FÉLIX ARAMENDÍA (1856-1894) Y LA PATOLOGÍA Y CLÍNICA MÉDICAS Javier Carnicero Giménez de Azcárate
LA EPIDEMIA DE CÓLERA DE 1885 EN ZARAGOZA

LA ZARAGOZA DEL FINAL DEL SIGLO XIX

Forcadel1 afirma que durante el último cuarto del siglo XIX Zaragoza era un buen reflejo de la sociedad relativamente inmóvil, estable, de la Restauración. Aquellos años eran los de la depresión de la economía europea y de la crisis agraria, de gran influencia en la economía aragonesa y zaragozana. Los censos de población reflejan tasas de crecimiento muy bajas: entre 1877 y 1900 sólo hay 9.897 nuevos vecinos.

Zaragoza había pasado por un proceso de industrialización entre 1856 y 1866, con la creación de 76 sociedades con proyectos industriales, entre las que destacan las mineras, textiles y harineras2. El siguiente avance en el crecimiento industrial tendrá que esperar hasta los años noventa. La red ferroviaria se completaba con la llegada de trenes desde Cariñena (1887), desde Barcelona, vía Caspe y por el sur del Ebro (1894). En 1883 llegaba la electricidad de la mano de Electra Peral y de la Compañía Aragonesa de Electricidad, cuya concentración dio lugar en 1911 a Eléctricas Reunidas de Zaragoza.

Los primeros servicios de la red de tranvías, arrastrados por mulas, empezaron en 1885 y comunicaban el centro histórico con los nuevos barrios. Su trazado fue muy discutido, por su impacto en el precio del suelo y por marcar el crecimiento hacia la periferia. El tranvía que subía a Torrero necesitaba refuerzo en la dotación de mulas para salvar la cuesta de Cuéllar. Otras líneas comunicaban con el Arrabal, la estación de Madrid y la del Bajo Aragón. Una línea de circunvalación bajaba por el Coso hasta la Universidad, giraba por el Ebro y subía por el Portillo.

En 1885 se celebró una Exposición3 que había empezado a gestarse en 1879 cuando la Real Sociedad Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País había lanzado la iniciativa de presentar lo más destacado de la producción industrial española. Se albergó en el matadero que Ricardo Magdalena estaba construyendo para la ciudad en lo que hoy es la avenida de Miguel Servet, lugar que entonces se encontraba en las afueras. La sede de la Exposición contaba con más de 25.000 metros cuadrados de superficie, de los que casi la mitad se encontraban cubiertos.

La epidemia de cólera trastocó la organización de la muestra y la inauguración oficial, que estaba fijada para el 1 de septiembre, se retrasó un par de semanas. Tras su celebración, acabó viviendo una segunda etapa que comenzó en septiembre de 1886. Se estructuraba en seis secciones: Ciencias, Artes Liberales, Agricultura, Industria Mecánica, Industria Química e Industrias Extractivas. Según las crónicas de la época, la de Ciencias, donde destacaban las instalaciones del centro geodésico de Casañal, o las del Cuerpo de Telégrafos, fue la que más interés público despertó. Comparecieron las principales firmas regionales y algunas extranjeras, como Mansfeld y Singer. En total, acudieron 1.300 expositores nacionales y extranjeros, una cifra nada despreciable en la época. Fue, también, un éxito de participación y de público. Tras esta segunda Exposición, hubo que esperar un cuarto de siglo antes de que se acometiera otro esfuerzo de este tipo, e incluso mucho mayor: la Exposición Hispano-Francesa de 1908.

LAS CONDICIONES SANITARIAS DE ZARAGOZA

Las condiciones en que se encontraba Zaragoza a finales del siglo XIX han sido descritas por Martín4 en su tesis doctoral sobre Patricio Borobio, quien se incorporó a la Facultad de Zaragoza en 1887.

Las calles de la capital aragonesa estaban la mayoría sin adoquinar, polvorientas en verano y embarradas en invierno. Sucias, como consecuencia del sistema de tracción animal de los vehículos, y por los animales que deambulaban sueltos por la ciudad, a pesar de que el gobernador disponía que los internos en la prisión se emplearan para limpiar a fondo las calles al llegar el verano5. Las deplorables condiciones de limpieza de la estación de ferrocarril hicieron que se multara a su jefe con cincuenta pesetas después de una visita de la comisión especial facultativa de la policía urbana. El Ayuntamiento dispuso además que se limpiara y blanqueara el suelo de varias dependencias y que se limpiaran y desinfectaran los retretes, “hoy en tan visible abandono que, de no remediarse esta falta, fácilmente pudiera perjudicar a la salud pública”6.

El agua que se bebía en Zaragoza procedía del Ebro y llegaba directamente del río o a través de acequias. El establecimiento de una red de agua y alcantarillado era una necesidad sentida por la población y por la clase médica. También Aramendía lo consideraba imprescindible7. Sólo en las calles más amplias y modernas el agua se distribuía a las casas a partir de depósitos y llegaba limpia. En el resto se compraba a los aguadores o se recogía de las fuentes, tal y como salía, es decir sucia y con detritus orgánicos, porque la falta de alcantarillado producía frecuentes filtraciones desde los pozos negros. Los servicios domiciliarios de eliminación de excretas se reducían a los pozos negros o letrinas, hechos en tierra sin revestimiento interno. El alcantarillado y la red de agua no empezaron a funcionar hasta 1911. La leche, que se vendía en las lecherías, y de forma ambulante, se adulteraba con agua, burlando las inspecciones sanitarias.

Calles polvorientas y sucias, aguas contaminadas, ausencia de alcantarillado y leche adulterada con agua no precisamente potable. Zaragoza reunía todos los requisitos para que se presentara una epidemia de cólera en 1885.

EL CÓLERA EN EL SIGLO XIX

El cólera es una enfermedad conocida desde la antigüedad. Se encontraba localizada en la desembocadura del Ganges, en la India, donde era endémica. En 1817 inició su viaje hacia los países limítrofes siguiendo las vías fluviales. En 1823 apareció en Rusia, y se extendió por Europa entre los años 1830 y 1835. A España llegó a través de Portugal, desarrollándose una epidemia durante los años 1834 y 1835. Posteriormente hubo nuevas epidemias durante los años 1854-1855, 1865-1866 y 1884-1885.

Koch descubrió el bacillus vírgula en 1883. Desde esa época fue objeto de acaloradas discusiones, que empezaron ya en la conferencia que dio en el Consejo Imperial de Sanidad de Viena el 26 de Julio de 1884. La discusión sobre el descubrimiento la encabezó el propio Virchow y se prolongó durante tres días8.

En agosto de 1884 el cólera entró en España por Novelda, en la provincia de Alicante. Cuando la epidemia parecía controlada, se produjo un rebrote en Beniopa (Alicante). Amalio Gimeno, Catedrático de Terapéutica de la Facultad de Medicina de Valencia, con la ayuda de Pascual Garín, profesor de cirugía, lograron encontrar el “bacilo coma” de Koch en las deposiciones de los enfermos y posteriormente cultivarlo. Gimeno presentó sus resultados en el Instituto Médico Valenciano, que se convirtió en la primera corporación española que dispuso de preparaciones microscópicas del bacilo9.

Amalio Gimeno Cabañas, que se había incorporado en 1877 a la Facultad de Medicina de Valencia como Catedrático de Terapéutica, era una de las personalidades más destacadas de la nueva medicina de laboratorio, es decir de las ciencias y práctica médicas fundamentadas en la investigación experimental10. En 1888 se trasladó a Madrid como Catedrático de Higiene. Amalio Gimeno desempeñó también las de Patología y Clínica quirúrgicas hasta 1898, cuando se hizo cargo de la de Patología General, que ocupó durante más de 20 años, simultaneándola con la política, pues fue ministro 6 veces de cuatro ministerios distintos. Con su influencia proporcionó a la Facultad de San Carlos medios para instalar laboratorios y dotarlos de personal y material necesarios. Se jubiló por cumplir la edad reglamentaria el 31 de mayo de 1931, pero siguió dando cursos libres de ampliación de Patología en las dependencias del laboratorio general que le fueron cedidas a petición suya11. Cuando Aramendía se incorporó a la cátedra de Clínica Médica en San Carlos, Gimeno era Catedrático de Patología Médica. La relación entre ambos ya venía de antes, porque durante los años 1884 y 1885 Aramendía fue un atento lector de las publicaciones de Gimeno e incluso comentó en “La Clínica” las referidas al cólera.

En 1885 el grupo encabezado por Gimeno fue el principal promotor de la vacunación anticolérica de Ferrán. El grupo lo formaban, además del propio Gimeno, Manuel Candela Pla, catedrático de obstetricia y ginecología; Pascual Garín Salvador, profesor de cirugía; y Vicente Navarro y Gil, profesor ayudante. A este grupo se asoció además Pablo Colveé Roura y Vicente Peset Cervera, discípulos de José Montserrat y Riutort, catedrático de química y Rector de la Universidad, que habían sido los principales adelantados de los estudios de microbiología en Valencia. Ambos aportaron una perspectiva puramente científica al grupo y acentuaron su carácter académico. Gimeno desempeñó además el papel de principal defensor de la vacuna en los ambientes académicos, especialmente en la misma Valencia y en Madrid12.

EL CÓLERA EN ZARAGOZA

La epidemia de cólera en Zaragoza ha sido estudiada por Zubiri13. Según este autor el primer caso sospechoso se presentó el 29 de junio de 1885, cuando falleció un niño de 23 meses a causa de una gastroenteritis aguda y la enfermedad se confirmó a los pocos días. Sin embargo, el “Diario de Avisos” informaba de “casos sospechosos” el 22 de junio14 y el 28 de junio15 publicaba una carta en la que el Dr. Angel Cebollero daba cuenta del fallecimiento de D. José Soler. En esta carta el médico informa de todas las gestiones que había llevado a cabo para atender a su paciente, llamando a consulta a los colegas Fernández Brihuega y Oria, y dando cuenta del caso a las autoridades. El alcalde designó al Dr. Arbuniés para que confirmara el diagnóstico. Llama la atención el que en esta carta, a pesar de explicar exhaustivamente los hechos, el Dr. Cebollero no menciona ni una sola vez la palabra cólera, ni tampoco utiliza las expresiones “enfermedad sospechosa” o “enfermedad reinante” que eran los eufemismos con que la prensa se refería a la epidemia. La confirmación oficial de la epidemia tuvo que esperar al 20 de julio, cuando las juntas local y provincial de sanidad acordaron su declaración, que fue publicada en la Gaceta Oficial el 2216. El número de fallecidos por la enfermedad superó los 2.10017. La epidemia afectó especialmente a Valencia, Zaragoza y Granada y según el médico austríaco, afincado en España, Felipe Hauser, los fallecidos por causa de cólera en estas tres provincias sumaron casi los cincuenta mil. En el curso de la epidemia el 25% de los ayuntamientos españoles padecieron la enfermedad, siendo un total de unos 120.000 los fallecidos y casi 400.000 los afectados18. Jordi Nadal estima en 16.689 los fallecidos menores de tres años durante la epidemia en España19.

LA REPERCUSIÓN DE LA EPIDEMIA EN LOS AMBIENTES POPULARES

Los españoles vivían la epidemia, como es lógico con temor y con algo de recelo respecto al comportamiento de las autoridades. En Aranjuez y Murcia las cifras de afectados y fallecidos superaban a las de Valencia. El Monarca se enfrentó al Gobierno al querer visitar las zonas afectadas, siéndole negado el permiso; fue por su cuenta a Aranjuez y tuvo un recibimiento apoteósico a su regreso a Madrid20.

La culminación del descontento se produjo al declararse la epidemia en Madrid el 21 de junio. Se desencadenó una protesta de todos los comercios de frutas y verduras, siguiendo las consignas del Círculo de la Unión Mercantil. Se solidarizaron los comerciantes de Madrid, incluso los del barrio de Salamanca. Las protestas adquirieron carácter revolucionario que fue apoyado por la oposición, dispuesta a derribar el gobierno. Ese día, se aglomeró la gente en la Puerta del Sol para dirigirse al Palacio de Oriente. El gobernador recurrió al ministro de la guerra que ordenó al Capitán General sacar las fuerzas. Con el despliegue y exhibición de las tropas y algún disparo aislado se acabó la algarada21.

En Zaragoza también se produjo alguna algarada, aunque sin llegar a los extremos de Madrid. “La Clínica” publicó con la firma “A”, y el estilo propio de Aramendía la nota que se reproduce titulada “Dos querellas”22, que dan cuenta por un lado de las dificultades con que se encontraban a veces las autoridades para imponer las medidas sanitarias y por otro, el temor que suscitaba la presencia de los enfermos y la cercanía de los improvisados hospitales, que ocasionaba las protestas de los vecinos.

Dos querellas

Al amanecer del día 17 nos despertaron las lavanderas con una manifestación tumultuosa que terminó a las pocas horas, sin otras consecuencias que un poco de escándalo, algún arañazo en el principio de autoridad y agravamiento en las heridas que de antiguo se han abierto en las Juntas de Sanidad. Aconsejó la municipal que las ropas destinadas al lavado, se sumergieran antes de comenzar este en una caldera de agua hirviendo; mandó la autoridad que esto se hiciese, y alegando imposibilidad de cumplir la orden, los propietarios de los lavaderos cerraron sus establecimientos. Pasaron así ocho o diez días, puso un propietario lo necesario para la desinfección, se autorizó allí el lavado, y vino el motín que se encaminó primero a la casa del Sr. Alcalde, a quien atribuyen algunos periódicos, haber dicho a las amotinadas, que eran los llamados a resolver el conflicto los individuos de la Junta de Sanidad y el Sr. Gobernador. Alguien, que acaso contribuyese a provocar el tumulto, debió ocuparse de nuestros queridos amigos los farmacéuticos e individuos de la Junta Municipal de Sanidad, Sres. Bazán y Cerrada, y la asonada mujeril se dirigió imponente a casa de estos señores, distinguiéndoles con insultos y groserías, en premio sin duda de su incesante afán por mejorar la salud pública de Zaragoza, y en premio también de sus desvelos para prevenir contra la invasión colérica a estas mismas lavanderas, a cuyo fin, casi exclusivo, tendía el consejo de que nos estamos ocupando. Cuando las amotinadas lo tuvieron por conveniente; puesto que no sabemos que nadie les molestase, se retiraron de casa de los Sres. Bazán y Cerrada y fueron al gobierno de la provincia; una comisión habló con la primera autoridad civil, de quienes unos afirman que les prometió lavarían sin trabas aquel mismo día, y otros, que les aseguró resolver en breves horas la cuestión de acuerdo con la susodicha Junta Municipal. Esta se reunió al poco rato, presidida por el Sr. Gobernador, acordando que las ropas fueran escaldadas después de lavarlas, en lugar de serlo antes.

Por la noche las lavanderas obsequiaron con serenatas a las autoridades, pero en cambio… nadie ha desagraviado a los individuos de la Junta Municipal de Sanidad.

Seremos breves en el comentario: nos parece que no obraron bien: el Gobernador por haber transigido ante un motín; el Alcalde si es cierto lo que se le atribuye, por haber eludido una responsabilidad que no es de quien aconseja (la Junta) sino de quien manda (el Alcalde), y la Junta Municipal de Sanidad por haber revocado un acuerdo suyo en unos momentos precisamente en que más comprometida estaba en sostenerlo.

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Si hubiéramos de juzgar a un gran número de vecinos del barrio a que pertenece la calle de la Noria, por la algarada que a su nombre se viene promoviendo estos días, formaríamos de estos un juicio muy desfavorable. Con objeto de atender a las primeras necesidades creadas por la epidemia colérica, se organizó un hospital fuera de Zaragoza, en un local cedido gratuitamente por el catedrático de esta universidad Sr. Sasera. A medida que las necesidades han crecido, el hospital ha resultado completamente incapaz de proveerlas; lejos de la población, con locales reducidos, ventilación insuficiente, con paredes delgadas y desafiando con su desnudez las inclemencias atmosféricas, aquello más que hospital resultó antesala del cementerio. Lo acredita así la excesiva mortalidad que arroja su estadística y el indecible horror con que empezaron a mirarlo, los que, siendo víctimas de la indigencia, temían serlo también de la epidemia.

Como antecedente de esta cuestión, hemos de consignar que, cuando el año pasado comenzó el huésped del Ganges a causar víctimas en España, Zaragoza, con una previsión plausible, estableció un plan de defensa y entre otras medidas, mediante informe facultativo, habilitó para hospital un magnífico local, situado en la Calle de la Noria, acordando que todo colérico que necesitase asilo, fuera conducido a dicho lugar. A nadie se le ocurrió censurar, ni volverse airado contra las autoridades. Este año ya hemos dicho que los invadidos se llevaban al que se ha llamado “Hospital Sasera”, pero el exceso de defunciones que allí ocurría, llamó la atención y hubo de nombrarse una comisión compuesta por los respetables médicos señores Casas (D. Genaro), Cerrada (D. Pedro) y Quintero, que informó unánimemente a las Juntas Municipal y Provincial de Sanidad, de que el mencionado local reunía detestables condiciones para su objeto, atribuyendo a ellas en gran parte, la excesiva mortandad de sus acogidos. Discutiose a continuación la conveniencia de no admitir nuevos enfermos en ese asilo, y en cambio abrir el de la calle de la Noria. Después de examinar la cuestión bajo todos sus aspectos; después de tener en cuenta todo género de intereses, la Junta acordó “que los enfermos estarían mejor asistidos en el hospital de la calle de la Noria y que podría abrirse éste sin peligro alguno para la salud de los vecinos de aquel barrio”.

No se abrió en ocho o diez días, al cabo de los cuales, las Juntas reunidas se ocuparon nuevamente del asunto; se había producido ya gran estímulo en el pueblo; de nuevo se ratificó el acuerdo; la agitación del barrio se hizo más ostensible; el Ayuntamiento se reunió en sesión extraordinaria; jugaron intrigas, se celebraron reuniones de gente política, se anunciaron trastornos de orden público, se amenazó a los que debían decidir; la sesión del municipio se pareció a las interpelaciones políticas del Congreso de diputados, ya por la oratoria, ya por las manifestaciones del público, y los concejales aprobaron una proposición de no ha lugar a deliberar, dejando, por tanto, en pie el acuerdo de las Juntas sanitarias. El hospital se ha abierto y subsisten las intrigas y muchos vecinos han firmado una vio-lentísima (y acaso algo más) protesta contra los que, siendo sus representantes en el municipio, votaron en pro del “no ha lugar a deliberar”.

No tenemos hoy espacio en el periódico para analizar las condiciones higiénicas del nuevo hospital, ni para demostrar esta tesis, que desde luego afirmamos “ese hospital destinado a coléricos no es un daño a la salud pública del barrio en el que está enclavado”. No lo es por su situación, no lo es por sus excelentes condiciones higiénicas, no lo es por la manera como el cólera se propaga, no lo es por las condiciones de salud pública en que se encuentra Zaragoza. Si todo esto no lo saben los vecinos de la calle de la Noria, debe bastarles que en dos acuerdos lo haya asegurado quien puede y debe saberlo.

En cambio el miedo de esos vecinos sería impropio del grandiosos espectáculo de valor, de abnegación y de caridad que está dando Zaragoza, esta heroica ciudad en donde no hay un colérico que no cuente con la asistencia incondicional de todos sus vecinos; en donde los sanos se meten en la cama de los agonizantes para prestarles el calor de su cuerpo; en donde ni un solo jornalero ha abandonado su trabajo porque este pueblo es demasiado valerosos para acobardarse y demasiado honrado para mendigar lo que puede ganarse trabajando; ese miedo sería un oprobio, y por tanto lo negamos, es mentira, ese miedo que con igual motivo no existió el año pasado, creemos que no ha podido existir hoy; los vecinos del barrio de la Noria no han temblado, porque no saben temblar, porque son zaragozanos; de esa algarada ellos no son responsables; porque pensando lógicamente surge la sospecha de que se ha provocado por causas o pasiones completamente ajenas a esos vecinos, cuya buena fe y energía de carácter se ha utilizado para crear el conflicto.

A.

La Clínica (1885) 381-383

En la primera se cuenta irónicamente un conflicto que se desató el día 17 en Zaragoza con una manifestación de lavanderas protestando por las medidas que se habían dispuesto, que consistían en hervir las ropas antes de lavarlas. Como consecuencia del tumulto la autoridad dispuso que las ropas se escaldaran después de lavarlas. Según el firmante del artículo con esta medida demostraron poca firmeza de criterio tanto las autoridades como las juntas.

El segundo incidente que cuenta “A”, se refiere a la apertura de un hospital para coléricos en la calle de la Noria, como consecuencia de la elevada mortalidad que se estaba produciendo en el habilitado en las afueras de Zaragoza en terrenos cedidos por el Sr. Sasera, catedrático de la Universidad. A pesar de que el hospital de la calle de la Noria estaba debidamente acondicionado y contaba con las medidas higiénicas precisas, la actitud y protestas de los vecinos contra la apertura de este centro, ocasionaron un apasionado debate en el ayuntamiento que, a pesar de las presiones a que se vio sometido, respaldó la actuación de las juntas sanitarias. El artículo trasluce el malestar de su autor por el miedo descontrolado de los vecinos a tener en sus cercanías un hospital de coléricos.

El temor a la epidemia era tan grande que, como se indica más adelante, antes de que se declarara la enfermedad en Zaragoza, el Ayuntamiento había enviado a Valencia una comisión, entre cuyos miembros se encontraba Aramendía, para informar sobre la vacunación que proponía Ferrán. Ese temor estaba justificado porque la mortalidad era muy elevada como confirman los partes que casi a diario publicaban los periódicos23. Además, como recordaba Aramendía en la conferencia que dictó a su regreso de Valencia, se desconocía el mecanismo de transmisión de la enfermedad y la “manera de desenvolverse el proceso morboso”. Las medidas profilácticas que tomaban las autoridades eran las clásicas de enfermedades pestilenciales, con cordones sanitarios, fumigaciones, cuarentenas expresas en lazaretos o encubiertas, como la que se pidió a la comisión a su regreso de Valencia. Sin embargo, en 1854 John Snow había reconocido el papel del agua en la transmisión del cólera24 y Cajal en la conferencia que dictó en julio en la Diputación Provincial, afirmaba haber encontrado el microbio en las aguas de una de las acequias “que riegan la parte de San Juan, Montañana y demás terrenos inmediatos”25. El “Diario de Zaragoza” publicaba las recomendaciones de Koch para prevenir la epidemia26, entre las que se encontraba beber exclusivamente agua hervida, no comer frutas ni legumbres crudas, no cometer excesos de ningún tipo y tomar una vez al levantarse por la mañana y otra a media tarde dos dedos de agua en un vaso con dos gotas de ácido clorhídrico. A pesar de ello no se adoptaban entonces las disposiciones necesarias para prevenir la extensión de la epidemia, entre otras reconocer la presencia de la enfermedad, extremar la higiene individual, insistir en la idea de hervir el agua de bebida y desinfectar con hipoclorito las verduras y frutas. Es de notar, sin embargo, que el café “Ambos Mundos” situado en el Paseo de la Independencia, y que según la hija de Aramendía “tenía tantas mesas como días tiene el año”, ofrecía a sus clientes como consumición el agua hervida27.

No se quería reconocer la existencia de la enfermedad, que tardó más de un mes en declararse oficialmente desde que se produjo el primer caso en la ciudad, y mucho más tiempo desde la aparición en los pueblos de la provincia. Se utilizaban eufemismos como “casos sospechosos”, “enfermedad sospechosa” o “enfermedad reinante”. Incluso en la reunión del Ayuntamiento celebrada el 24 de junio, cuando ya se había comprobado por tres médicos y el delegado del alcalde la presencia de un caso, no se aceptaba que Zaragoza estuviera afectada28. En esa sesión Muñoz del Castillo indicó “la extrañeza que causaba el oír hablar de casos sospechosos cuando lo procedente es que se certifique clara y terminantemente si se trata o no se trata de cólera morbo asiático, toda que vez que la ciencia tiene ya hoy medios para determinarlo”. A continuación proponía que el Ayuntamiento solicitara a la comisión que había acudido a Valencia que determinara “mediante observación microscópica si en las deyecciones de una persona existen o no vestigios seguros del cólera”. El concejal Escosura se lamentó de la conducta que estaba siguiendo la administración española, negó el derecho de perturbar la tranquilidad de las familias con la quema de ropas y demás medidas profilácticas, debió criticar acerbamente a los médicos, toda vez que el redactor del periódico se abstuvo de repetir sus frases dedicadas a esta profesión, y afirmó que tenía la evidencia de que en Zaragoza no había cólera. Arbuniés afirmó que la comisión no podía aceptar la responsabilidad que se le quería atribuir, pero que si se incorporaban otros facultativos podría llevar a cabo las pruebas que se solicitaban.

Fueron numerosos los médicos que se entregaron de lleno a la tarea de atender a los enfermos y que fallecieron víctimas de la enfermedad, como los de la Almunia y Sástago. Otros casos de médicos víctimas del cólera, de los que informaba puntualmente “La Clínica” fueron Vicente Asirón, médico militar de 28 años, Sola, también médico militar, que prestaba servicios en el hospital militar de coléricos, Enrique Escárraga, médico titular de Salillas del Jalón, o los médicos de Velilla de Ebro, Velilla de Jiloca y Calanda29. En Erla cayeron enfermos el médico, el regente de la farmacia y el primero y el segundo alcalde, mientras 12 enfermos agonizaban. Otras autoridades y facultativos, en cambio, tenían un comportamiento poco ejemplar. Los alcaldes y los médicos titulares de Villanueva de Huerva y de Herrera habían abandonado sus localidades en el momento de desarrollarse la epidemia30. Llegó a producirse escasez de médicos para enviar a los pueblos y para atender a los más desfavorecidos. El fallecimiento del titular de Sástago dejó a más de 100 enfermos sin médico31. Aramendía se ofreció voluntario para atender desinteresadamente a los pobres de la parroquia de Santa Engracia, ofrecimiento que le fue aceptado por la Diputación, sin perjuicio de que atendiera sus compromisos con el Ayuntamiento. Para ese servicio la Diputación ponía a disposición de los facultativos, que realizaban turnos de guardia, un coche de caballos32.

El temor a la enfermedad no distinguía entre clases populares, acomodadas y autoridades. Como se indica más adelante, el Ministro Romero Robledo prohibió la vacunación. Con la perspectiva de hoy puede considerarse esa decisión incluso razonable, puesto que para algunos no estaba clara la inocuidad de la inoculación. Sin embargo, también con la perspectiva de hoy, parece menos justificable que a la comisión facultativa enviada por el ayuntamiento la autoridad gubernativa le exigiera la destrucción de sus preparaciones microscópicas.

Hay otros muchos ejemplos de la preocupación, incluso el pánico, que tenían, tanto la gente de la calle como las autoridades. En el mismo periódico que publicaba un suelto, que se detalla más adelante, sobre los trabajos de Aramendía, Vega y Gimeno, miembros de la comisión que había acudido a Valencia, se publicaba con estupor la noticia de un carro que transportaba madera desde Zaragoza a Tarazona, que había sido detenido a la entrada de esta localidad y obligado a alejarse a prudente distancia, donde se había desinfectado el vehículo y la carga “como si en Zaragoza hubiese cólera”. Hay que recordar que en esa fecha ya había cólera en la capital aragonesa, aunque esta circunstancia no se quisiera reconocer. El alcalde de Binéfar ordenó que se tapiaran las bocacalles del pueblo para impedir la entrada de todas las personas a la población. En Foz se practicaban las fumigaciones en un trujal. Al parecer lo hacían con tanta eficacia que se informó que uno de los fumigados dejó de existir como consecuencia de aquellas. A pesar de la disposición que establecía los cordones sanitarios solo en las lindes de las provincias, la ciudad de Borja, la villa de Magallón y otras localidades la incumplían, e impedían en cambio la entrada a todos los forasteros. En Erla los enterradores se negaban a trabajar a pesar de ofrecerles el Ayuntamiento 25 pesetas. También se informaba que se había celebrado una rogativa pública organizada por el cardenal arzobispo de Zaragoza para pedir que la epidemia no se dejara sentir en la ciudad. En la comitiva, que cerraba la imagen de la Virgen del Pilar, se encontraban el alcalde y concejales, representante del capitán general y una nutrida asistencia de público. La comitiva se dirigió, rezando el rosario, desde la Seo al templo de San Ildefonso, para regresar después a la catedral zaragozana33.

Las autoridades organizaron hospitales, donde se atendía a los pobres. Existe constancia del ubicado en la calle de la Noria, y los periódicos se refieren también a los hospitales del Arrabal y al ubicado en las afueras de la ciudad en un local cedido por el Sr. Sasera. En el hospital

del Arrabal atendían a los enfermos dos médicos y un auxiliar, cinco practicantes, tres hijas de la caridad y un capellán. El Diario de Zaragoza se refiere a un hospital de coléricos situado en la puerta de Sancho, a cuyo médico se asignaba el mismo sueldo que a los que se destinaban a los pueblos del valle del Jalón como subdelegados locales de sanidad. En el hospital ubicado en la fábrica del Sr. Pradas, en el Camino de las Torres, además del Dr. Romeo, prestaban servicios Benito Fernández como “comisario de entradas” y D. José Tobar como capellán. El hospital de la carretera de Navarra estaba a cargo de los médicos José Mañas, Mariano Alonso y Agustín García Julián. También se hacían donativos para atender a los enfermos pobres, como el que hizo el Banco de España, o el de cien kilogramos de garbanzos donados por D. Manuel Marraco, o las cuatro docenas de sábanas nuevas para el hospital de coléricos que donó D. Juan Tomás Sierra. Las parroquias organizaban juntas de socorro, como las de la Seo, Magdalena y San Nicolás, que establecieron un centro de atención en la calle Juan de Aragón 23. En el centro de atención de San Jorge se repartían hasta 50 raciones para atender a los pobres del distrito. Las autoridades dispusieron un lazareto en Casablanca, en la fábrica del Sr. Urriés, y otro en la carretera de Alagón. Además se habilitó un local extramuros para desinfectar las ropas de los enfermos sospechosos34.

Mientras tanto, la prensa publicaba anuncios de remedios para prevenir el cólera, como el ajenjo, el coñac y el ron de Jamaica; o el “Aparato colador de lejía Fénix”, que se presentaba como recomendado por la Junta Superior Facultativa de Sanidad. Junto a este último anuncio aparecía otro más macabro, en el que se ofrecían “cajas mortuorias a precios baratos”, en la calle Manifestación 7035.

Puede concluirse que se tardó en reconocer la existencia de la epidemia, que existía un gran temor a la enfermedad, justificado por la mortandad que se producía, que las medidas de prevención que se adoptaban eran poco eficaces para combatir la enfermedad y que los dispositivos asistenciales se dirigían, como era lo habitual en la época, a atender a los pobres, que también recibían ayudas de las parroquias de la ciudad. La mortandad de los médicos rurales ocasionó que en algunos momentos llegara a producirse escasez de facultativos para ir a los pueblos.

La actuación de Aramendía en la epidemia de cólera se puede concretar en los siguientes hechos:

a) La labor de difusor de conocimientos como redactor de la revista

“La Clínica”, donde daba cuenta, desde antes de presentarse la epi

demia, de los avances en los conocimientos sobre la enfermedad.

b) La participación en la comisión oficial del Ayuntamiento de

Zaragoza, la Academia de Medicina y el Ateneo, para estudiar la

epidemia en Valencia y dictaminar sobre la vacuna de Ferrán.

c) La publicación del trabajo “Impresiones terapéuticas acerca del cólera”.

d) Las conferencias que dictó en el Ateneo.

e) La actuación como médico, de forma desinteresada, cumpliendo

los servicios de guardia que le asignaron las autoridades y aseso

rando a estas cuando se lo requirieron.

LA DIFUSIÓN DE CONOCIMIENTOS DESDE “LA CLÍNICA”

El médico español del último cuarto de siglo había visto madurar las tres concepciones puntales de la medicina contemporánea: El pensamiento anatomoclínico, coronado por la gran figura de Virchow con su doctrina de la patología celular. Estaba en pleno desarrollo la fisiopatología y el pensamiento fisiopatológico. Por último, se empezaba a abrir una tercera vía con la bacteriología a partir de los trabajos de Koch y Pasteur, que dará lugar a la mentalidad etiopatogénica36. Aramendía no sólo se encontraba al corriente de estos avances, sino que se mostraba muy crítico con quienes negaban la teoría microbiana.

El cólera era una preocupación constante en la sociedad de la época, por ello, la población europea se mantenía siempre atenta a todo lo referido a esta enfermedad, como los estudios médicos y las medidas sanitarias37. En “La Clínica” se observa que también en los medios profesionales existía esa inquietud, así en 1884, cuando se temía la llegada de la epidemia a España, Aramendía seguía lo que de esta enfermedad se publicaba en los medios profesionales e informaba con puntualidad sobre los aspectos que consideraba más interesantes. Esta actividad se mantuvo durante 1885, hasta que la epidemia se presentó en Zaragoza y continuó durante ésta, cuando publicó un trabajo sobre el tratamiento de la enfermedad.

LOS PREPARATIVOS: EL AÑO 1884

En 1884 Aramendía prestó gran interés a las publicaciones sobre el cólera y a las discusiones que sobre esta enfermedad tuvieron lugar en las Academias, Ateneos y Sociedades Científicas. Revisando las referencias que hacía sobre esos trabajos se confirma que el catedrático navarro era partidario de la etiología infecciosa de la enfermedad y estaba al día de los trabajos de Koch. Como ejemplo, se puede citar la reseña que hace en el número de la revista correspondiente al 8 de junio38 cuando informa de las tesis del Dr. Pérez, que se muestra partidario de la etiología infecciosa del cólera, en una discusión celebrada en la Academia de Medicina de Valencia. También en el número del 29 de junio da cuenta de los trabajos para reproducir la enfermedad en animales de experimentación39. En otro número de la revista informa sobre la monografía escrita por su compañero de estudios López García sobre el bacilo de Koch y la tuberculosis, dedicándole grandes elogios y afirmando que “que si la lee un antiparasitista decidido, necesitará cierto esfuerzo para no dejarse convencer por las afirmaciones terminantes y las observaciones concluyentes que cita el autor”40.

Los informes de las Reales Academias y las disposiciones oficiales

Resulta de gran interés la información de las conclusiones elaboradas por la Real Academia de Medicina de Barcelona41 tras una discusión sobre el cólera. El catedrático de Marcilla reprodujo esas conclusiones, que son las siguientes:

“1º El cólera morbo asiático no puede ser importado por las corrientes atmosféricas, y sí únicamente por personas o efectos contumaces procedentes de puntos infestados, y en su consecuencia, las cuarentenas y expurgo de pasajeros son racionales, lógicos y de utilidad positiva.

2º La única causa productora del cólera morbo asiático conocida hasta el presente, es un parásito microscópico del reino vegetal, descubierto en las deyecciones y vómito de los coléricos por el médico alemán Dr. Koch y que, según dicho profesor es el bacillus vírgula o bacilo coma.

3º La profilaxis del cólera estriba, en primer término en el aislamiento de los enfermos atacados de dicho mal, en la desinfección de las habitaciones y ropas de los coléricos por medio del sulfato de cobre, los hipocloritos, cloruro de cal, de zinc y de aluminio; los ácidos concentrados, sulfúrico, clorhídrico y nítrico; sulfato de zinc y sulfato de hierro; y el gas sulfuroso, el cloro, el fénico etc. En segundo lugar, deberá observarse un régimen prudente, tónico, con abstención de frutas y hortalizas no sazonadas, evitar los enfriamientos, no abusar de las bebidas alcohólicas, y sobre todo, no beber agua procedente de depósitos y cañerías que pudieran ser asequibles a infiltraciones de líquidos en contacto con focos coléricos.

4º El cólera es una enfermedad rebelde a toda medicación en particular cuando la epidemia marcha en sentido ascendente, mientras que en su decrecimiento se curan la mayoría de los atacados. De cuantos remedios se han preconizado como preservativos del cólera, no hay uno siquiera veraz, y de los curativos no se conoce otro más racional que el opio. Así pues, la enfermedad que nos ocupa sólo puede ser tratada atacando los síntomas que se presenten por los remedios adecuados a la intensidad de los mismos”.

El informe de la Academia de Medicina de Barcelona contrasta con el de la de Zaragoza. La academia aragonesa, en el mes de julio, en una sesión en la que intervinieron los académicos Gimeno, Urzola, García, Aramendía, Pastor, Delgado y Montells, tomó el acuerdo de estudiar un plan de defensa ante el cólera asiático, quedando encargados de ello los académicos García, Vega y Gimeno42. El informe se publicó enseguida con el título: “Informe respecto a las medidas de Higiene que en Zaragoza deben observarse con motivo de la aparición del cólera en Tolón (Francia)”. Aramendía en su trabajo publicado el año siguiente se distancia de alguna de estas medidas, como la instauración de cordones sanitarios. Las recomendaciones de la Academia de Zaragoza se pueden resumir así43:

    Limpieza de inmundicias, estercoleros y residencias industriales.
    Desinfección con cloruro de cal de cloacas, ropas infectadas, lavaderos, sumideros etc.


    Comprobar si se ha hecho la limpieza indicada transcurridos 15 días.


    El municipio debe hacer acopio de cloruro de cal, sulfato férrico, ácido fénico, sulfato cúprico, ácido sulfúrico y ácido nítrico para suministrarlo gratis a los pobres, y a precios económicos a los vecinos pudientes.


    Recomendar al ayuntamiento “el fácil aprovechamiento de las sustancias alimenticias y las más exquisita vigilancia sobre las condiciones de las mismas”.


    Acordonar las poblaciones fumigando a los viajeros y a las casas.


    Abandonar la ciudad todos aquellos que puedan desplazarse a las torres, quintas o casas de campo.


    Establecer casas de socorro con medios anticoléricos, guardia médica, camillas y coches para trasladar enfermos, hermanas de la caridad, sacerdotes y enfermeros. Reservar algunas camas para atenciones urgentes.


    Evacuación y desinfección de las casas infestadas.


    Prohibición de reuniones públicas.

Se consideraba que como la población de Zaragoza era de 83.000 habitantes y había 200 médicos y 40 farmacéuticos, se contaba con recursos suficientes para atender la epidemia.

La Academia también dictó una “Instrucción popular sobre precauciones de higiene privada y medidas de higiene públicas que deben

tomarse en el caso de una epidemia de cólera”, que eran las publicadas el 13 de julio de 1883 por la Academia de Medicina de Francia44. En síntesis esas recomendaciones eran las siguientes:

    Régimen severo de evitar fatigas, excesos de trabajo, pasiones, baños fríos, enfriamientos e ingestión de grandes cantidades de agua fría.
    Hervir el agua que no sea pura, incluso hervir el agua para hacer el pan.


    Pelar o cocer la fruta y cocer las verduras.


    Evitar helados en plena digestión o copioso sudor.
    No beber agua fría fuera de las horas de comida, sino después de haber adicionado una cucharadita de café, ron o aguardiente.


    Guardar siempre la limpieza de excusados, cloacas, cañerías.
    Desinfectarlas con sulfato de cobre o cloruro de cal.


    Desinfección de ropas, ropa de cama y colchón del colérico.


    Hidratación del colérico con infusiones o agua azucarada.

El departamento de las escuelas del Sena dictaba en 1884 instrucciones acordes con estas normas: que se rieguen dos veces al día las clases con una solución desinfectante, se registren las meriendas para sustituir las frutas por otros alimentos que se suministrarán gratuitamente, y que se dé a los escolares por la tarde una bebida compuesta de ron, café y agua45. No sabemos la cantidad de ron que ingerían los escolares, ni podemos imaginar cómo continuaban las clases por la tarde después de una merienda propia de la marina de guerra del siglo XVIII. Durante la epidemia también se anunciaba el ron en los periódicos zaragozanos como un remedio eficaz para el cólera46.

El ministro Romero Robledo publicó el año siguiente una Real Orden con “Instrucciones de higiene privada redactadas de conformidad con los dictámenes de la Real Academia de Medicina de Madrid y el Real Consejo de Sanidad”47. En esa Real Orden se recomienda hervir el agua procedente de río, pozo o aljibe, el aislamiento, el blanqueo y estucado de habitaciones, la limpieza minuciosa de los sanitarios y la utilización de desinfectantes como ácido nítrico, sulfuroso, clorhídrico, cal, sulfato ferroso o de cobre, de hierro y permanganato potásico. También se aconsejaba la rigurosa colada o incineración de las ropas de los coléricos. La Real Orden también disponía el establecimiento de lazaretos y cordones sanitarios.

Alcaldía de la SH ciudad de Zaragoza

Si en todo tiempo es de importancia suma cuanto se refiere a la higiene pública, la adopción de medidas sanitarias se impone en circunstancias que pueden afectar peligro más o menos remoto para la salud del vecindario. Inspirándose en esas consideraciones la Alcaldía, y de acuerdo con lo propuesto por la junta local de sanidad y la Sección especial facultativa de policía urbana ha dispuesto ordenar las siguientes prescripciones:

1º Todo lo que con relación a la higiene se ordena en el bando vigente de buen gobierno, se ejecutará y hará cumplir con rigurosa exactitud.

2º Se prohíbe la cría de cerdos, conejos y palomas dentro del casco de la población; y en sus inmediaciones si las circunstancias de los locales no fuesen a propósito para este objeto.

3º Las basuras de las casas y corrales y los estiércoles de las cuadras se extraerán diariamente por cuenta de sus dueños antes de las nueve de la mañana, no pudiéndose depositar en las calles, plazas y paseos de la población.

4º Queda prohibida la introducción en la ciudad de pieles sin secar, ni depositar dentro de la misma las que estén en locales que no tengan bastante ventilación.

5º Queda prohibido lavar ni bañarse en las acequias que pasan por la ciudad o cuyas aguas tienen entrada en la misma por cauces o conductos de cualquiera especie.

6º Se renovará diariamente toda el agua de los lavaderos previa su limpieza diaria también, y ejecutada con el debido esmero.

7º Los dueños de fondas y casas de huéspedes no admitirán más número de personas en las mismas que el que prudentemente consideren que corresponde a la capacidad de los locales de que dispongan. Cuidarán con la más exquisita vigilancia de la limpieza de las habitaciones, enseres, utensilios de cocina y buena calidad de la alimentación en lo que se refiere a la salud de sus huéspedes, y darán cuenta bajo su responsabilidad personal, de lo que juzguen que pueda interesar, afectar o ser peligroso para la salud del vecindario.

8º Los dueños de cafés, botellerías y casas de comer, así como los de horchaterías y tabernas cumplirán en la parte que las incumbe las prescripciones de la disposición 7º que antecede, que se aplicará con el mayor rigor a las mismas y a las demás casas y establecimientos de toda clase donde el público tiene libre acceso.

9º Los cadáveres de los que fallezcan en la población y su radio serán conducidos cuando el facultativo que les haya asistido en su enfermedad u otro debidamente autorizado lo dispongan, y siempre dentro de las veinticuatro horas del fallecimiento por los puntos designados directamente, sin detenerlos en punto alguno, al cementerio donde hayan de ser enterrados.

10º Los señores Tenientes de Alcalde, Alcaldes de barrio y los dependientes todos del municipio girarán visitas para que lo ordenado tenga puntual, exacto e inmediato cumplimiento, denunciando en el acto cualquiera contravención o hecho que merezca correctivo; así como al estado de los cuartos bajos, patios de luces, excusados, fregaderos y habitaciones interiores que deban ser examinados, saneados o desinfectados.

Los que falten a las disposiciones que preceden serán castigados con la multa de 5 a 50 pesetas, sin perjuicio de entregarlos a los Tribunales si por la gravedad del hecho procediere.

La Alcaldía recomienda a los habitantes de la ciudad que por su interés propio y el de la salud pública pongan en conocimiento de la autoridad o sus agentes lo que pueda convenir a la salud y tranquilidad de todos. Zaragoza 11 de junio de 1885.- Pedro Lucas Gállego.

Diario de Zaragoza (1885) 13 de junio, 2-3

El Ayuntamiento de la ciudad de Zaragoza también publicó el año siguiente un bando con instrucciones de higiene pública, que en realidad eran necesarias con amenaza de epidemia o sin ella. El problema del agua potable no se afrontaba con las disposiciones previstas en este bando. Comparando los informes y recomendaciones de las dos corporaciones académicas, y las disposiciones gubernativas y municipales, se confirma el desconocimiento que sobre los mecanismos de transmisión de la enfermedad se tenían en aquellos momentos. Aramendía hizo especial referencia a este problema en la conferencia que dio en el Ateneo en junio de 1885. El informe de la Academia de Barcelona hace mayor hincapié en las medidas de prevención individual y en el peligro de las aguas contaminadas. El informe de la Academia de Zaragoza, y la Real Orden, que también hacen referencia al riesgo del agua contaminada, dan mayor importancia a lo que se podría considerar un clásico plan de actuación contra una enfermedad “pestilencial”. Sin embargo lo que más llama la atención, conociendo las discusiones que tenían lugar en aquellos momentos sobre la etiología del cólera, es la contundencia con que la corporación catalana se pronuncia sobre este asunto, afirmando que la causa de la enfermedad es el bacillus vírgula o bacilo coma. En esa misma página de la revista Aramendía publicaba un resumen de la biografía de Koch.

En cuanto al tratamiento del cólera, para el que la Academia de Barcelona propone el opio, Félix Aramendía había recomendado, en un número anterior de la revista, la lectura de un trabajo sobre “Tratamiento del cólera morbo” en el que se proponen soluciones salinas intravenosas o intraperitoneales48.

En el número de “La Clinica” del 28 de septiembre49, el catedrático de Marcilla revisó las diferentes opiniones que sobre el cólera se tenían en esos momentos. En este trabajo hace un repaso a las informaciones sobre las sesiones de la Academia de Medicina de París y el Congreso Internacional de Higiene de la Haya. Critica con dureza a Letamendi y a quienes discuten la acción de los desinfectantes sobre los microbios, y a quienes no creen en la teoría microbiana, como Pater en la Academia francesa. También se muestra conforme con quienes defienden que el cólera morbo y el cólera nostras son la misma enfermedad, pero contrario a quienes afirman que el cólera en Europa no es importado.

 

LAS PUBLICACIONES Y CONFERENCIAS DEL AÑO 1885

En enero de 1885 Félix Aramendía publicó un detallado resumen del artículo de Amalio Gimeno Cabañas “Valor semeiótico del bacilo vírgula en el cólera morbo asiático”50 que fue seguido, en el tercer número de La Clínica de este año, de la transcripción del otro artículo del mismo autor, “Nota sobre el peronospora barcinonis de Ferrán. Bacillus vírgula de Koch”51. En el primero de los artículos Gimeno describía los trabajos de aislamiento y cultivo de los bacilos encontrados en las deposiciones de los enfermos. En el segundo artículo se aportaban datos de la morfología del vibrión adquiridos en el viaje emprendido con Pascual Garín y Pablo Colveé para visitar el laboratorio de Ferrán52. No terminó aquí la revisión de los artículos de Gimeno sobre el cólera, porque en el número 4 de “La Clínica” de ese año53 Aramendía resumió con detalle el artículo “Vacunación contra el cólera” en el que se describe como Ferrán se había vacunado él mismo y también a Gimeno, Colveé, Pauli y Garín.

El Dr. Gimeno Fernádez-Vizarra, pronunció el 22 de mayo de 1885 una conferencia sobre el cólera en una sesión del Ateneo54 presidida por Aramendía, que era su compañero de claustro y con quien mantenía una gran amistad. En esa disertación, en la que describió los trabajos de Ferrán, Gimeno recordó los trabajos de Pasteur sobre el bacillus antracis y revisó los problemas que la taxonomía del vibrión presentaba en esos momentos, afirmando que los trabajos de Ferrán demostraban el porqué de la diversidad de formas del bacillus vírgula. El conferenciante expuso minuciosamente los trabajos sobre el cultivo del microbio y la producción experimental de cólera, y parangonó los resultados de Ferrán con los de Pasteur. En el curso de su intervención Gimeno dio lectura a una carta de Ramón y Cajal, referente a los trabajos de Ferrán y distribuyó unos dibujos sobre el ciclo evolutivo del peronospora que le había enviado el propio Cajal. El Diario de Zaragoza dio cuenta de que, al terminar la conferencia, uno de los asistentes, el Sr. Benete, tomó la palabra para afirmar que todos los trabajos de Ferrán los había llevado a cabo él mismo hacía varios años, entregando a Aramendía una memoria en que constaba así. Gimeno y Altabás rebatieron sus afirmaciones. La discusión terminó cuando Aramendía le rogó a Benete que en la próxima sesión diera a conocer sus trabajos; Félix Cerrada también le rogó que llevara sus cultivos al Ateneo, ofreciéndose a proporcionar una luz intensa y un microscopio de potencia suficiente55. No se tienen noticias de que el Sr. Benete atendiera a estas peticiones.

EL TRATAMIENTO DEL CÓLERA

Félix Aramendía56 publicó en agosto de 1885, en plena epidemia de cólera, el trabajo titulado “Impresiones terapéuticas acerca del cólera” según afirma porque los suscriptores de “La Clínica” habían pedido saber cómo trataban la enfermedad los médicos de Zaragoza.

Comienza indicando que Zaragoza estaba en situación de epidemia y que los pacientes morían a causa de la enfermedad. Sigue con la clínica y la fisiopatología y hace un resumen de los conocimientos de la enfermedad en aquel momento. Las pautas que propone, en resumen, son las siguientes:

Recomienda no tratar la diarrea.


Propone la rehidratación con infusiones, dieta líquida, caldos y yema de huevo según las condiciones generales del enfermo. Reposo en cama.


Además: 20cg de naftalina, 20 de azúcar y 1 de extracto de opio cada dos o tres horas durante un día. Lo considera desinfectante intestinal y ligeramente astringente. No es partidario de los preparados de opio.


Descarta la existencia de la “degeneración tifoidea”.


Aconseja sales de quinina: 1 gr de sulfato de quinina con ácido fénico (10-15 cg) y extracto de opio o de tridacio para favorecer la tolerancia.


Desaconseja otros tratamientos con medicamentos llamados difusivos, calor, fricciones, inyecciones hipodérmicas de éter sulfúrico, cloruro de pilocarpina y el curare.

Para valorar adecuadamente el tratamiento para el cólera de Aramendía, conviene compararlo con el que recomendaba la Academia de Medicina.

Tratamientos para el cólera que recomienda la Academia

Según Zubiri57 la Academia de Medicina de Zaragoza recomendaba como tratamiento para el cólera:

    Ventosas, esacarificaciones, sanguijuelas si predominaba la asfixia. Se prohíbe el opio.
    Sangría si existe congestión pulmonar, cerebral o de otros puntos.


    Vomitivos si empezaba la enfermedad con empacho.
    Purgantes si la enfermedad no pasaba de la fase catarral.


    Lavativas con laúdano para la diarrea.


    Ventosas y otros medios convulsivos si se presentaban calambres.


    Baños fríos para la isquemia cutánea.


    Inyecciones hipodérmicas de clorhidrato de morfina.


    Atropina asociada al opio para combatir la diarrea y los vómitos.


    Los académicos consideraban el cólera como una septicemia y recomendaban como tratamiento específico las inyecciones de agua sola y de agua con diferentes sales, y también añadir al agua de bebida unas cucharadas de café.

    Llenado del tubo intestinal con gases antisépticos.


    Sangrías cuando la reacción colérica fuera muy intensiva.


    Inyecciones de éter y láudano. Medida que seguían los ingleses en la India desde 1842 y Rochard en Toulon en 1884, sustituyendo el láudano por clorhidrato de morfina.

La preocupación, el pánico, que se tenía por la enfermedad hacía que los periódicos también publicaran otros tratamientos que eran propuestos por médicos de las zonas afectadas. El “Diario de Avisos”58 publicó el tratamiento que Tomás Maestre, médico de Murcia, había hecho llegar a las autoridades y que consistía en inyecciones hipodérmicas de fonato de quinina, al que se podía añadir éter sulfuroso, hidrato de cloral o estricnina.

LA COMISIÓN OFICIAL DEL AYUNTAMIENTO DE ZARAGOZA, LA ACADEMIA DE MEDICINA Y EL ATENEO

La epidemia de cólera de 1885 se caracterizó, además de por su mortalidad, por ser la primera que se producía después del descubrimiento del bacilo causante de la enfermedad y también por la polémica causada por los trabajos de Ferrán. Jaime Ferrán y Clúa (Corbera de Ebro 1852Barcelona 1929) estudió Medicina en la Universidad de Barcelona, donde se licenció en 1873. Se estableció como médico en Tortosa, dedicado a la oftalmología y se centró en el estudio del tracoma. Colaboraba con Pauli, que era químico y ambos estaban muy influidos por el astrónomo y geólogo José Joaquín Landerer, autodidacta pero muy bien relacionado con la colectividad científica europea. Comenzaron interesándose por la telefonía y la fotografía. En 1878, sólo dos años después de la primera comunicación de Grahan Bell, consiguieron con aparatos de fabricación propia la comunicación telefónica entre Tortosa y Tarragona. También inventaron un procedimiento de fotografía instantánea en 1879. Más adelante se centraron en la microbiología movidos por su admiración por los trabajos de Pasteur y entre 1880 y 1884 se convirtieron en diestros bacteriólogos. En 1884 el ayuntamiento de Barcelona envió a Marsella a Ferrán con motivo de haberse desencadenado el cólera en el sur de Francia.

La actividad de Ferrán era típicamente extraacadémica y mantuvo siempre relaciones difíciles con los representantes de la vida universitaria y las instituciones oficiales. Defendía una hipótesis acerca del ciclo biológico del vibrión colérico que fue el principal obstáculo para su prestigio científico. En 1885 cuando Koch le criticó esa hipótesis, no supo encajar la crítica y chocó frontalmente con los patrones de comportamiento de la comunidad científica59.

Jaime Ferrán publicó un trabajo sobre la prevención del cólera en las Ciencias Médicas basándose en las trabajos de Arloing y Cornevin en julio de 188460. Para obtener la profilaxis del cólera, Ferrán propuso el mismo método utilizado por Pasteur para prevenir el cólera de las gallinas, es decir la filtración de la sangre de los coléricos, de modo que los microbios quedaran retenidos y se conservaran las diastasas. Para el médico tortosino la inmunidad se producía sin que el microbio se hubiera multiplicado y era debida a la acción a distancia de sustancias elaboradas por el germen, identificadas como diastasas. Para el investigador la inoculación de este filtrado de virulencia atenuada y graduable a voluntad, se seguiría de un estado refractario al cólera. Este razonamiento teórico sirvió de base a Ferrán para la elaboración de su vacuna anticolérica61.

El 22 de mayo de 1885 el Ayuntamiento de Zaragoza acordó enviar a Valencia una Comisión científica para estudiar la epidemia allí presente y los trabajos de Ferrán. La moción para crear esa comisión la presentó el Concejal Sala. Tras una discusión, Gimeno Rodrigo hizo prevalecer su opinión de que la comisión la formaran dos facultativos nombrados por el Ayuntamiento, dos por la Academia y otro por la Facultad. El Ayuntamiento eligió a Gregorio Arbuniés y Joaquín Gimeno Fernández Vizarra, con el voto en contra de Almerje62. Se da la circunstancia de que ese mismo día el Dr. Gimeno Fernández Vizarra daba la conferencia en el Ateneo a la que se ha hecho referencia antes.

La Real Academia de Medicina de Zaragoza eligió al que entonces era su Secretario General, Félix Aramendía, quien, por acuerdo de su junta directiva, llevó también la representación del Ateneo de Zaragoza63. La elección de Aramendía por la Academia no estuvo exenta de interés, porque la Academia le eligió por delante de quien había sido propuesto por algunos de los miembros de la institución, D. Santiago Ramón y Cajal, que entonces era catedrático en Valencia. Los destinos de ambos se volvían a cruzar, aunque sobre este asunto el Premio Nobel no hace ninguna referencia en sus memorias64. La Facultad de Medicina eligió en primer lugar a Quintero, que declinó el nombramiento, entonces eligió a Casas, que también declinó y al final eligió a Fernández de la Vega, que aceptó65. El Ateneo de Zaragoza confirió su representación en una reunión de su Junta Directiva presidida por Isábal, y a la que asistieron Sancho y Gil, Gimeno, el conde de la Viñaza, Fernández de la Vega, Ángel Pozas, Bastos, Pelayo, Urios, Sanz, Sabio del Valle, Aramendía, Urgelles y Herranz66. La comisión, que partió el 27 de mayo hacia Tarragona y Valencia, presentó una nota de gastos a su regreso de 2.436,50 ptas.67. Pero, antes, rindió cuenta de sus gestiones: Gimeno, Vega y Aramendía dieron conferencias en el Ateneo, Arbuniés informó en el Ayuntamiento y Aramendía en la Academia.

Mientras tanto, el Dr. Lite, médico de la Beneficencia era elegido por sus compañeros para informarse de la vacuna68. La Diputación provincial le encomendó entonces que fuera a Valencia y en colaboración con Ramón y Cajal, informase sobre los experimentos de Ferrán69. El nombramiento de Cajal se produjo en sustitución de Bruno Solano, catedrático de química de la Universidad de Zaragoza, que había sido elegido con anterioridad, pero que declinó después el nombramiento porque su madre cayó enferma70. En el mes de julio la Diputación acordó publicar a sus expensas la memoria que presentó Cajal y “remitir a D. Justo Ramón 1.250 ptas. para que haga entrega de ellas a D. Santiago en concepto de indemnización de gastos de viaje y con el objeto de que pueda comprar una lente de gran alcance para practicar sus experimentos”71.

LA POLÉMICA

La repercusión social de la epidemia de cólera ha sido descrita por Faus72. España vivía esos años la Restauración, periodo que se caracteriza por el turnismo en los partidos para formar gobierno. El 1885 había asumido el poder el partido conservador. En la oposición se encontraban los liberales de Sagasta, los moderados de Castelar, los revolucionarios de Ruiz Zorrilla y Salmerón, los federales de Pi y Margall y, por último, los carlistas de Nocedal. Según el Dr. Marañón73, España estaba dividida en dos bandos de forma muy visible en el terreno político, pero esa división también se manifestaba en otros muchos aspectos de la vida española. Los españoles de este período eran partidarios de Pereda o de Galdós en literatura; beethovianos

o wagneristas en música; devotos de Frascuelo o Lagartijo en los toros.

La polémica se convirtió en cuestión política. Ferrán fue combatido desde el primer momento por el ministro de la Gobernación, Romero Robledo, quien como ya se ha indicado prohibió la vacunación y que, según un diario zaragozano, llegó a decir “Que vaya Ferrán a Calcuta a practicar sus experimentos y estudiar la enfermedad”74. Otro periódico afirmaba que el ministro había asegurado en los pasillos del Congreso que “mientras él conserve la cartera no pasarán de cinco los casos sospechosos que se registren en Madrid diariamente”75. Esta postura del ministro negadora de la evidencia y contraria los trabajos de Ferrán, sirvió para que los partidos de la oposición, liberales y republicanos, se declarasen partidarios del médico tortosino. Además, los periódicos de la oposición llevaron a cabo una durísima campaña contra el ministro, apoyados en el perjuicio que las medidas sanitarias causaban a la economía. Los cordones sanitarios, aislamientos y cuarentenas significaban la ruina de la economía valenciana76.

Romero Robledo convocó el Consejo de Sanidad del Reino, una vez que ya había prohibido la vacunación. La reunión duró más de dos horas. Letamendi, hizo la primera intervención lamentándose precisamente de que se les convocara cuando el ministro ya había tomado una decisión. Se puso entonces a discusión “si el procedimiento de Ferrán estaba o no incluido en la Ley de Sanidad”. Sometido a votación, 11 votos contra diez decidieron que no. La siguiente cuestión fue: ¿Deben prohibirse las inoculaciones inventadas por el Dr. Ferrán? Otra vez Letamendi usó de la palabra para afirmar que no había razón, puesto que la Ley no las prohibía. Por doce votos contra nueve el consejo decidió que debían suspenderse las inoculaciones hasta que la comisión oficial emitiera su dictamen77. Como puede observarse, la división también se manifestaba en el máximo órgano consultivo relacionado con asuntos sanitarios.

La capital aragonesa no fue ajena a la disputa, El “Diario de Zaragoza” fue muy crítico con la creación de la comisión desde el primer momento. No sabemos si esa actitud tan crítica era fruto de ser el periódico partidario del Gobierno de turno, o de que Gimeno, que era del partido liberal, y director y fundador de un diario rival, formara parte de la comisión; o de que la Academia no eligiera a Cajal comisionado. Sobre este asunto “La Derecha”, aclaraba que la Academia no eligió al catedrático de Petilla de Aragón porque este no era académico numerario y no vivía en Zaragoza. Este diario afirmaba que “todos, absolutamente todos los académicos, consideran a dicho Sr. como un histólogo eminente y nos consta que la comisión de esta ciudad lleva el propósito de utilizar la cooperación de dicho Sr. y de consignar en los documentos públicos su admiración por los concienzudos trabajos que dicho profesor ha realizado” Más adelante se afirmaba que “no hubo tal desaire, y así opinan unánimemente los académicos que votaron al Sr. Aramendía”78. Sin embargo, estas aclaraciones no satisficieron al Diario de Zaragoza que el día siguiente afirmaba:

“Es indudable que el eminente histólogo Sr. Ramón, ha recibido un desaire de la Academia de Medicina, y no puede defenderse lo contrario, porque ni era preciso ser académico, a juzgar por el oficio de invitación del Ayuntamiento, ni el que esté el desairado en Valencia supone nada, antes al contrario, evitaría los gastos de viaje.

Por otra parte no juzgamos tan frescos a los comisionados que se dirijan al digno catedrático de Valencia, porque no es posible olvide humillaciones y ofensas causadas no hace mucho tiempo a una persona muy querida y respetada del Sr. Ramón, y es indudable que quien entonces le despreció no le buscará ahora como mentor científico, reconociéndole superioridad que entonces le negaba”79.

El Diario de Zaragoza empezó entonces a publicar artículos firmados por “un médico”, en el que se cuestionaba la creación de la comisión afirmando que esta era innecesaria. No sólo eso, el anónimo articulista ponía en duda que los comisionados supieran manejar el microscopio, afirmaba que el trabajo necesario para dilucidar el asunto era de laboratorio e incluso cuestionaba que existiera epidemia. Más adelante consideraba que con la comisión oficial nombrada por el Gobierno era suficiente80. Sorprende que nadie pusiera en evidencia las contradicciones del diario que respaldaba las tesis del Gobierno. La comisión era innecesaria, pero debía formar parte de ella Cajal. La comisión era innecesaria porque el trabajo era de laboratorio, y sin embargo, se respaldaba la nombrada por el Gobierno. Más tarde cuando la diputación encargó al Dr. Lite y a Cajal un informe, ni era innecesario, ni se ponía en duda la existencia de la epidemia. Está claro que el Diario de Zaragoza tenía una enemistad manifiesta con Gimeno y Fernández Vizarra y quizá con los demás miembros de la Comisión.

Los comisionados fueron comedidos y no polemizaron con el periódico conservador aunque “La Clínica” respondió a estos artículos, que habían sido publicados durante la ausencia de los comisionados81:

“Como durante su ausencia no ha faltado médico, que se dice concienzudo (por broma sin duda), que informando sus actos en un COMPAÑERISMO SIN EJEMPLO y con sueltos y artículos tan pobres, insensatos y maliciosos, que solo hallaron lugar apropiado en el Diario de Zaragoza, ha querido desprestigiar ante la opinión pública los actos realizados por la Comisión y hasta las condiciones personales de sus individuos constituyentes, sin acordarse de que quien piensa lo malo da prueba pública de hacerlo, la Comisión que por una parte ha informado sus actos todos en los más elevados sentimientos de honradez y abnegación y por otra no podía, por su propia educación y dignidad, descender a la forma en que el ataque se realizaba, resolvió a su regreso de Valencia y de acuerdo con el Ayuntamiento, dar pública cuenta de su conducta y criterio por medio de conferencias en el Ateneo, invitando allí a cuantos de distinta manera piensen para en amplia y honrada discusión depurar la verdad”.

La comisión llegó a Valencia a las 10 de la mañana del 29 de mayo, saludaron al Gobernador civil y “sirviéndose de las relaciones personales con que aquí cuentan” se personaron en el laboratorio de Ferrán situados en los bajos de una casa del catedrático de Valencia Manuel Candela. Desde allí se desplazaron a Alcira donde, visitaron al Dr. Estruch en cuya casa se organizaban los trabajos de vacunación. Después, acompañados del Dr. Serra visitaron enfermos en el hospital y en varios domicilios. Así confirmaron que, desde el punto de vista clínico, la enfermedad era cólera. En Alcira los médicos de Zaragoza coincidieron con comisiones de Ciudad Real, Murcia y Alicante entre otras82. Mientras la comisión de la ciudad del Ebro confirmaba que la enfermedad era cólera, como muestra de la confusión reinante en esos momentos, el corresponsal del Diario de Avisos indicaba que otros médicos extranjeros afirmaban que la enfermedad era peste bubónica83. La comisión estuvo varios días en Valencia y el 5 de junio se encontraba en Barcelona de regreso a la capital aragonesa. Sin embargo, en la junta provincial de sanidad uno de sus miembros alertaba que “su regreso ha de ocasionar bastante inquietud por circunstancias que todos pueden apreciar”. Por ello el gobernador civil les remitió el siguiente telegrama:

“Gobernador a Gregorio Arbuniés, Fonda de España. Barcelona. Interpretando los deseos de la Junta Provincial de Sanidad, y en su nombre y en el del Sr. Alcalde, tengo el gusto de manifestar a todos los señores de la comisión, la satisfacción con que han visto el importante servicio que acaban de desempeñar y haciéndome eco del sentimiento público rogar a V. S. se detenga en Barcelona durante cinco días para evitar la alarma que la llegada directa V.S. pudiera infundir en el vecindario”84. Los comisionados atendieron ese ruego (un ruego de un gobernador civil suele ser una orden) y permanecieron en la ciudad condal varios días85.

A su regreso a Zaragoza, Arbuniés informó al Ayuntamiento en la sesión celebrada el 12 de junio86 y además los comisionados acordaron que Gimeno daría en el Ateneo una conferencia descriptiva sobre los trabajos de la comisión, Fernández de la Vega se centraría en los aspectos microscópicos y Aramendía trataría del juicio higiénico, terapéutico y filosófico. El día 11 de junio bajo la presidencia de Aramendía, el Dr. Gimeno Fernández Vizarra dio la primera de las conferencias, que fue resumida de forma muy amplia por el periódico “La Derecha”, fundado por el propio Gimeno. El mismo periódico informaría del resto de conferencias de la comisión. “La Clínica” reprodujo los reportajes de “La Derecha”87.

LOS INFORMES DE LA COMISIÓN

Gimeno comenzó recordando los cometidos que tenía trazados la comisión, que eran los siguientes:

    “1º Averiguar el carácter y la naturaleza de la enfermedad reinante en la provincia de Valencia.
    2º Estudiar la verdad de los cultivos del Dr. Ferrán y determinar si en los líquidos que este sabio microbiólogo inocula existe el bacillus vírgula, que al decir de Koch, existe en las deyecciones de los coléricos.
    3º Decidir si la inoculación de tales cultivos es inofensiva o inocua.


    4º Estudiar hasta donde fuera posible los procedimientos de atenuación y de cultivo del vírgula seguidos por Ferrán.


    5º En fin, informar sobre el valor preventivo de las inoculaciones para el cólera morbo asiático y sobre cuantos extremos juzgara pertinentes la comisión”.

En la primera conferencia Gimeno dio la confirmación de que tanto desde el punto de vista clínico como desde el microbiológico, la enfermedad era cólera. La declaración de cólera era peligrosa, recordó el conferenciante, porque los pueblos temían el acordonamiento sanitario, y se rebelaban contra los que querían dar tal nombre a la enfermedad, pero la comisión comunicó al ayuntamiento la triste nueva. Esta confirmación se basaba tanto en la clínica, pues los miembros de la comisión habían visitado los enfermos de Alcira, Algemesí y Burjasot, como en las pruebas de laboratorio, pues habían comprobado al microscopio la presencia del bacilo coma en las deyecciones de los coléricos.

El ponente informó de que el microfito cultivado por Ferrán es el mismo que se observaba en las deyecciones coléricas, lo que habían comprobado en el gabinete de Ferrán y en los gabinetes provisionales de García Solá y Mendoza situados en la Facultad de Medicina. También dio cuenta Gimeno de que los inoculados por la vacuna de Ferrán se encontraban bien y que incluso los miembros de la comisión habían sido inoculados, porque la consideraban inofensiva. Concluyó el catedrático que había motivo para esperar que la inoculación de Ferrán previniera y atenuara el cólera. Sin embargo, Gimeno también informó que Ferrán omitía dos datos en las conferencias que mantenía con los médicos: “el número de serie del cultivo a que practica su inoculación preventiva y el de las temperaturas de que se sirve para atenuar o domesticar el bacillus88. El catedrático zaragozano terminaba su exposición afirmando que quedaba pendiente estudiar el valor preventivo de la inoculación, para lo que se precisaban muchos más casos, sin embargo informaba que la comisión había propuesto la vacunación a la población de Zaragoza.

Al terminar el resumen de la conferencia de Gimeno, el periódico daba cuenta de que el Gobernador Civil había incautado y destruido las preparaciones micrográficas que había traído la comisión. Hay que recordar que el Ministro de la Gobernación llegó a prohibir la vacunación, salvo que la practicase el mismo Ferrán supervisado por un delegado del gobierno89.

La enemistad del anónimo articulista del pro gubernamental Diario de Zaragoza se puso de manifiesto cuando comentó la conferencia de Gimeno:

“El Sr. Gimeno, encargado de dicha conferencia, no estuvo muy feliz; pudo sacar mucho más partido del asunto; cuanto manifestó, fue pequeña parte de lo que ya es del dominio público, por las publicaciones periodísticas, expuesto en repeticiones sin cuento, con referencias bastante vulgares, con juicios apasionados y contradictorios, empleando un tono de verdadero falsete, que resultó un discurso indigno de la gravedad del asunto y de lo escogido del auditorio”90.

Salustiano Fernández de la Vega fue el segundo de los miembros de la comisión que disertó en el Ateneo. La pregunta que trataba de responder en su exposición la formuló de la siguiente manera:¿Son o no científicos los procedimientos en que se apoya la inoculación de Ferrán? Fernández de la Vega, que se mostraba partidario de la “teoría parasitaria”, se refirió a los trabajos de Pasteur y de Koch, afirmando que Ferrán se apoyaba en ambos autores para dar un paso más cuando atenuaba el virus. Explicó los métodos de Ferrán para investigar el bacilo en las deyecciones y su cultivo en gelatina y en caldo. También hizo constar que Ferrán se reservaba el procedimiento de atenuación.

Aramendía, que era el presidente de la Sección de Ciencias Naturales del Ateneo, anfitrión de estas conferencias, fue el último de los oradores.

Comenzó su exposición ocupándose de la naturaleza fito-parasitaria del cólera morbo asiático, cuestión que “consideraba hace bastante tiempo completa y definitivamente resuelta por la ciencia, pero que con sorpresa y no sin pena he visto poner en tela de juicio por quien tiene el deber de conocerla”91. El conferenciante estableció una relación de causalidad entre bacillus virgula de Koch y el cólera, aclarando que “el fitoparásito es la causa y el cólera morbo asiático el efecto”. El catedrático de Marcilla trazó una analogía entre Koch, Virchow y Ferrán, pero afirmaba que Ferrán había ido más allá que los anteriores al reproducir el cólera en conejos. Además afirmaba que el médico tortosino había determinando la inmunidad en los conejos a los que se había inoculado previamente bacillus vírgula atenuados. Aprovechó la circunstancia para lamentarse del poco uso que de la experimentación se hacía en nuestro país. Señaló que las cuestiones sin resolver en ese momento eran la enfermedad como epidemia y la manera de desenvolverse el proceso morboso.

Sobre la profilaxis general, rechazaba los cordones sanitarios, “en nombre de la ciencia, la salud y los intereses sanitarios de los pueblos”, que consideraba perjudiciales para la salud pública. También mostraba su rechazo a los lazaretos. Proponía la desinfección por estufas secas, porque desconfiaba de las experiencias llevadas a cabo con desinfectantes, debido a que su eficacia no estaba demostrada aún. Debe mencionarse que uno de los sistemas de profilaxis que se utilizaba entonces era la fumigación de los viajeros que llegaban a la ciudad. Sobre la vacuna, Aramendía se mostraba prudente, encontraba precedentes a favor de la vacunación y deseaba que el Gobierno no la prohibiera, porque la consideraba inofensiva; pero afirmó que la comisión no había formulado un juicio definitivo sobre su eficacia y concluyó su intervención diciendo que se necesitaban más estudios que continuarían en Zaragoza.

LAS CONCLUSIONES DE LA COMISIÓN

Las conclusiones que formuló la comisión, fueron las siguientes92, según informó el propio Aramendía en La Clínica:

1º “La enfermedad que se padece en los pueblos epidemiados del antiguo Reino de Valencia, es el cólera morbo asiático, según ha podido comprobar dicha Comisión, por el examen clínico de los atacados, por la investigación micrográfica de las deyecciones y el cultivo en gelatina del bacilo vírgula, encontrado en ellas.

2º En los líquidos que el Dr. Ferrán emplea para las inoculaciones preventivas ha visto la comisión el mismo fito-parásito que en las deyecciones de los coléricos.

3º Dichas inoculaciones no son perjudiciales para la salud, afirmación que comprobaron los comisionados por el testimonio y examen de gran número de inoculados y por la prueba experimental en sí mismos, puesto que los cuatro individuos de la Comisión Municipal de Zaragoza se sometieron a la inoculación.

4º La virtud profiláctica contra el cólera morbo asiático de dicho procedimiento, no puede ser hoy objeto de una afirmación absoluta, puesto que si bien las estadísticas formadas por los señores médicos de Alcira y de Algemesí, parecen inclinar el ánimo a favor de tal creencia, las condiciones en que se ha ejecutado la experimentación y el número de inoculados no son suficientes para emitir juicio concreto en problema de tanta trascendencia.

5º La comisión municipal de Zaragoza opina que debe autorizarse al Dr. Ferrán para que siga practicando lo que se ha llamado vacunación preventiva contra el cólera, a fin de resolver experimentalmente una cuestión que tanto interesa a la humanidad”.

LA DISCUSIÓN EN LA REAL ACADEMIA DE MEDICINA DE ZARAGOZA

La Academia de Zaragoza celebró varias sesiones para discutir los resultados de la comisión93, en las que intervinieron Montells, Cerrada, Redondo, Iranzo, Sen y Aramendía. “La Clinica” publicó los discursos de Montells y Cerrada94. En su intervención Montells cuestionó el valor pro

filáctico de la vacuna y consideró que no estaba exenta de riesgos. Cerrada hizo una revisión de los conocimientos que se tenían en esos momentos de la enfermedad. Se refirió a los trabajos de Koch, Ferrán y García Solá, y defendió que el cólera era producido por el bacillus virgula. Recordó cuales eran las condiciones para sentar el carácter parasitario de una enfermedad: la existencia constante del parásito; que por su número y distribución pueda explicar la enfermedad que se supone es su efecto; caracterizar y distinguir el parásito de todos los demás parásitos; y reproducir la enfermedad después de haberla aislado, de tal modo que su acción no pueda estar combinada con la de ningún otro microbio. Afirmó que los trabajos de Koch habían confirmado las dos primeras conclusiones y que Ferrán, Nicati y Rietsch habían conseguido el cólera experimental inyectando en el duodeno del conejillo de indias pequeñas porciones de cultivos puros de vírgulas. Por todo ello afirmaba que la causa del cólera era el bacillus vírgula. Además de todo lo anterior consideraba que la vacuna de Ferrán era un veneno colerígeno en pequeñas cantidades e inoculado en un sitio (tejido celular subcutáneo) que hacía que resultara inocuo. Sin embargo, se mostraba prudente con la efectividad de la vacuna.

Resulta interesante contrastar las condiciones que establecía Cerrada para confirmar la naturaleza infecciosa de una enfermedad con los postulados de Koch, enunciados en 1884 y que son las condiciones que se deben exigir a cualquier microorganismo para considerarlo como el agente causal de una enfermedad y así poder diferenciarlo de otros microorganismos no patógenos95:

    El microorganismo debe encontrarse en todos los casos de enfermedad.
    Debe aislarse y obtenerse en cultivo puro, a partir de las lesiones.


    Debe reproducir la enfermedad cuando se inocula, a partir de un cultivo puro, en un animal de experimentación susceptible.


    Debe aislarse el mismo microorganismo en cultivo puro, a partir de las lesiones producidas en el animal de experimentación.

Cerrada se refiere a las tres primeras condiciones pero no a la cuarta. Sin embargo, puede considerarse su exposición como rigurosa, sobre todo si se tiene en cuenta que había médicos y científicos de la época que no admitían la teoría microbiana de la infección. Por ejemplo, la comisión de la Royal Society y la Universidad de Cambridge no aceptaban que el vibrión colérico fuese el agente causal del cólera96.

El vicepresidente de la Academia, García, que había presidido las sesiones expresó las siguientes conclusiones como transacción entre los diferentes criterios emitidos por los disertantes97.

1º La enfermedad que hoy aflige a una gran parte de la Península, es el cólera morbo asiático.

2º El bacillus vírgulla de Koch es probablemente la causa productora de la enfermedad, ya directamente, ya por los principios venenosos, ya por los fermentos que el microbio crea.

3º Es presumible que en los líquidos de vacunación del Dr. Ferrán no hay secreto alguno; deben de ser cultivos más o menos puros, mezclados con los venenos o fermentos producidos por el bacilo.

4º En este supuesto, la inoculación será inocente, según la cantidad de sustancia tóxica y la pureza del cultivo que se inyecten: así es que la introducción en el organismo de grandes cantidades de sustancia tóxica

o de bacillus de otra naturaleza puede dar resultados funestos.

5º No produciendo la enfermedad colérica los cultivos naturales casi puros, del mismo líquido intestinal, cuando se introducen en la sangre o en el tejido celular de los animales, es lógico suponer que el líquido Ferrán tampoco la produce en el hombre.

6º No produciéndose por la inoculación el cólera experimental leve, no es admisible la inmunidad, pero antes de rechazarla en absoluto, es conveniente experimentar, aunque quizá no se deba hacer en el hombre.

LAS DIFERENCIAS ENTRE LAS CONCLUSIONES DE LA COMISIÓN Y LAS DE LA ACADEMIA

Podemos imaginar el apasionamiento con que vivía la sociedad aragonesa esta cuestión, revisando los discursos de los médicos que intervinieron en el Ateneo y en la Academia. Entre las conclusiones de la Comisión y las de la Academia hay diferencias dignas de resaltar:

Ambas llegan a la conclusión de que la enfermedad es el cólera. Pero para los miembros de la comisión esta afirmación se basa en el cuadro clínico, en las observaciones microscópicas y en los cultivos con bacilo vírgula. Para la academia, “El bacillus vírgulla de Koch es probablemente la causa productora de la enfermedad…”.

Los expertos desplazados a Valencia han visto en los líquidos que emplea Ferrán para la inoculación los mismos parásitos que en las deyecciones de los coléricos. La academia opina que “deben de ser cultivos más o menos puros, mezclados con los venenos o fermentos producidos por el bacilo”.

La comisión considera las inoculaciones inocuas, y se vacunan ellos mismos. La Academia introduce reparos, en función de la cantidad de sustancia tóxica y pureza del cultivo, y previene de resultados funestos.

Los miembros de la comisión se abstienen de emitir un juicio definitivo sobre la efectividad de la vacunación, mientras la Academia cuestiona que Ferrán haya producido cólera experimental.

La comisión propone que se siga “practicando lo que se ha llamado vacunación preventiva contra el cólera”, propuesta importante, recuérdese la prohibición ministerial; mientras la Academia pone reparos a vacunar y propone experimentar con animales.

EL DICTAMEN DE EDUARDO GARCÍA SOLÁ

Eduardo García Solá98 fue catedrático de Patología General en Granada desde 1872 hasta su jubilación en septiembre de 1918. Allí conoció a Aramendía cuando este se incorporó a esa Facultad en 1880. Entre 1874 y 1880 se inclinó hacia la investigación de problemas histopatológicos desde una perspectiva clínica. Desde 1880 a 1886 el campo de su atención fue la microbiología clínica. Desde 1886 hasta su retiro se ocupó de la problemática de enseñanza secundaria y universitaria en nuestro país. García Solá era uno de los representantes de la “medicina de laboratorio”, en boga a finales del Siglo XIX. Esta corriente se proponía objetivar las causas parasitarias de las enfermedades infecto-contagiosas y dotar a la medicina de eficaces armas para la lucha contra aquellas.

La diputación provincial de Granada fue una de las corporaciones que envió una comisión científica al objeto de estudiar sobre el terreno la epidemia y la efectividad de la vacunación. La comisión estaba dirigida por Eduardo García Solá y los otros dos delegados fueron Tomás Navas Maeso y José González de Castro, asiduos colaboradores de García Solá en los trabajos de laboratorio. En Valencia García Solá se integró con los miembros de la comisión nacida bajo los auspicios del Ministerio de la Gobernación, que estaba formada por Aureliano Rubio, Alejandro San Martín, Antonio Mendoza, F Castellón y Aureliano Maestre de San Juan.

El dictamen de García Solá se estructura en dos partes: si la enfermedad es o no cólera y si la vacuna es o no efectiva.

Para la primera parte recurre a tres criterios: etiológico, clínico y microbiológico. El catedrático de Granada llega a la conclusión de que se trata de cólera, de procedencia francesa y que llega a nuestro país en 1884. El diagnóstico lo confirma tanto desde el punto de vista clínico como microbiológico, pues observa el bacilo y lo cultiva en gelatina.

Sin embargo, García Solá niega las evoluciones morfológicas del germen que describe Ferrán; y con respecto a la efectividad de la vacuna, afirma que esta no se puede demostrar por falta de precedentes científicos para estimar probable la inmunización, y por la ausencia de estadísticas fiables y amplias.

Las conclusiones de García Solá y las de los comisionados de Zaragoza son coincidentes en lo que se refiere a que se trataba de una epidemia de cólera, a que ésta estaba causada por el bacilo y a las dudas sobre la efectividad de la vacuna. Los comisionados de las instituciones de Zaragoza en cambio, no se pronunciaban sobre las evoluciones morfológicas del germen.

CONFERENCIA DE RAMÓN Y CAJAL EN LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL

Las relaciones entre Ramón y Cajal y Ferrán han sido estudiadas por López Piñero99. Como ya se ha indicado, la Diputación Provincial de Zaragoza publicó la memoria que redactó el Premio Nobel en la que criticó los fundamentos teóricos y el valor práctico de la vacuna así como la hipótesis de Ferrán acerca del ciclo evolutivo del vibrión colérico. Antes de entregar la memoria, Cajal dio una conferencia en el salón de sesiones de la corporación provincial aragonesa el 19 de julio de 1885. Nos han llegado referencias sobre esa conferencia tanto por el propio Ramón y Cajal como por los periódicos de Zaragoza.

Refiere Cajal en sus memorias100 que sus conclusiones “afirmaban resueltamente el carácter colérico de la epidemia, que se había propagado entonces por gran parte de España; atribuía como cosa muy verosímil, al vírgula de Koch la responsabilidad de la infección; ponía en duda el pretendido cólera experimental en los conejos y cobayas, animales en quienes sólo se producían, por inyección del microbio, fenómenos inflamatorios locales o septicémicos harto diferentes del síndrome colérico del hombre; y en lo tocante al punto principal, o sea la profilaxis, me declaré poco favorable al procedimiento de Ferrán, aunque admitiendo su práctica a título de investigación científica (los cultivos puros del vírgula inyectados bajo la piel resultan inofensivos) y sin forjarme grandes ilusiones sobre su eficacia”. López Piñero101 refiere una carta de Cajal a Ferrán en la que le dice que en esa conferencia aconsejó la vacuna “1º por ser inofensiva; 2º por ser racional; 3º porque aunque no se tuviese certeza absoluta de su eficacia, era una experiencia que precisaba emprender si algún día se había de llegar a la obtención de la vacuna contra el cólera”.

La conferencia de Ramón y Cajal en la Diputación Provincial de Zaragoza se vio precedida por la del Dr. Lite, el médico de la Beneficencia que había sido comisionado por la corporación para informar de los trabajos de Ferrán en colaboración con Cajal. En esa sesión102, que se celebró el día 26 de junio, el Dr. Lite explicó la naturaleza del cólera, confirmó la existencia de epidemia en Valencia, dedicó frases entusiastas a Ferrán por su procedimiento de inoculación aunque no daba la cuestión como resuelta, porque se necesitaban más tiempo y observación. Sin embargo, terminó la conferencia diciendo tanto en su nombre como en el del cuerpo de la Beneficencia Provincial, que tanto él como sus compañeros estaban dispuestos a vacunar donde la Diputación dispusiera.

El “Diario de Zaragoza” del 20 de julio dedicó toda su primera página a la conferencia de Cajal y el “Diario de Avisos” también publicó una amplia referencia de la sesión103. La conferencia tuvo varias partes, la primera trató sobre “la existencia del bacillus vírgula en las deyecciones de los enfermos”. La segunda “del cultivo de este, y de aquellas circunstancias que por ser características, pueden servirnos como elementos de diagnóstico”, y la tercera “de la acción patogénica del virgula”, para acabar su intervención ocupándose de “la Preservación colérica”. En la referencia que publica el Diario de Zaragoza se describe cómo Cajal había reproducido el cólera inyectando, al parecer, directamente el bacilo en el intestino del conejillo de Indias. El periódico no refiere con exactitud el procedimiento que seguía el investigador, únicamente dice que la operación “debe tenerse cuidado en hacerla con toda la delicadeza posible, pues de otra suerte es muy fácil que el animal muera de peritonitis”. Respecto a la vacuna la frase que atribuye el Diario a Cajal es “Si es útil o no, yo no he de pronunciarme en pro ni en contra; las estadísticas son incompletas. Las inoculaciones cuando no se deja entrar el aire son inofensivas. Quizá aumentando la cantidad inyectada podrá llegar a ser vacuna; si se estudia la inoculación por la vía intestinal llegaría tal vez a dar inmunidad”. El conferenciante terminó su intervención diciendo “Creo que debería aconsejarse y de este modo tendríamos nuevos datos a que atenernos”.

El “Diario de Avisos”104 publicó de nuevo las conclusiones de la conferencia un día después de revisarlas “con el auxilio de quien más eficaz puede darlo”. La última de esas conclusiones dice así: “…Entiende por consecuencia, ya que la vacuna es inofensiva, y el Dr. Ferrán va por el único camino que puede conducirnos a la profilaxis del cólera, que es la inoculación del propio vírgula colérico, que las experiencias de vacunación son laudables y no deben estorbarse ni rechazarse”.

Las conclusiones de Ramón y Cajal en esta conferencia tampoco difieren de las de Aramendía, Gimeno y Fernández de la Vega en cuanto a que se trataba de una epidemia de cólera y a que la enfermedad estaba causada por el bacillus virgulla. Cajal estudiaba las formas evolutivas que describía Ferrán, cosa que los enviados por el Ayuntamiento no hacían, y coincidía con ellos en la inocuidad de la vacuna y en su dudosa eficacia, pero también compartía la opinión de los comisionados de continuar con la vacunación.

EL INCIDENTE DE LOS COMISIONADOS CON EL GOBERNADOR Y EL TEMOR A SUS TRABAJOS

Como ya se ha indicado, el Dr. Gimeno había informado que el Gobernador había exigido las preparaciones que traían los comisionados a su regreso de Valencia. El diario “La Derecha”, que dirigía el propio Gimeno, y que era contrario al partido en el gobierno, reprodujo la conversación del gobernador con el Dr. Arbuniés105:

“Gobernador: ¿Ustedes han traído preparaciones de microbios?


Doctor: Sí señor; pero de microbios muertos, cerrados entre dos cristales; desecados y coloreados.


Gobernador: No importa: hay que destruirlos.


Doctor: Son completamente inofensivos como muertos que están. Nos ha costado mucho trabajo prepararlos y considero su destrucción un atentado científico.


Gobernador: Tengo orden de destruirlos y serán destruidos.


Doctor: Yo ruego a V. que me permita hacer presente ese propósito a mis compañeros de comisión.


Gobernador: Concedido; pero esta misma noche han de quedar destruidas las preparaciones”.

A las once de la noche llegaron todos los miembros de la comisión al gobierno civil, donde a pesar de sus protestas tuvieron que comprometerse a la destrucción de las preparaciones. La reunión duró una hora y media, “siendo la lucha empeñada y reñida”106. “La Derecha” informaba a sus lectores que la destrucción de las preparaciones “equivale a la de una hiena disecada, o a la de una víbora muerta y puesta en alcohol, a pretexto de que una y otra son dañinas”. Dos semanas más tarde se celebró una reunión de las juntas provincial y local de sanidad, sin la presencia de los medios de comunicación. Según lo que pudo saberse se discutió el hecho de que Aramendía, Vega y Gimeno continuaban sus estudios con material que habían traído de Valencia, lo que suscitaba temor no sólo en las autoridades. El “Diario de Avisos” publicó el siguiente suelto107:

“Que habiendo traído de su viaje a Valencia los señores Vega, Aramendía y Gimeno, algunas preparaciones, el gobierno civil se las requisó y se las quemó, no obstante las protestas de estos señores y ser el peligro igual, según decía un colega, si mal no recordamos, que si se tratara de un animal disecado o de una víbora conservada en alcohol.

Que muy posteriormente, según ya oficialmente se sabe, los señores Vega, Aramendía y Gimeno se dedicaron a manipular y estudiar aguas y deyecciones traídas de puntos epidemiados a Zaragoza, donde afortunadamente no hay cólera. Que es posible y aun parece probable y natural, que las aguas y deyecciones traídas de puntos donde está declarada la epidemia no hayan sido sin aquiescencia del gobierno civil, que antes, cuando la epidemia estaba más lejos, extremara su rigor hasta el punto de no permitir que los Sres. Vega, Aramendía y Gimeno estudiaran o manejaran, no ya microbios vivos, pero ni siquiera microbios muertos.

Es natural que en todo esto se vea algo de extraño, y que siendo tan verdaderamente vital cuanto a la salud pública se refiere, la prensa desea saber, para comunicarlo al público, los que en las juntas ayer se dijera. A ese efecto, redactores del El Diario de Zaragoza, Alianza Aragonesa y Diario de Avisos, hubieron de presentarse a solicitar se les permitiera presenciar la sesión, pero les fue negado el permiso.

Lamentamos que asuntos de esta naturaleza se traten en secreto, la publicidad lo aclara todo: el misterio no sirve sino para extraviar la razón. Cuando en cosas tan graves, la administración cambia en pocos días, tan en absoluto, de criterio y de procedimiento, debe dar satisfacción a la opinión pública, si es que en algo la estima”.

Hay que recordar que Aramendía terminó su conferencia en el Ateneo afirmando que se necesitaban más estudios que continuarían en Zaragoza. Además, los miembros de la comisión habían quedado como agregados a la Junta Local de Sanidad, por lo que debe suponerse que los trabajos de los tres catedráticos eran conocidos por las autoridades. Sin embargo, no parece probable que, después de la entrevista en el Gobierno Civil, pudieran continuar estudiando material traído de Valencia. Por eso no parece que la preocupación puesta de manifiesto por el periodista estuviera basada en información fidedigna.

Puede concluirse que los comisionados se esforzaron en una tarea poco apreciada por sus conciudadanos. La Academia de Medicina discutía sus conclusiones y emitía otras “transaccionales” cuyas diferencias con las de la comisión eran manifiestas. El periódico gubernamental se manifestaba contrario a todo cuanto hacían. El Ayuntamiento pretendía descargar en ellos la responsabilidad de la declaración de epidemia, que tenía una gran impopularidad y era contraria al criterio de ministro del ramo. Su regreso producía temor y debían pasar una pseudocuarentena en Barcelona. El gobernador les exigía destruir el material que habían traído de su viaje y días después continuaban los temores por sus trabajos. Sin embargo los miembros de la Comisión demostraron en todo momento prudencia en sus actuaciones, en sus conferencias y en sus conclusiones, que como ya se ha indicado, compartían los científicos que emitieron los informes más razonados.

MÉDICO DURANTE LA EPIDEMIA

Como ya se ha indicado, el 29 de julio Félix Aramendía, Catedrático de la Facultad de Medicina, en un escrito dirigido a la Diputación provincial se ofreció a prestar gratuitamente servicios médicos a los pobres de la parroquia de Santa Engracia. La Comisión Provincial aceptó la oferta, “sin olvidar sus compromisos con el Ayuntamiento”, porque Aramendía era miembro de la Comisión Municipal de Sanidad, y puso a su disposición un carruaje en iguales condiciones que los que se hallaban a disposición de la guardia médica establecida en el palacio de la Diputación. Además de atender a los pacientes de su consulta y de prestar esos servicios de guardia, el médico navarro acompañó a las autoridades durante una complicada visita a Calatayud.

VISITA A CALATAYUD

El 30 de junio una comisión de Calatayud y el médico de Ateca, D. Enrique Gil, visitaron al Gobernador, la Comisión Provincial y al Capitán General. El 14 de julio se recibió un telegrama del alcalde bilbilitano que decía: “Hay 18 médicos, pero no se prestan a celebrar turno para dar la asistencia a los pobres, principalmente de noche, y están desatendidos”. Se dispuso entonces que se enviaran a Calatayud a los médicos titulares de Salillas y Ricla, y el Presidente y Vicepresidente de la Diputación conferenciaron con el Gobernador para adoptar las medidas oportunas. Dos días más tarde se hizo público un desmentido a esa información, pero la situación debía de ser muy grave108. El 16 de julio el corresponsal del Diario de Avisos109 publicaba una crónica de la situación en la ciudad, en la que informaba que el día 12 de julio se registraron 32 casos nuevos y 19 fallecidos, el día 13, 72 casos y 28 fallecidos, y el día 14, 53 y 35 respectivamente. En ese artículo se hacía referencia a la polémica surgida por la conducta de los médicos de la ciudad, que el corresponsal se abstenía de juzgar, pero afirmaba lo siguiente:

“Mientras se aplaude el interés, celo y caridad que demuestran los médicos antiguos en el cumplimiento de sus deberes, es calificado duramente el proceder de los facultativos modernos. Ignóranse las razones de esta diferencia de conducta. Dícese de los segundos que se han negado a hacer guardias y se han ocultado en sus habitaciones cuando se ha reclamado su asistencia”.

No tenemos constancia de la fecha, ni tampoco tenemos constancia de si el motivo fueron las reuniones de los vecinos de Calatayud con las autoridades, o el telegrama del alcalde, o las noticias que aparecían en la prensa; pero lo cierto es que a Calatayud se desplazó una comisión que formaban el Gobernador Civil, el Vicepresidente de la Comisión Provincial, Sancho y Gil, y el diputado provincial, Marquina; a quienes acompañaron los médicos Iranzo, Arbuniés y Aramendía. Se reunieron con el Ayuntamiento, visitaron hospitales, hospicio, lavaderos, depósito de cadáveres, cementerio y “los barrios más insanos de la población” y después se dictaron las siguientes recomendaciones110:

    Que se procediese al examen de las aguas, para lo cual se trajeron varias botellas de dicho líquido a Zaragoza.
    Que se vigile con el mayor rigor todo lo concerniente a la policía bromatológica.


    Que inmediatamente se procediese a la limpieza y desinfección de diferentes barrios.


    Que se construyese una estufa para la desinfección de ropas.


    Que se habilitase en el término de 48 horas un nuevo local para matadero de carnes.


    Que se mejorasen las condiciones del depósito de cadáveres; se tapiase el osario existente en el cementerio, se prohibiesen las inhumaciones en nichos, y además de practicarse todas en tierra, las zanjas destinadas a este objeto se hiciesen más profundas de lo que venían haciéndose.

En vista de estas recomendaciones, debemos considerar que las condiciones sanitarias de Calatayud distaban mucho de ser adecuadas. No se hace mención en la nota que sobre esta visita publicó “La Clínica” al conflicto con los médicos, aunque sí que se informaba en ese mismo artículo que la mortalidad había disminuido considerablemente; lo que no sabemos es si como consecuencia de las medidas implantadas, necesarias con epidemia o sin ella, o simplemente porque la epidemia remitió.

EL RECONOCIMIENTO DE LA DIPUTACIÓN

Como reconocimiento a los servicios prestados durante la epidemia, en la comisión a Valencia, en la visita a Calatayud y a la atención a los enfermos, la Diputación Provincial extendió un diploma a Félix Aramendía en el que constaba su gratitud y además se le propuso para la Cruz de Epidemias. El Gobernador Civil refrendó esa petición, pero no consta la concesión de la condecoración por parte del Gobierno.

La Cruz de Epidemias fue creada por Fernando VII, que la concedió solo en unos pocos casos. Más tarde, durante la regencia de la Reina María Cristina de Borbón se establecieron las normas para su concesión. Podían recibir la condecoración los médicos que hubieran puesto en riesgo su vida declarando una epidemia a pesar de las amenazas o intento de soborno de otras personas que resultaran perjudicadas por la declaración. También eran méritos para la condecoración el prestar auxilio en un lazareto o buque apestado, atender a enfermos de manera gratuita en una zona epidémica, contraer la enfermedad en el ejercicio de la profesión y cooperar con las autoridades en las medidas de contención de la epidemia. Otros motivos de concesión de la condecoración eran “la invención o descubrimiento de un remedio o de un preservativo

o curativo” o “la publicación de escritos de mérito relevante dirigidos a ilustrar al Gobierno y al público sobre la naturaleza, preservación y curación de una enfermedad contagiosa o epidemia mortífera que amenace inminentemente al país, o que ya ejerza en el sus estragos”111.

 

 

1. FORCADEL (1998) 65-88.
2. FORCADEL (1998) 48.
3. “Heraldo de Aragón”.
4. MARTÍN (1994) 18-33.
5. “La Derecha” (1885) 6 de junio, 3; “La Alianza” (1885) 16 de junio,3.
6. “Diario de Avisos” (1885) 25 de junio, 2.
7. “La Clínica” (1884) 221-222; (1885) 186.
8. FAUS, P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 287-304.
9. BÁGUENA (1985), en FERRÁN, J. 11-18.
10. LÓPEZ PIÑERO (1985), en FERRÁN 3-9.
11.GARCÍA CARRIZO (1963) 692-693.
12. LÓPEZ PIÑERO (1985), en FERRÁN 3-9.
13. ZUBIRI (1978).
14. “Diario de Avisos” (1885) 22 de junio, 10.
15. “Diario de Avisos” (1885) 28 de junio, 9.
16. “Diario de Avisos” (1885) 21 de julio, 5-6; “Diario de Zaragoza” (1885) 21 de julio, 1.
17. ZUBIRI (1978) 80.
18.OLAGÜE, G. (2002).
19.NADAL citado por EMA (1999) 39-50.
21. FAUS P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 363-377.
22. “La Clínica” (1885) 381-383.
20. FAUS P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 327-335.
23. “Diario de Avisos” (1885) 16 julio, 6.
24. FERNÁNDEZ-CREHUET et al., en PIÉDROLA (2001) 459-461.
25. “Diario de Avisos” (1885) 20 julio, 6.
26. “Diario de Zaragoza” (1885) 30 junio, 2.
27. “Diario de Zaragoza” (1885) 8 julio, 2.
28. “Diario de Avisos” (1885) 24 junio, 4-5.
29. “La Clínica” (1885) 334, 360.
30. “Diario de Avisos” (1885) 31 de julio, 2-7.
31. “Diario de Avisos” (1885) 31 de julio, 3.
32. Hoja de servicios de ARAMENDÍA.
33. “Diario de Avisos” (1885) 6 de julio, 5; 31 de julio, 5-7.
34. “Diario de Avisos” (1885) 24 de junio, 3; 31 de junio 2, 3; 6 julio, 4; 16 de julio, 6, 10;
30 de julio, 7; 31 julio, 3-7; “La Clínica” (1885) 381-383. “Diario de Zaragoza” (1885),
4 de julio, 2.
35. “Diario de Avisos” (1885) 22 de julio, 2; 31 de julio, 2.
36. FAUS P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 290.
37. FAUS P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 287-304.
38. “La Clínica” (1884) 181.
39. “La Clínica” (1884) 206.
40. “La Clínica” (1884) 222.
41. “La Clínica” (1884) 294.
42. “La Clínica” (1884) 213-215; 230-231.
43. “La Clínica” (1884) 236-238; 243-245.
44. “La Clínica” (1884) 238, 243.
45. “La Clínica” (1884) 247.
46. “Diario de Avisos” (1885) 22 de julio, 2.
47. “Diario de Avisos” (1885) 15 junio 6, 7; “Diario de Zaragoza” (1885) 14 de junio,1; 15
de junio 1.
48. “La Clínica” (1884) 293-294.
49. “La Clínica” (1884) 309-310.
50. “La Clínica” (1885) 10-14.
51. “La Clínica” (1885) 59-63.
52. BÁGUENA, en FERRÁN (1985) 11-18.
53. “La Clínica” (1885) 81-88.
54. “La Clínica” (1885) 262-263; “La Derecha” (1885) 23 de mayo, 3; “La Alianza” (1885)
23 de mayo, 2.
55. “Diario de Zaragoza” (1885) 23 de mayo, 3; “Diario de Avisos” (1885) 26 mayo, 3.
56. “La Clínica” (1885) 361-365.

57. ZUBIRI (1978) 99-102.
58. “Diario de Avisos” (1885), 14 de julio, 6.
59. LÓPEZ PIÑERO (1985), en FERRÁN 3-9.
60. J. FERRÁN (1884). Teoría sobre la profilaxis del cólera morbo asiático basada en la doctrina de los gérmenes y en el estudio de las diastasas y demás productos elaborados por los mismos. Las ciencias Médicas, I, 246-250.
61. BÁGUENA (1985), en FERRÁN 11-18.
62. “Diario de Zaragoza”, 23 mayo 1885, 3.
63. Hoja de Servicios de ARAMENDÍA.
64.RAMÓN Y CAJAL (1981) 38, 39.
65. “Diario de Zaragoza” (1885) 26 de mayo, 2; “Diario de Avisos” (1885) 26 de mayo, 2.
66. “La Alianza” 27 de mayo 1885, 2; “Diario de Avisos” (1885) 26 mayo, 2.
67. “Diario de Avisos” (1885) 3 de julio, 2.
68. “Diario de Avisos” (1885), 28 de mayo, 5.
69. “La Clínica” (1885) 263-264.
70. “La Alianza” (1885) 2 junio, 3; “Diario de Avisos” (1885) 26 junio, 4 y 30 de junio, 3.
71. “Diario de Avisos” (1885) 21 de julio, 3.
72. FAUS P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 290, 327-335.
73.MARAÑÓN, “La pasión sobre Ferrán”, Gac. Med. Esp. XXVI (1952), 98-99. Citado por FAUS SEVILLA, P.
74. “La Derecha” 28 de mayo de 1885, 3.
75. “La Alianza” (1885) 12 de junio, 3.
76. FAUS P., en LÓPEZ PIÑERO (1964) 327-335.
77. “Diario de Avisos” (1885), 27 de julio, 10.
78. “La Derecha” 27 mayo 1885, 3.
79. “Diario de Zaragoza” 28 de mayo 1885, 3.
80. “Diario de Zaragoza” 29 de mayo 1885, 1.
81. “La Clínica” (1885) 280.
82. “Diario de Avisos” (1885) 1 de junio, 13; “Diario de Zaragoza” (1885) 1 de junio 1, 2.
83. “Diario de Avisos” (1885) 30 de mayo, 16.
84. “La Derecha” 6 de junio 1885, 3; “Alianza Aragonesa” (1885) 5 de junio, 3.
85. “La Derecha” 8 de junio 1885, 3.
86. “Diario de Zaragoza” (1885) 13 de junio, 1.
87. “La Clínica” (1885) 280-288.
88. “La Clínica” (1885) 282.
89. BÁGUENA M. J., en FERRÁN J. 11-18; “Diario de Avisos” (1885) 26 de junio, 11.
90. “Diario de Zaragoza” 13 de junio 1885, 3.
91. “La Clínica” (1885) 286.
92. “La Clínica” (1885) 349-350.
93. “La Clínica” (1885) 350-358; 371-380; 395-404.
94. “La Clínica” (1885) 351-358, 371-380, 395-404.
95. PUMAROLA (1985), 159.
96. LÓPEZ PIÑERO J. M., en FERRÁN (1886) 3-9.
97. “La Clínica” (1885) 359-360.
98.OLAGÜE DE ROS, en FERRÁN (1885) 45-55; OLAGÜE 2002.
99. LÓPEZ PIÑERO, en FERRÁN (1985) 33-44.
100. CAJAL (1981) 38.
101. LÓPEZ PIÑERO, en FERRÁN (1985) 41.
102. “Diario de Zaragoza” (1885) 27 de junio, 1.
103. “Diario de Zaragoza” (1885) 20 de julio 1, 2; “Diario de Avisos” (1885) 20 de julio 5,
6; 21 de julio, 5.
104. “Diario de Avisos” (1885) 21 de julio, 5.
105. “La Derecha” (1885) 11 de junio, 3.
106. “Alianza” (1885) 11 de junio, 3.
107. “Diario de Avisos” (1885) 6 de julio, 3.
108. “Diario de Avisos” (1885) 15 de julio, 4; 16 de julio 2.
109. “Diario de Avisos” (1885), 16 de julio, 10.
110. “La Clínica” (1885) 406-408.
111. HERNÁNDEZ (1876) 1126-1129.


 

 


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