6º Los reglamentos puestos en vigor en todos los países son deficientes entre otros motivos porque les falta la condición de derivarse de un tratado internacional, que, siendo único imprimiría a los reglamentos el carácter de su unidad que tanto necesitan. Sirve de poco que en un país se tomen ciertas precauciones, si no se toman al mismo tiempo en la población o en el país vecino.

7º Me declaro partidario de un reglamento que evite en todo lo posible la prostitución clandestina y la sífilis; que acabe con la corrupción de menores y las amas, que imposibilita la rehabilitación de las meretrices; que ponga remedio a los infanticidios y que persiga todas las ofensas inferidas al pudor en los sitios públicos, de un reglamento que vigile y reprima la prostitución y no de unos estatutos que la protejan y la organicen, como en su apasionamiento irreflexivo parece que ha pensado el señor Sabio del Valle; ¡me acuso de ser no ya partidario, sino entusiasta de una reglamentación que, atendiendo a la salud física, atienda más, muchísimo más, a la salud moral de la sociedad prostituida, dificultando a la mujer el hacerse prostituta y facilitando a ésta la vía del arrepentimiento!

Quiero, y ya concluyo, pidiéndoos perdón por lo mucho que os he molestado, que en lugar de perseguir al desvalido, se le tienda siempre la mano protectora de la caridad, enseñando a esas desgraciadas prostitutas que no en balde brilló diecinueve siglos la luz del cristianismo; que hay corazones que perdonan, que hay un arrepentimiento que redime, una moral que purifica, una religión que consuela, y que tienen un alma que es de Dios. He dicho”.

La intervención del médico y ateneísta trasluce en su autor la preocupación por la moral y la salud pública, su deseo de que se reprima a quienes explotan a las mujeres y a los niños, y el deseo de de proteger y rehabilitar a aquellas que se ven obligadas a prostituirse, que son las víctimas de esta situación.

La discusión debió de ser sonada, porque en septiembre11 se publicó una “Rectificación del Dr. Aramendía” en La Clínica, que intentaba “aclarar conceptos”. Reiteraba sus argumentos sobre el problema y se ratificaba en sus posiciones: “una vez estudiado el origen de la prostitución, su evolución en el curso de la historia, conocidos los motivos que la determinan, así en el organismo individual como en el social, declaraba una locura pretender aniquilarla con la persecución”. Afirmaba que “como el Sr. Cerrada, estoy donde estaba”. A continuación mostró su estupefacción por las intervenciones de Sabio del Valle:

“En vista de este recuerdo, ¿os extrañará si os digo que me causó asombro la rectificación del Sr. Sabio?

Que los Sres. Mainar y Pérez reforzaran con luminosas razones y poderosos argumentos las ideas por mí sustentadas, dándoles un valor y una autoridad de la que antes carecían, no pudo extrañarme, lo esperaba así de su buen talento y de su manera de pensar en esta cuestión; pero que siendo mi discurso (bueno o malo) un discurso doctrinal, el Sr. Sabio, el fogoso adalid de la causa contraria, no se haya ocupado ni de uno de los fundamentos de la doctrina, eso declaro que no lo esperaba.”

Continua rebatiendo los argumentos de su oponente y más adelante se refiere a su colega el Dr. Cerrada, que había aceptado que la prostitución es un mal irremediable y partidario de un Reglamento como fórmula práctica para combatirla, y aseguraba que “los dos podríamos, sin renunciar a nuestras creencias, suscribir un mismo Reglamento o una misma ley, como se quiera; pero cuyo primer artículo no prohibiría, ni amenazaría, ni perseguiría nada, diría sencillamente: Artículo 1º Se acepta todo lo que tienda a moralizar. HE DICHO”.

EL CERTAMEN CIENTÍFICO Y LITERARIO DE 1884

En 1884 el Ateneo convocó por primera vez un certamen científico y literario que se celebró en octubre de ese año. El denominador común de todos los temas era la exaltación de Aragón. Desde su nacimiento el Ateneo había querido servir, entre otras cosas a dar mayor difusión y honra a los temas aragoneses.

Los temas de la Sección de Ciencias Naturales, que presidía Félix Aramendía, eran:

Tema 1. Condiciones sanitarias de Zaragoza. Medios prácticos y adecuados para su mejoramiento. Disminución de la mortalidad y aumento de la vida media de sus habitantes. El premio, donado por el Ayuntamiento de Zaragoza era una escribanía de plata.

Tema 2. Memoria descriptiva de las principales industrias antiguas y modernas de Zaragoza y de su estado presente. Estudio de los medios que más pueden contribuir para mejorar las actuales y fomentar otras nuevas, que la ciencia como propias del país, señalando las razones que aconsejan su instalación. El premio donado por el Centro Mercantil, Industrial y Agrícola era un medallón de oro.

Teniendo en cuenta, tanto las condiciones sanitarias de la ciudad, ya descritas, como la epidemia de cólera que se presentaría a final de ese año y verano del siguiente, el Tema 1 no podía ser más oportuno.

La convocatoria, cartel, programa y premios fueron recogidos en un volumen titulado “Certamen científico y literario convocado por el Ateneo de Zaragoza y celebrado en la misma ciudad en 17 de octubre de 1884”, editado por la Tipografía del Hospicio Provincial de Zaragoza en 1885.

DIPUTADO PROVINCIAL Y VICEPRESIDENTE DE LA DIPUTACIÓN

Félix Aramendía fue elegido diputado provincial con 2.624 votos el año 1888, cuando era catedrático de Patología Médica e iba a cumplir 32 años. En la sesión del 2 de noviembre, se le nombró miembro de la Comisión Permanente12, para la que fue elegido con 15 votos, junto con los diputados Blasco (25 votos), Navarro (21) y Castán (24). Sancho y Gil (2), Zabal (1) y Contín (1) no alcanzaron suficientes votos para formar parte de la Comisión

Castán y Aramendía eran los únicos diputados electos que pertenecían a la comisión permanente pues Blasco, Navarro y Zabal pertenecían a la anterior diputación. El gobernador y presidente de la sesión era Fernando García de Valderrama. Castán había sido elegido por el distrito de Daroca-Belchite, mientras que Aramendía era diputado por el distrito de Caspe-Pina. Los otros diputados por ese distrito eran Joaquín Aranguren Genzor, José Gros Ruata y José Millán Conde13.

En la sesión de 6 de noviembre14 se planteó una discusión sobre las actas de los diputados por el distrito Tarazona-Borja, que se impugnaron. Al parecer se impugnaba la elección por irregularidades en la celebración de las elecciones en ese distrito. Los argumentos que se daban para no aceptar la impugnación eran que, en un distrito donde habían intervenido miles de electores, “sólo” se citaban 18 nombres de ausentes

o fallecidos y un presidiario. Aunque los votos “emitidos” por esas 19 personas se eliminaran, el último de los candidatos electos tendría cerca de 200 votos de exceso sobre el candidato Sr. Lamana, que fue quien más votos tuvo entre los vencidos. Por todas estas consideraciones se proponía desestimar el voto particular de Zabal y apoyar el dictamen de la comisión permanente. Votaron a favor de declarar las actas graves: 14 diputados, y 13 lo hicieron en contra. Por ello se declararon graves las actas de Ojeda y Bauluz.

En esa misma sesión se eligió presidente de la Diputación a D. Pedro Olleta15, Vicepresidente a Tomás Aguirre y Secretario a Joaquín Aranguren. Aramendía tuvo 2 votos en la elección para el cargo de Secretario.

En la sesión pública extraordinaria de 11 de agosto de 1890, presidida por D. Francisco Fernández Navarrete, Gobernador Civil, dimitió el Presidente Olleta y el Vicepresidente Tomás Aguirre. En esa sesión se eligió presidente a Tomás Aguirre de Mena (12 votos) y Vicepresidente a Félix Aramendía con 13 votos16.

LA SECCIÓN DE BENEFICENCIA

En la sesión del 10 de noviembre de 1888 se eligió a Aramendía miembro de la comisión de beneficencia con 19 votos. Los otros miembros de la comisión de beneficencia eran Joaquín Sigüenza, José Millán, Tomás Aguirre, Julián Blasco, Emilio Grasa, Celestino Miguel y Paulino Navarro. En esa sesión se acordó también felicitar a D. Mariano Supervía y Lostalé que acababa de ser nombrado Obispo Auxiliar de la diócesis cuyo titular era el Cardenal Benavides.

Tres días más tarde, se eligió a Aramendía Vicepresidente de la Sección de Beneficencia17 y representante de la Diputación en la Junta Provincial de Sanidad. También en esta sesión se declaró a Goicoechea incapaz para el cargo de Diputado y se convocó nueva elección18. En esta ocasión Aramendía votó en contra de esta decisión.

La sección de beneficencia era la encargada de la gestión de los dos centros hospitalarios de Zaragoza: el Hospital Nuestra Señora de Gracia y el Manicomio, que se construía durante estos años. Además se ocupaba de la gestión de los hospicios, donde ingresaban los huérfanos y las personas sin recursos. Los establecimientos de la Sección de Beneficencia disponían del siguiente presupuesto ordinario en 188919:

Hospital Provincial Nuestra Señora de Gracia: 327.566,97 pesetas.

Casa hospicio: 285.125,66 pesetas.

Hospicio de Calatayud: 72.468, 36 pesetas.

Hospicio de Tarazona: 6.490,99 pesetas.

Total: 691.651,98 pesetas.

El presupuesto ordinario de la Diputación de ese año ascendía a la cifra de 1.976.597,59 pesetas, por lo que la sección de beneficencia suponía el 35 por ciento de los gastos de la Institución Provincial.

Precisamente uno de los asuntos polémicos de ese año fue el intento de la sección, para disminuir los gastos y mejorar el servicio, de reducir los tres hospicios a uno, concentrando a los asilados en el de Zaragoza.

Este asunto fue objeto de una importante polémica en la sesión del 10 de abril de ese año, sin que llegara a aprobarse20.

Para conocer la actividad de Aramendía durante los años en que fue Vicepresidente de la Sección de Beneficencia, resulta útil comprobar cuáles eran los acuerdos habituales de las sesiones de la Diputación así como las memorias de la sección. Por otra parte, también tiene interés revisar los asuntos más importantes que se acordaron aquellos años referidos al Reglamento de ingresos en el hospicio, el Reglamento de practicantes de los establecimientos de beneficencia y el Manicomio.

Acuerdos y Memorias de la Sección de Beneficencia

Las memorias de la Sección de Beneficencia de los años 1888 y 1889 relatan las principales reformas que se llevaron a cabo en el Hospital Nuestra Señora de Gracia así como la marcha de la construcción del nuevo Manicomio21.

El 16 de octubre de 1888 se instalaron en el nuevo Manicomio los Hermanos de San Juan de Dios, que sustituyeron a los servidores conocidos como “Padres de los dementes”. Durante ese año se terminaron las obras del tercer pabellón, que estaba destinado a varones. Por parte de los miembros de la Sección se reclamaba la continuación de las obras para mejorar las condiciones de alojamiento de los enajenados y también se solicitaba la obra del depósito de aguas. Al año siguiente se trasladaron los últimos pacientes varones que quedaban en el Hospital Nuestra Señora de Gracia al tercer pabellón del nuevo Manicomio.

El establecimiento psiquiátrico tenía un benefactor, D. Manuel Dronda22, gracias a quien se había construido “un extenso cerramiento por la parte opuesta a la carretera de Madrid para que los alienados puedan disfrutar sin peligro de fuga del esparcimiento que les proporciona tan higiénico paseo”. Ese mismo benefactor había adquirido “Torre de Castro” una finca contigua al Manicomio para “completar la huerta y paseos de los

dementes con la amplitud que es necesaria para el esparcimiento recomendado en el tratamiento de las enfermedades vesánicas”.

La iluminación del Hospital Nuestra Señora de Gracia había sido un problema hasta el año 1888, cuando se terminó la instalación de gas para la iluminación del centro, “que había logrado disipar la casi completa oscuridad que durante la noche reinaba en el establecimiento”. No era esa la única obra que se estaba llevando a cabo en el hospital de la Diputación. También ese año se asfaltaba la galería que rodeaba el patio central de luces, “única obra que falta para convertir en lugar decoroso e higiénico el interior del establecimiento”. A pesar de esa afirmación, tanto los hospitales de entonces como los de ahora siempre están en obras, y como muestra, al año siguiente se informaba de que llegaban a su término las reparaciones iniciadas hacía dos años que “han de transformar en breve plazo el aspecto indecoroso que presenta, convirtiéndole en un lugar aseado e higiénico como corresponde a una casa de su importancia y de su objeto”.

La Beneficencia Zaragozana se encontraba en dificultades por su escaso presupuesto y llegaba a tener problemas de liquidez. En noviembre de 1889 se expuso la dificultad de cumplir los compromisos con los contratistas y proveedores, por efecto de la “penuria en que se encuentra el erario provincial”. Para paliar esta situación se propuso firmar un convenio con los proveedores de los establecimientos de la Sección.

Los ingresos en el hospicio

La diputación tomaba con cierta frecuencia acuerdos de ingresos en el hospicio, que hoy nos parecerían de una extraordinaria dureza, como el de 22 de noviembre de 1889, por el que se ingresaba en el hospicio que correspondiera a uno de los huérfanos de AJ y FG, a elección de su madre, viuda y pobre, y con cuatro hijos menores. Es decir, se ingresaba a uno de los hermanos en el hospicio y se quedaban con su madre los otros tres niños23.

Para regular los ingresos en el Hospicio, en la sesión del día 23 de noviembre de 188924 se aprobó una nueva redacción del artículo 1 del Reglamento del Hospicio de Zaragoza que quedaba así:

“Art. 1 Serán admitidos en asilo provincial los pobres que se encuentren en alguno de los siguientes casos:

1º Huérfanos de padre y madre menores de 15 años.

2º Ser menores de 15 años e hijos de viudo o viuda, si estos se encuentran físicamente impedidos para trabajar.

3º Ser menores de 15 años y huérfanos de padre o de madre, en la proporción de uno si al viudo o viuda le quedaran tres hijos más también menores de 15 años, y si excedieran de dicho número, todos los que pasen de tres.

4º Los menesterosos inválidos para el trabajo y los mayores de 60 años, si unos y otros proceden de la localidad en que no haya asilo municipal que los acoja o habiéndolo no tengan en él cabida por causa legítima.

Los comprendidos en el número 4 necesitan reunir la calidad de ser naturales o vecinos de la provincia y para los comprendidos en los números 1, 2 y 3 bastará la vecindad de sus padres, caso de no ser ellos naturales de la provincia. Para los efectos de este artículo se reputará en cada caso que los interesados no tienen padre o madre si se hallan estos en alguna de las siguientes ubicaciones:

1º Enfermo en el hospital o manicomio, por el tiempo que dure la permanencia en el establecimiento.

2º Privado de libertad hasta que la recobre.

3º Ausente en ignorado paradero.

4º Inútil físicamente para trabajar.

Del mismo modo tendrá la consideración de menores para los efectos del caso 3º aquellos habiendo cumplido dicha edad estén físicamente impedidos de modo permanente y vivan en compañía del padre o la madre”.

Como puede observarse, la protección de los menores alcanzaba hasta los 15 años y el auxilio que se les daba consistía en la acogida en el hospicio, lo que en algunas ocasiones implicaba la separación de esos menores de sus padres y hermanos. Los viudos o viudas no incapaces para el trabajo debían hacerse cargo de al menos tres de sus hijos. No existían las ayudas económicas directas, que hubieran permitido paliar esas situaciones sin separar a las familias.

En el mes de abril siguiente25 se daba cuenta de la salida de la inclusa de seis niños y se informaba de que había 26 más abandonados que no se hallaban incursos en los casos previstos en el Reglamento, por lo que se instaban a las autoridades judicial y gubernativa para que localizaran a los familiares.

El reglamento de practicantes de los establecimientos de Beneficencia

En la sesión del 26 de noviembre de 1889 se aprobó el reglamento de practicantes del Cuerpo de Beneficencia, asunto que había ocupado mucho tiempo y debates, y que fue presentado por Félix Aramendía, quien tuvo que contestar a las dudas y aclaraciones, que se refirieron, cómo no, a los derechos adquiridos y condiciones de acceso a las plazas26. Se distinguían ayudantes y practicantes no ayudantes. Los primeros debían estar cursando la carrera de medicina y tener aprobada la asignatura de Terapéutica, además de probar su capacidad en una oposición. Los segundos debían tener el título de ministrantes, ser mayores de 25 años y superar la oposición.

Los ayudantes debían estar en la enfermería media hora antes que los profesores para disponer todo lo necesario para las curas, descubrir a los enfermos para la inspección y ejecutar las instrucciones que se les dieran para la limpieza, curación y buen orden de los pacientes. Prestaban servicio de guardia para auxiliar al profesor. También asistían a las parturientas “de necesidad” bajo la dirección del profesor de guardia. Otras obligaciones de los ayudantes era aplicar los tópicos y sanguijuelas, y rapar a los acogidos, además de llevar las libretas con las anotaciones que les indicaban los profesores.

Cada uno de los ayudantes tenía un aparato provisto de hilas, vendajes, compresas y demás material necesario para las curas, de cuyo correcto uso eran estrictamente responsables. La responsable del material, a quien debían solicitar lo necesario era una hermana de la caridad.

Los ayudantes debían comprarse una bolsa con los instrumentos que les señalaba el Decano para atender las operaciones de su incumbencia. Tanto la renovación como la primera adquisición de estos instrumentos eran por cuenta del ayudante.

Todos los años debían dar cuenta al Decano de las notas obtenidas en cada una de las convocatorias y de las asignaturas en las que se habían matriculado.

Director del Manicomio

El 19 de noviembre de 1889, se trató un asunto que preocupaba mucho a Félix Aramendía. La Diputación construía un edificio para manicomio, y el catedrático y diputado provincial quería que un médico especialista se hiciera cargo de su dirección cuanto antes27. Merece la pena transcribir el comienzo del escrito dirigido a la Diputación, que tiene el estilo de Aramendía y que defendió hasta el final, aunque no consiguió que se aprobara tal como fue propuesto.

“A la Diputación: fueron durante siglos enteros estimados los pobres locos como engendros de seres malignos, como endemoniados, criminales o seres desprovistos de los atributos del hombre, y así, según la creencia dominante, se les estigmatizaba, quemaba, aprisionaba, o se les exhibía enfureciéndoles con crueles tormentos para mayor solaz de los espectadores. Si Fray Lope de Gilabert fundando el primer manicomio del mundo con el óbolo de piadosas valencianas y Pinel convenciendo a la sociedad de su tiempo de que solo ternura y cuidados merecen los infelices faltos de razón, alcanzaron por tales hechos patente de inmortalidad, todo lo que contribuya a continuar aquella obra de redención merecerá sinceros aplausos, y en tal concepto deben tributarse a Zaragoza, cuyo antiguo manicomio posee las más honrosas tradiciones, y a la Diputación que el 6 de abril de 1873, acordó la construcción de un manicomio modelo, presupuestado en algunos millones de reales y que el día que se termine debe ser el mejor manicomio del mundo. Tales precedentes nos crean grandes compromisos y la población de 400 dementes sometidos a nuestro amparo nos demanda el cumplimiento de sagradas obligaciones, entre ellas procurar a los asilados la necesaria asistencia médica.

Por hallarse nuestra casa de dementes en periodo adelantado de construcción y ya habitada, surgen en estos momentos problemas de inmensa trascendencia y de urgente resolución que solo podrá ser acertada haciéndose por un especialista en enfermedades frenopáticas”.

A continuación, Aramendía explicaba que, además de atender a los pacientes ya ingresados, el especialista debía ocuparse inmediatamente de asuntos como decidir qué tipo de asilados iban a acogerse en cada pabellón para que este se adaptase a sus características. También consideraba necesario que el especialista, que debía ser el director del centro, residiera en el manicomio, aunque se le permitiera atender sus propios enfermos. De esta forma podía atender situaciones graves que se presentaban en ese tipo de establecimientos: “cuidados que deben prodigarse a quien no quiere comer o desea incendiar, matar o darse la muerte. Las heridas, fracturas, hemorragias, luchas y altercados son accidentes que ocurren a todas horas entre los dementes y exigen la presencia del médico director.”

Después de desgranar todas las razones para ello, proponía la creación de la figura del médico director y de dos médicos alienistas, a la vez que establecía las funciones que tendrían todos ellos. El acta de la sesión recoge que Aramendía dio amplias explicaciones en apoyo del dictamen, que recibió argumentos en contra de algunos diputados, referidos a la retribución del director, la selección de los médicos y la no urgencia en tomar el acuerdo. En vista de no encontrar el apoyo necesario para su aprobación, Aramendía retiró la moción.

En este asunto llama la atención la voluntad del Catedrático de medicina de introducir la ciencia, y los tratamientos y cuidados médicos en el manicomio, para que éste no fuera un simple lugar de asilo. A pesar de la crudeza con que se expresa la moción en algunos de los apartados y las extensas explicaciones del ponente, no se aceptó incorporar la figura de médico director en esos momentos. Años más tarde ocuparía ese puesto Joaquín Gimeno Riera, hijo de Joaquín Gimeno Fernández-Vizarra, compañero de claustro y amigo de Aramendía28.

El 21 de abril de 1890 seguía sin solucionarse la atención médica a los ingresados en el Manicomio29. A juzgar por la extensión que ocupa este asunto en los libros de actas de las sesiones de la Diputación, las discusiones sobre el debieron ser largas, tediosas, apasionadas a veces, y siempre poco eficaces. Se había propuesto, después de que Aramendía retirara su moción, que un medico alienista con residencia en el Manicomio se hiciera cargo de la asistencia. No llegó a ejecutarse el acuerdo por falta de presupuesto. Se encargó entonces a un médico de la Beneficencia la visita diaria a los enfermos. Se propuso después que el médico, ya no alienista, al menos residiera en el frenopático, con un sueldo de 1.500 pesetas al año y “derecho a utilizarse de las verduras del establecimiento y obligación de residir en la habitación que se le designe.” La discusión se alargó tratando asuntos como la dedicación exclusiva o no del médico, su salario, la situación de los médicos supernumerarios del hospital y otros asuntos que se entremezclaban, hasta que finalmente se aprobó la creación de esa plaza.

 

 

1. CARASA, P., en BAHAMONDE (coord.) 185, 294.
2. ARAMENDÍA, F. (1885) “La Clínica” 194-195.
3. Jover, J. M. y GÓMEZ FERRER, G. 411.
4. SORIA, F. (1993).
5. FERNÁNDEZ CLEMENTE, E. (1988).
6. Hoja de servicios de FÉLIX ARAMENDÍA; SORIA, F. (1993) 301-304.
7. “La Clínica” (1884) 388-389.
8. SORIA ANDREU (1993) 69-70. La autora incurre en un error cuando dice que Félix Aramendía combatió a Mainar y Pérez Bueno. Debería decir “con los que combatió el Doctor Félix Aramendía” o “a quienes apoyó el Doctor Félix Aramendía” puesto que la postura de este, como se comprueba con los discursos que publicó “La Clínica” era contraria a la de Sabio.
9. GUEREÑA, J. L. 274, 344-346; 360, 364-367.
10. “La Clínica” (1885) 145-148; 169-172; 193-195; 241-245.
11. “La Clínica” (1885) 385-388.
12. “Libro de actas” (1888) 388.
13. “Libro de actas” (1888) 353-355.
14. “Libro de actas” (1888) 358-384.
15. Pedro Olleta Valentín fue presidente de la Diputación entre el 17 de noviembre de 1883 y el 23 de noviembre de 1892, aunque entre agosto de 1890 y enero de 1891 el presidente fue Tomás Aguirre de Mena, al renunciar Olleta con motivo de las elecciones. Nacido en Tauste en 1822. Diputado provincial en representación del distrito Egea-Sos, fue elegido presidente a partir de la reunión del 17 de noviembre de 1885 con 15 votos a favor en sustitución de Cistué (SÁNCHEZ, A. 1999).
16. “Libro de actas” (1890) sesión de 11 de agosto.
17. “Libro de actas” (1888) 440.
18. “Libro de actas” (1888) 460.
19. “Libro de actas” (1889) 21-35.
20. “Libro de actas” (1889) 153-195.
21. “Libro de actas” (1889) 65-68; (1890) 49-51.
22. “Libro de actas” (1889) 510-513.
23. “Libro de actas” (1889) 631.
24. “Libro de actas” (1889) 635.
25. “Libro de actas” (1890) sesión de 21 de abril.
26. “Libro de actas” (1889) 680-686.
27. “Libro de actas” (1889) 594-682.
28. FATÁS, G. 52.
29. “Libro de actas” (1890) 200-224.

 

 


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