FÉLIX ARAMENDÍA (1856-1894) Y LA PATOLOGÍA Y CLÍNICA MÉDICAS Javier Carnicero Giménez de Azcárate
LOS ORÍGENES

LA FAMILIA ARAMENDÍA Y BOLEA

Félix Aramendía y Bolea nació el 20 de noviembre de 1856, a la una de la madrugada, en la villa de Marcilla (Navarra). Fue bautizado ese mismo día en la parroquia de San Bartolomé por D. Agustín Irigoyen, que era el vicario, siendo padrino su abuelo paterno, D. Martín Aramendía. No consta en la partida de bautismo quién fue su madrina1. En aquella época los abuelos y las tías reclamaban siempre ser los padrinos, sobre todo en el caso de los primogénitos. Mientras en Tafalla y Aoiz se daba prioridad a los abuelos maternos, en Falces eran los abuelos paternos los que parecían tener ese privilegio2. Parece, por lo tanto, que en Marcilla se seguía la tradición de Falces y podemos suponer que la madrina sería Dª. Joaquina Apesteguía.

El padre de Félix, D. Eugenio Aramendía, era natural de Valtierra y su madre, Dª. Gerónima, procedía de Marcilla. D. Martín, el abuelo paterno, era del lugar de Zábal, en Tierra Estella, y su esposa, Dª. Joaquina Apesteguía, había nacido en Cirauqui. Su abuelo materno, D. José Bolea, que no llegó a conocer a su nieto, había estado casado con Dª. Benita Caballero y ambos eran naturales de Marcilla. Parece, por tanto, que la familia de su madre estaba asentada en Marcilla, al menos desde dos generaciones anteriores. No así los Aramendía que se trasladaron de Zábal y Cirauqui a Valtierra; y de Valtierra a Marcilla.

Zábal es un lugar del valle de Yerri, a cuyo Ayuntamiento pertenece, y a mediados del siglo XIX tenía 43 casas en las que vivían 5 vecinos y 64 almas3. La villa de Cirauqui en aquella época, tenía el Ayuntamiento con el valle de Mañeru. Madoz la describe “situada en una altura descubierta a todos los vientos, con clima templado, aunque más propenso al frío; padeciéndose a veces calenturas inflamatorias, pulmonares, pleuresías, reumatismos, inflamaciones de estómago y de los intestinos, cólicos y catarros pulmonares”. En ese lugar, que el corresponsal de Madoz describe de forma tan poco acogedora, vivían en 264 casas, 296 vecinos y 1.711 almas, que tenían una riqueza de 671.179 reales4. En Valtierra, de clima saludable, aunque se padecían fiebres intermitentes, vivían según la misma fuente5, 254 vecinos y 1.484 almas en 235 casas, y su riqueza era de 559.740 reales.

Marcilla, en la que también se padecían fiebres intermitentes, contaba con 120 casas, que formaban 7 calles y 4 plazas, y disponía de casa municipal y de cárcel. En el palacio del Marqués de Falces, señor del lugar, se conservaba todavía una coraza, una celada y un vestido de fierro del condestable de Peralta, que era célebre, además de por sus heroicas hazañas, por haber asesinado, en 1469, en Tafalla, al Obispo Echavarri de Pamplona. La población de Marcilla era de 120 vecinos y 685 almas, y su riqueza de 245.980 reales6.

No sabemos cuál era la ocupación del padre del recién nacido Félix. La familia Aramendía cree que era agricultor, aunque no lo afirma con certeza. Si se tiene en cuenta cómo era la Navarra de mediados del siglo XIX7, esa ocupación es la más probable. En 1857, año en el que comienzan los censos modernos en España, la población de Navarra era de 297.442 habitantes de los que sólo el 17 por ciento vivía en las cabeceras de merindad, entre ellos los 23.000 que residían en Pamplona.

Durante el siglo XIX la agricultura era el trabajo de la mayoría de los navarros y tenía lugar en condiciones tradicionales y duras. Se cultivaban cereales, que eran la base del sustento de la población. A principios del siglo XIX se había incorporado el cultivo de la patata y aumentado la

extensión de los viñedos, pero las innovaciones en los cultivos no aparecieron hasta finales de la centuria. En Navarra apenas había actividad industrial, salvo talleres artesanales cuyas técnicas eran las propias del siglo XVIII. La producción agrícola e industrial se reducía a la necesaria para el autoabastecimiento. Las industrias más destacadas eran 17 ferrerías en la Navarra Nororiental y varios talleres textiles, entre ellos una fábrica de boinas en Estella. Gran parte de la escasa industria relacionada con el ferrocarril, madera y química se concentraba en Pamplona.

Marcilla no tenía industria, salvo un molino de harina y cuatro de aceite. El comercio se reducía a una tienda de mercaderías y dos confiterías. Se celebraba una feria muy concurrida entre el 29 de septiembre y el 8 de octubre, en la que se traficaba con ganado y caballerías8. Los Aramendía no eran ni comerciantes, ni ganaderos, ni molineros, por lo que tenemos que concluir que su medio de vida era la agricultura.

NAVARRA A MEDIADOS DEL SIGLO XIX

El siglo XIX está marcado en Navarra por las guerras carlistas y el mantenimiento del régimen foral. La primera guerra carlista terminó con el convenio de Vergara de 1839, que culminó con la Ley de Fueros de Navarra (Ley Paccionada) de 1841.

EL CONVENIO DE VERGARA Y LA LEY DE FUEROS DE NAVARRA

El artículo primero del Convenio de Vergara, de 31 de agosto de 1839, establecía que “el Capitán General D. Baldomero Espartero recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los Fueros”. Se cumplió el acuerdo, y la Ley de 25 de octubre de 1839 confirmaba los fueros de las Provincias Vascongadas y Navarra, y encomendaba al Gobierno que presentara ante las Cortes un proyecto de modificación del régimen foral. El Real Decreto de 16 de noviembre de 1839 determinaba el sistema de elección de la Diputación, a quien encomendaba la designación de dos representantes para llevar a cabo las conversaciones con el Gobierno. Fruto de esas conversaciones fue el Real Decreto de 15 de diciembre de 1840, que sentaba las bases de la futura ley de 1841. En este Real Decreto se introdujo la expresión “de común acuerdo”, en vez de “oída la provincia”, para redactar las variaciones en la futura ley.

La Ley de Fueros de Navarra, formalmente suscrita por consenso entre la Diputación y el Gobierno, fue aprobada por las Cortes y el 16 de agosto de 1841 sancionada por el Regente del Reino, precisamente el general Espartero. Esta Ley, también llamada Ley Paccionada, que recoge íntegramente el contenido del Real Decreto de 15 de diciembre de 1840, salvo modificaciones menores, supuso la transformación del Reino de Navarra en provincia y la supresión de las figuras del Virrey, Consejo Real, Cámara de Comptos, Cortes y las aduanas con Castilla y Aragón. El sistema judicial y la organización militar pasaron a ser los mismos que en el resto de España, y los jóvenes navarros empezaron a ser llamados a filas. Sin embargo, se mantuvo el Derecho Civil de Navarra, la Diputación conservó el control de la administración municipal y la recaudación de impuestos, excepto los del estanco, tabaco y sal. También se estableció el cupo que Navarra debía pagar al Estado9.

EL BIENIO PROGRESISTA

El año de nacimiento de Aramendía, terminaba lo que los historiadores han llamado el bienio progresista, que culminaba con la Constitución nonata de 1856. El bienio progresista se define por el avance del proceso desamortizador que supuso la Ley Madoz, por el proyecto constitucional, y por los motines populares en Barcelona, Valencia y Castilla motivados por una grave crisis de subsistencias. La Constitución, que no llegó a promulgarse, establecía como pieza básica la monarquía constitucional en la persona de Isabel II. Se trataba de una declaración formal que no ofrecía ninguna novedad, pero para la oposición democrática el hecho era significativo, porque había sido objeto de una votación10.

El bienio progresista había comenzado en Navarra11 en julio de 1854 con el levantamiento del General Juan Zabala y de la Puente, que había sido nombrado Jefe de Vascongadas y Navarra por los sublevados. Desde Guipúzcoa se dirigió a Pamplona para unir esta ciudad a la sublevación. El General Calonge, que le salió al encuentro, no pudo impedir su avance y se encerró en la Ciudadela de Pamplona a esperar su llegada. Mientras tanto, se levantaba el Coronel Buruaga con el Regimiento de Infantería San Marcial y las demás tropas de la plaza, facilitando la entrada de Zabala en Pamplona y el éxito de la intentona.

Durante los meses siguientes, después de la adhesión de las tropas sitiadas en la Ciudadela al levantamiento, se permitió al General Calonge abandonar la fortaleza y la plaza, se nombró un Gobernador interino y se renovó la Diputación. El 25 de agosto la Reina nombró Gobernador a Mariano Cruz y Capitán General a José María Marchesi, que sustituyó al General Calonge. Las nuevas autoridades tenían como tareas las de organizar las elecciones municipales y las de las Cortes Constiyentes.

A finales de 1854 se detectó la entrada de armas desde Francia con destino a partidas carlistas. En febrero de 1855 se impidió una sublevación carlista en la que estaban implicados algunos militares y civiles, y que acabó con tres penas de muerte, cuyas ejecuciones se llevaron a cabo el 12 de febrero de 1855. El mes de mayo de ese año se declaró el estado de guerra en Navarra, Aragón y Burgos por la presencia de partidas carlistas. Una de ellas, de unos 100 hombres recorrió el valle de Erro, hasta Miranda de Arga y Lerín. La Guardia Civil, los Carabineros y la Milicia Nacional hicieron fracasar la intentona y capturaron a 21 de sus componentes.

Unos meses antes del nacimiento de Aramendía, Espartero viajó a Navarra donde inauguró el comienzo de las obras del tramo de ferrocarril Pamplona-Zaragoza. En la ciudad de Pamplona fue recibido con grandes festejos por parte del ayuntamiento. Espartero dimitió el mes de junio y O’Donnell, que llegó entonces al Gobierno, declaró el estado de guerra en Navarra, destituyó los ayuntamientos y la Diputación, y disolvió la milicia nacional.

CONFLICTO ENTRE DESAMORTIZACIÓN Y RÉGIMEN FORAL

La ley de Desamortización de 1855, conocida como Desamortización de Madoz o segunda Desamortización, que se aprobó por las Cortes el 1 de mayo, no contenía salvedad o excepción alguna respecto a Navarra. La Diputación exigió que se respetara la Ley de 1841, porque en su opinión la nueva ley conculcaba las competencias de la Diputación Foral sobre estas materias. Tampoco Navarra tenía que pagar el 20 por ciento sobre las rentas concejiles al Estado ya que contribuía con una cantidad fija estipulada en la Ley Paccionada.

En 1856, con la llegada de los moderados al poder se suspendió la ejecución de la Ley de Desamortización, pero en 1858 con la vuelta de O’Donell se restableció la vigencia de la Ley y se reanudaron las enajenaciones de propiedades municipales. Volvió la tensión a las relaciones entre la Diputación y el Estado, que terminó con la Real Orden de 1859. Esta Real Orden refrendaba la vigencia de la desamortización en Navarra, pero se mantenía su peculiaridad, de manera que el importe de las ventas concejiles ingresaría en las arcas de los ayuntamientos, sin desembolsar el 20 por ciento al Estado. La Diputación, una vez oídas las localidades, llevó a cabo la desamortización de bienes y censos de municipios, aunque la junta de ventas no quedó formada hasta 186112.

 

LOS PRIMEROS AÑOS DE FÉLIX ARAMENDÍA

Félix Aramendía, como se ha visto, nació en una Navarra en la que acababa de terminar una guerra civil, pero en la que continuaban las correrías de partidas carlistas y en la que se sucedían los levantamientos militares. Una de las secuelas de la guerra era la delincuencia. En los años inmediatamente posteriores a la primera guerra carlista la Audiencia de Pamplona registraba uno de los mayores índices de criminalidad de toda España. Navarra13, con una población oficial de 235.874 habitantes, en el año 1843 tuvo 1.204 procesados, proporción que la colocaba en el más alto grado de criminalidad en la escala comparativa de las audiencias. Años más tarde, en 1866, un autor francés14 se asombraba de la proliferación de armas entre los viajeros cuando, en la estación de Pamplona subieron al convoy en el que viajaba, dos aldeanos aragoneses armados de largos fusiles y con cartucheras a la cintura. El mismo escritor afirmaba que por aquella época “en toda España, desde Zaragoza hasta Málaga, el campesino rico que va a la ciudad a caballo, y el aldeano que lleva al mercado un mulo cargado de legumbres, llevan fusil –con la culata al descubierto– sujeto con correas a la montura”. Y añade: “son viejos hábitos que el bandidaje y la inseguridad de los caminos hicieron nacer, y que las guerras civiles han conservado”.

Navarra, como ya se ha indicado, era una Comunidad rural, de cultivos tradicionales, orientados al consumo propio. La alimentación era pobre y poco variada. En la zona Media consistía en habas con guindilla para el almuerzo, tocino al mediodía y alubias por la noche. También eran alimentos habituales el pan, el vino y la carne de carnero. En la Ribera las hortalizas eran más abundantes, así como el pescado salado. En las comarcas ganaderas se comía más carne, harina de trigo y legumbres15. En la Cuenca de Pamplona se comía relleno, plato típico, que es una especie de morcilla amarillenta que se hace con tripas de cordero, y cuyo interior tiene arroz, trozos de tocino, huevo, sebo, perejil y azafrán. Nombela lo describe como un manjar que cuenta con adoradores a los que llama rellenistas16. Según un documento presentado a las Cortes en 1817 la dieta de los labradores de la zona media era esta17:

“En el país medio, al almuerzo unas cazuelas de habas sin grasa y sin aceite, torta de maíz, al postre un pedazo de pan, y los más ricos un poquito de tocino, tres tragos de pitarra (aguardiente ordinario), algunos pocos de mal vino y los más de agua fresca, que a nadie falta; a la ley18, pan solo, o un grano de ajo crudo, y los que más un poco de queso podrido, muy poco vino, y los más agua fresca; a mediodía, potaje basto, torta de maíz, al postre, tajadas de pan (el que tiene) con sardina roya en salsa de solo vinagre, o un poco de abadejo, y los más ricos, un huevo, en tortilla, o un poco de cecina y tocino, y muchos más un poco de fruta seca, los más sin vino, y los que lo tienen, malo y cuasi siempre aguado; la merienda, como la ley; la cena, sopas de ajo (si hay pan) o cuatro hojas de berzas verdes bailando en agua, torta de maíz que te crió, dichosos los que tienen pan, dos o tres huevos en tortilla para cinco o seis, porque nuestras mujeres la saben hacer grande y gorda con pocos huevos, mezclando patatas, atapurres de pan, u otra cosa; muchos media sardina podrida, o un poco de queso, y muchos más, cuatro nueces, una pera, una uva, seis castañas (una de estas cosas), o nada, y el vino, lo más por el ojo. Llega el día de fiesta, y la ración igual; felices los que tienen tres o cuatro tarjas para beber a escote o probar una pinta de vino al mes o al truque con sus camaradas, y Dios te la depare buena; carne fresca el día de la meseta (de la fiesta del Patrón), en bodas, en bautizos o en entierros”.

Los primeros años de Félix transcurrieron en Marcilla, villa que era un reflejo de la Navarra rural que salía de la guerra civil. La educación de Félix fue la tradicional en una casa de la zona media de Navarra donde los niños eran atendidos por todos y también debían obedecer a todos los miembros de la familia. Se les inculcaba sentimientos de respeto hacia los mayores y hacia las autoridades: maestro, cura y parientes. Cualquier adulto, aunque no fuera familiar, podía mandarle a hacer un recado y reprenderle si hacía una diablura19. Cuando sólo tenía 9 años esa vida tomó un giro sorprendente y marchó, en lo que seguramente sería su primera salida del pueblo, a Pamplona, para estudiar el Bachillerato.

LA PAMPLONA QUE ENCUENTRA FÉLIX ARAMENDÍA

Hemos de suponer que el desplazamiento del niño desde Marcilla hasta la capital de Navarra20 se hizo por la recién estrenada vía férrea, porque el ferrocarril había revolucionado las comunicaciones de la época. En Navarra los núcleos ferroviarios se habían constituido en Alsasua y Castejón y el empalme entre ambos se construyó en el trienio 1859-1861. La irrupción del ferrocarril había procurado algunas reacciones curiosas entre las gentes de Navarra. Fue calificado de “matapobres” porque amenazaba el medio de subsistencia de muchas personas, como los arrieros y carreteros, que tendrían que cambiar de oficio. Los alpargateros decían que la gente andaría menos a pie y romperían menos alpargatas, los curas veían en las chimeneas de los ferrocarriles el humo del infierno, y los agricultores temían que las chispas de las locomotoras quemasen las mieses. Los enemigos del ferrocarril hicieron correr el bulo de que las locomotoras se lubricaban con grasa de niños, añadiendo que habían desaparecido de su casa algunos mocetes, robados por los maquinistas para engrasar las máquinas. Aunque la patraña no fue a más, muchos años después, incluso a mediados del siglo XX, todavía se asustaba a los niños con la figura del Sacamantecas.

También es posible que el viaje fuera por carretera, porque a mediados del siglo XIX ya se habían trazado los mil kilómetros de la red fundamental de carreteras de Navarra. Por esas primitivas carreteras se circulaba a pie, a lomos de caballería y, cuando la lluvia no lo impedía, en carro y carreta. La diligencia, que había sido el gran avance de los transportes, se desplazaba por Navarra llegando Zaragoza y Madrid. Este vehículo tenía una capacidad para ocho o diez personas. El servicio de diligencias, tanto para el transporte de personas como para el correo, estaba establecido en Navarra por la Compañía de Diligencias Postales Generales, que hacía el viaje de Zaragoza a Tolosa por Tudela y Pamplona. Al paseo de Sarasate, donde estuvo la oficina del Banco Hispanoamericano, y hoy una oficina de la Caja de Madrid, llegaban las diligencias a Pamplona. Los servicios de cuadra estaban en el patio que todavía existe, aunque ahora ocupado por automóviles, entre las oficinas de las Cajas de Madrid y Navarra, y el Banco de España.

Podemos imaginar a Félix enrojecer de vergüenza mientras su orgulloso padre explicaba a sus compañeros de coche el motivo del desplazamiento: ¡llevaba a su hijo a la capital para que hiciera el examen de bachillerato! En aquellos tiempos era un signo de educación y cortesía, nada más comenzar el viaje, presentarse a los acompañantes, contar un resumen de la vida de cada uno y el motivo del viaje. Al final el viajero terminaba conociendo la vida y milagros de los demás e incluso se llegaba a intimar, de tal forma que algunos veían aproximarse el final del viaje con pena.

A Pamplona, no solo viajaban los estudiantes de bachillerato. La inmigración también acudía a esta ciudad, que estaba encerrada en el recinto amurallado, porque la demolición o expansión extramuros no era fácil al ser considerada plaza fuerte. Ema21 describe Pamplona como una ciudad rural, pero con actividad comercial y de pequeña industria y artesanos. También era una población cuya vida social tenía lugar en la Taconera, y en las tabernas, cafés y sociedades culturales.

Víctor Hugo, que visitó Pamplona en 1843, 22 años antes que el viaje de Félix Aramendía la describe así:

“Las casas, casi todas construidas con ladrillos amarillos, los tejados obtusos de tejas acanaladas, el polvo que flota en el aire, las llanuras enrojecidas y las montañas áridas en el horizonte, dan a Pamplona un extraño aspecto terroso que entristece la vista en el primer momento; pero, como os decía antes, en la ciudad todo la regocija. Esta fantástica afición a los adornos, propia de los pueblos meridionales, se toma la revancha en las fachadas de todos los edificios. Lo abigarrado de las cortinas, lo risueño de los frescos, los grupos de mujeres bonitas inclinadas a medias sobre la calle y hablando por señas de balcón a balcón, los escaparates variados y originales de las tiendas, el rumor alegre y el constante codearse de personas en las encrucijadas tienen un no sé qué de vivaz y luminoso”22.

Pío Baroja23, que estudió en el mismo instituto que Félix Aramendía, aunque veinte años más tarde, describe Pamplona como “un pueblo amurallado, cuyos puentes levadizos se alzaban al anochecer. Quedaban únicamente abiertas la Puerta de San Nicolás y el Portal Nuevo. Esto daba a la ciudad un carácter medieval”. El centro de Pamplona era, ya entonces, la Plaza del Castillo. José María Iribarren24 en un artículo periodístico que cita el propio Baroja, “Baroja y Pamplona”, escrito a partir de la novela “La sensualidad pervertida”; describe la ciudad que conoció el escritor, como una ciudad “rancia de finales del ochocientos. Ciudad de humo dormido. Ciudad doliente de campanas y lluvia.

Constreñida por el corsé ortopédico de la muralla donde los rastrillos jugaban a la Edad Media en los anocheceres (…) La población, catalogada, dividida en estratos sociales. Hidalgos de chistera y esclavina pasean sartas de apellidos gloriosos bajo los porches de la plaza. En las mañanas de cadetes y Taconera, una banda castrense llena el aire de fantasías y de Bocaccio”.

Los estratos sociales a los que se refiere Iribarren eran el eclesiástico, los labradores, algunos nobles, burgueses, comerciantes, artesanos y las clases populares25. La Iglesia tenía un gran peso en la vida de la ciudad. La diócesis de Pamplona, que era sede arzobispal, era una de las siete diócesis españolas con mayor número de vocaciones sacerdotales, y la ciudad contaba con cuatro parroquias y un gran número de iglesias abiertas al público. La coincidencia del ataque a los fueros con el ataque al clero a principios del siglo XIX indujo a los navarros a cerrar filas en defensa de la religión frente a la España liberal. Esta religiosidad se mostraba en las novenas y prácticas piadosas, como el voto de las Cinco Llagas, que marcaban la vida de la ciudad. La religiosidad navarra era además muy militante: cuando se promulgó la libertad de cultos en 1868, los pueblos de Navarra fueron de los primeros y de los que más fuertemente protestaron en contra de la medida26.

Julio Nombela27, que según Iribarren era un fecundísimo literato, amigo de Bécquer y secretario político de Cabrera, al describir el comienzo de la mañana pamplonesa confirma esa religiosidad: “Durante las primeras horas de la mañana se abren los templos y llaman a los fieles. Pocos son los que antes de comenzar sus cotidianas tareas no oyen una misa... A las doce se cierran muchas tiendas; los empleados y los trabajadores descansan, unos y otros ingresan en el seno de sus familias; el padre bendice la mesa, todo enmudece, y a las cuatro vuelven a sus tareas los que trabajan, y las jóvenes a los templos para iniciarse en prácticas piadosas”. Iribarren, sin embargo, pone en duda que las jóvenes acudieran a los templos a una hora tan temprana. La costumbre piadosa de bendecir la mesa también se seguía en casa de la familia Aramendía. La oración que rezaba Félix en su casa de Marcilla, y que su hija Lola rezó toda su vida, era la misma que se utilizaba28, con algunas variantes, en varias zonas de Navarra, como Sangüesa, Viana, Izábal y Lezaun (Bendice Señor los alimentos que vamos a tomar. Amén. El Rey de la eterna gloria nos haga participantes de la mesa celestial. Así sea).

En Pamplona vivía parte de la nobleza terrateniente de Navarra y una escasa alta burguesía industrial y comercial, que importaba coloniales que se traían de San Sebastián, telas que se compraban en Francia y granos que se comerciaban con las montañas de Navarra y Guipúzcoa. La actividad industrial de Pamplona relacionada con el ferrocarril, la construcción, química y madera, se ubicaba en las cercanías de la estación, al norte de la ciudad, dando origen al Barrio de la Estación, que es lo primero que vería Félix, recién llegado de Marcilla para su examen de Bachillerato.

La mayoría de los habitantes de Pamplona eran labradores, a pesar de que allí se concentraba la escasa industria de Navarra. Este sector aglutinaba además de a los pequeños agricultores que producían para su propio consumo, a jornaleros, pastores y peones. La industria metalúrgica estaba constituida por un conjunto de pequeños talleres artesanales dedicados a la producción de bienes de consumo, como los caldereros y fundidores de metales establecidos en la calle Mayor y Calderería, que fabricaban utensilios de uso doméstico y probablemente herramientas para distintos oficios. El desarrollo más importante de la industria metalúrgica estuvo ligado a la fábrica de maquinaria agrícola instalada en la capital en 1848. La industria de la transformación agroalimentaria, textil, cueros, madera y orientada directamente al consumo local, se basaba en concepciones gremiales. Se trataba de industrias pequeñas, repartidas por el casco urbano y algunas, extramuros de la ciudad. También había pequeñas explotaciones familiares que no pasaban de 20 trabajadores.

Los artesanos se dedicaban a los oficios manuales, como alimentación, curtidos, muebles y construcción. Estaban muy relacionados con el pequeño comercio que estaba formado por los colmados o tiendas regentadas por sus propietarios, a veces con la ayuda de algún dependiente. Estas tiendas se ubicaban con frecuencia en los bajos de la casa que era la vivienda familiar.

Entre las clases populares se incluyen los campesinos que habían perdido sus tierras y emigrado a la ciudad, peones de las escasas industrias, dependientes de comercio, aprendices de los artesanos y lavanderas. La vida familiar y laboral de las clases populares se desenvolvía en condiciones penosas, hacinados en habitaciones donde se guisaba, cocinaba y dormía, con escasa higiene, lo que favorecía la aparición de epidemias.

La vida social: sociedades culturales, cafés y tabernas

Pamplona era una ciudad que contaba con varias sociedades culturales, la mayoría exclusivas para hombres, aunque algunas irían admitiendo mujeres en función de sus actividades aunque de forma muy limitada. Estas sociedades las promovía la pequeña burguesía acomodada y las clases medias, aunque en algunas dominaban las clases populares, y predominaban en ellas lo lúdico y recreativo.

Entre las sociedades que existían en Pamplona se encuentran el Casino Principal, el más antiguo de la ciudad. Fue fundado en 1841 con el título de la Sociedad de los Doce Pares, en 1856 cambió su nombre por el de Nuevo Casino y más tarde se transformó en el Casino Principal. La flor y nata de la sociedad masculina se reunía en los salones, gabinete de lectura y salón de recibo del Nuevo Casino, donde “hay un gran piano de cola, y un joven y aplicado pianista regala el oído de los ociosos, ejecutando las más difíciles composiciones de Herz y de Hulberg, de Listz y de Rawina”29. Otras sociedades culturales de la época son el Liceo artístico y literario que se fundó en 1841, el Ateneo Científico Literario, probable continuador del Liceo, la Sociedad de la Juventud, fundada en 1849 que tenía por máximo objetivo el teatro, y un orfeón que empezó a funcionar en Pamplona en 1863 y que se disolvió a raíz de la guerra carlista.

Pamplona contaba con varios cafés y numerosas tabernas: según Alejandría30 en los años 50 del siglo XIX había en Pamplona 9 cafés y una alojería31. En 1903 se contaban 85 tabernas en el interior de la ciudad y 19 extramuros, lo que equivale a una por cada 86 adultos32. Entre los cafés se pueden citar el Español, el Suizo y La Amistad en la Plaza del Castillo. En la calle Estafeta estaban el café Macías y el Urrutia. En la Calle Nueva el Almudí y en la Taconera el Café la Aduana33.

La Taconera era un lugar de recreo importante, que al atardecer estaba “lleno de hermosísimas mujeres, lujosa y elegantemente ataviadas, que hablan, con ingenio y con gracia, de teatros, de modas, de literatura, de artes, de viajes”34. La gente elegante y desocupada que se reunía en los cafés de la Plaza del Castilo acudía al anochecer a la Taconera. “Es allí donde las vivarachas señoras hacen gala de sus miradas atrevidas, de sus risas estrepitosas y de sus golpecitos de abanico provocadores; actitudes todas de apariencia muy libres, pero tras las cuales se oculta una conducta tan circunspecta como la comedida dignidad de las mujeres del norte. Tras el cierre de las tiendas y de las oficinas, la población entera acude allí: desde los soldados de la guarnición hasta los curas, muy poco ocupados, de las numerosas iglesias. Los concurrentes se pasean, se aprietan, se codean bulliciosamente, bajo los árboles frondosos, iluminados a la veneciana”35. Lande, escritor francés que visitó Pamplona en 1877 también describe la Taconera de una forma similar36: “cada atardecer de verano la población entera se cita allí. Mujeres jóvenes y muchachas pasean en pequeños grupos, coquetas, vivarachas, confiadas en su belleza, la mantilla negra sobre la cabeza y en sus pies el lindo zapatito descubierto que hace rechinar la arena de las avenidas; los grandes ojos chispean, los abanicos se estremecen y chasquean, las faldas susurran y se balancean. Según la costumbre española, los hombres no dan el brazo a las damas; se mantienen a los lados; se ríe, se parlotea, se interpela en alta voz con libertad completamente meridional”.

Esta es la Pamplona que encuentra Félix Aramendía: agrícola, con escasa industria y comercio, con una importante presencia de la Iglesia, con paseos vespertinos por la Taconera, con cafés y tabernas para la vida social, y con algunas sociedades culturales. Una ciudad que contaba con agua del pozo, del Arga y la del acueducto de Noain37. El agua se iba a buscar a la fuente o se compraba a los aguadores que iban a domicilio. A pesar de ser una ciudad rural y provinciana, y de que en ese viaje no visitaría los cafés ni las tabernas, es seguro que la primera salida de Marcilla, la experiencia del tren o de la diligencia, y el primer contacto con el Instituto tuvieron que causar un gran impacto en aquel niño de 9 años.

 

1. Expediente Instituto Plaza de la Cruz.
2. BEGUIRISTAIN, M. A. e ITURRI, A., en BEGUIRISTAIN, M. A. (1996) 360.3. MADOZ, P. (1986), 390.
4. MADOZ, P. (1986), 86-87.
5. MADOZ, P. (1986) 379.
6. MADOZ, P. (1986) 176-177.
7. PAREDES, en FLORISTÁN (1993), 509-510.
8. MADOZ, P. (1986), 176-177.
9. MIRANDA, F. (2002) 181-195; PÉREZ CALVO (2000) 26-32.
10. BAHAMONDE Y MARTÍNEZ (1998), 320-333.
11.HERRERO (2003) 245-258.
12.MIRANDA (1993) 73-78.
13.MADOZ citado por EMA (1999) 68-72.
14. POITOU citado por IRIBARREN (1998) 249-250.
15. PAREDES, en FLORISTÁN (1993), 509-510; FARO, en BEGUIRISTAIN, M. A. (1996) 50.
16.NOMBELA citado por IRIBARREN (1998) 253.
17. FARO, en BEGUIRISTAIN (1996) 50-51.
18. Almuerzo o refrigerio ligero que se tomaba a las 11.
19. BEGUIRISTAIN e ITURRI, en BEGUIRISTAIN (1996) 363.
20. PAREDES, en FLORISTÁN (1993) 509-510; LÓPEZ Y ÁVILA, en BEGUIRISTAIN (1996) 226-230.
21. EMA (1999) 51-58.
22. VÍCTOR HUGO citado por IRIBARREN (1998) 172.
23. BAROJA (1982) 129-135.
24. IRIBARREN (1998) 281-286.
25. EMA (1999) 61-68.
26.GALLEGO Y URTASUN, en FLORISTÁN (1993) 562-565.
27. IRIBARREN (1998) 251-254.
28. FARO, en BEGUIRISTAIN (1996) 54.
29.NOMBELA citado por IRIBARREN (1998) 252.
30. ALEJANDRÍA P., citado por IRIBARREN (1998) 237 (nota 93).
31. Lugar donde se vende una bebida compuesta de agua, miel y especias.
32. EMA (1999) 336-357.
33. ARAZURI (I) (1979) 189-90 .
34.NOMBELA citado por IRIBARREN (1998) 252.
35. CÉNAC-MONCAUT citado por IRIBARREN (1998) 231-242.
36. LANDE citado por IRIBARREN (1998) 258.
37. VÁZQUEZ DE PRADA, en FLORISTÁN ( 1993)

 


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